Apuntes para la historia del
movimiento disidente en Cuba
Adolfo Rivero Caro
Tomado de libro La Fisura II, de Reinaldo
Bragado
Desde su fundación en 1976, el Comité Cubano
Pro Derechos Humanos tuvo una posición muy
definida frente a Fidel Castro y al
comunismo.
No era una posición fácil. A mediados de los
años 70, la URSS parecía hallarse en el
apogeo de su poder. El triunfo del Vietcong
en 1975 había puesto a toda Indochina del
lado sino-soviético. Los Acuerdos de
Helsinki de 1975 parecían consolidar la
división de Europa. Tropas cubanas con ayuda
soviética intervenían en la guerra civil de
Angola convirtiendo el país en un satélite
de la URSS. Una junta militar (Derg)
había tomado el poder en Etiopía. Dos años
después, tropas cubanas combatirían contra
el ejército somalí en la provincia etíope de
Ogaden para convertir a Etiopía en otro
satélite soviético. A través de Cuba, la
URSS conseguía una fuerte base operativa en
Africa. El comunismo parecía una fuerza
incontenible. Muchos intelectuales adoptaban
la teoría de la convergencia en el
convencimiento de que el socialismo era una
tendencia mundial inevitable.
Los soviéticos y sus aliados aceptaron las
proposiciones occidentales sobre derechos
humanos incluidos en los Acuerdos de
Helsinki porque estaban ansiosos por
garantizar el reconocimiento internacional
del status quo del este de Europa.
Sin embargo, el Principio 7 del Acta Final
establecía el “respeto por los derechos
humanos y otras libertades fundamentales,
incluyendo la libertad de pensamiento,
consciencia, religión o creencia” como
uno de los diez principios que regían las
relaciones entre los países europeos. Esto
no preocupaba excesivamente a los dirigentes
comunistas. En el Politburó soviético,
Andrei Gromiko insistió en que el Principio
6, que se refería a la “no intervención
en los asuntos internos”, tenía igual
fuerza que el de los derechos humanos.
Gromiko tranquilizó al Politburó insistiendo
en que, pese a cualquier presión
internacional, “en nuestra propia casa
nosotros somos los dueños”.
Las autoridades comunistas del este de
Europa mantuvieron un estricto control sobre
la distribución del texto del Acta Final. El
gobierno polaco, por ejemplo, sólo publicó
500 copias. Los checos hicieron miles de
copias que nunca distribuyeron. Antes de los
Acuerdos de Helsinki, no existía ningún
mecanismo para el monitoreo del respeto a
los derechos humanos y que ese respeto no se
encontraba vinculado a la diplomacia
occidental. En sus relaciones diplomáticas,
los países ignoraban la Declaración
Universal. Es más, la Declaración de los
Principios de las Relaciones Amistosas entre
los Estados de 1970, y el acuerdo entre
las superpotencias de 1972 sobre los
Principios Básicos de las Relaciones entre
Estados Unidos y la Unión Soviética,
repetían el principio de la no-interferencia
en los asuntos internos y no mencionaban los
derechos humanos. Todo esto cambió con los
acuerdos de 1975.
Las noticias sobre el acuerdo difundieron
rápidamente. Los disidentes no vieron el
acuerdo de Helsinki como una ratificación
del status quo sino como una nueva
posibilidad para desafiar la represión. Los
regímenes comunistas, por su parte,
confrontados con la inesperada insistencia
nacional e internacional en el cumplimiento
de los acuerdos de Helsinki, cambiaron su
posición: dejaron de negar la validez del
principio de la supervisión internacional
sobre las violaciones de derechos humanos y
pasaron simplemente a negar su validez en
los casos concretos. Pero la aceptación del
principio mismo iba a desencadenar su propia
dialéctica.
Constituciones: la legalidad inasequible
Las constituciones estaban de moda. En el
XXII Congreso del PCS de 1961, Nikita
Jruschov había planteado que era necesario
hacer una nueva constitución. A Breznev le
pareció que los Acuerdos de Helsinki
brindaban una oportunidad inmejorable para
su promulgación. Reforzaba, por decirlo así,
la solemnidad de los Acuerdos que reconocían
la división de Europa y ayudaba a
“legalizar” en cierta medida las dictaduras
comunistas del Este de Europa. Pero no era
sólo eso. Había una motivación más profunda.
Los regímenes comunistas sufren de una
crisis permanente de legitimidad. El
surgimiento del mundo moderno coincide con
la decadencia del principio dinástico y la
emergencia de la voluntad popular
como única fuente de legitimidad política.
Esto está expresado en el importante
artículo 21 de la Declaración Universal de
los Derechos del Hombre; “La voluntad del
pueblo es la base de la autoridad del poder
público; esta voluntad se expresará mediante
elecciones auténticas…”
Los regímenes comunistas llegan al poder
convencidos de su popularidad y en su
mayoría son, en sus inicios, verdaderamente
populares. Más o menos rápidamente, sin
embargo, esa popularidad se agota y entonces
tienen que recurrir a una elaborada
pantomima de elecciones “populares” cuyo
formalismo hueco no convence a nadie. El
gobierno se sabe profundamente impopular
y es por eso que no acepta ningún tipo
de elecciones ni de plebiscitos
democráticos. Pero es por eso también que
busca constantemente todo tipo de sucedáneos
a esa única verdadera fuente de legitimidad
que es la voluntad popular. Encontramos aquí
la fuente última de esa extraña manía por
las manifestaciones, las concentraciones y
los desfiles masivos tan típica de muchas
dictaduras y, en particular, de la de Fidel
Castro. Si no se puede tener la simpatía de
las masas, se les obliga a fingirla. El
líder toma las manifestaciones como el
cliente a la prostituta. Los dirigente de
las “organizaciones de masas” del régimen
son los proxenetas políticos del dictador.
En busca de esa legitimidad inasequible,
Breznev ordenó que se promulgara la nueva
constitución soviética. No sólo eso.
Ordenó que todos los satélites hicieran
nuevas constituciones. En las
mismas se debía establecer claramente el
papel hegemónico de la Unión Soviética.
Todos los gobiernos títeres lo aceptaron
dócilmente y, como en una vasta coreografía,
procedieron a cumplir las órdenes
simultáneamente. Más de 40 años después de
la abolición de la Enmienda Platt en Cuba,
Fidel Castro aceptaría introducir el papel
rector de una potencia extranjera en la
constitución de la nación. El papel
dirigente del partido no se plantea en el
artículo 6, como en la soviética, sino en el
5. Buena parte del pueblo cubano creía estar
discutiendo, por limitada y formalmente que
fuera, una constitución nacional. No sabía
que simplemente estaban obedeciendo órdenes
emanadas de Moscú - al mismo tiempo y
exactamente igual que los demás países
títeres.
Las primeras dos constituciones soviéticas
sólo habían dado por supuesto el papel
dirigente del partido. La tercera, la
constitución estalinista de 1936 planteaba,
en su artículo 126, que el PCUS era “la
vanguardia de los trabajadores en su lucha
por construir una sociedad comunista”.
En 1977, Breznev promulgó la cuarta, y la
última, que se hizo bajo el poder soviético.
En la constitución de Breznev, el artículo 6
decía: “El Partido Comunista de la Unión
Soviética es la fuerza dirigente y
orientadora de la sociedad soviética y el
núcleo de su sistema político y de todas las
organizaciones estatales y públicas…”.
Fue al calor de las supuestas “discusiones
populares” sobre la constitución cuando, a
fines de 1975, pocos meses después de la
firma del Acta Final, 59 de los principales
intelectuales polacos hicieron una carta
abierta al gobierno demandando que se
implementaran en la práctica los derechos
fundamentales contenidos en la constitución
vigente. El manifiesto estaba lleno de
referencia a los compromisos adquiridos en
Helsinki.
A muchas personas que no hayan vivido la
experiencia del totalitarismo les parecerá
extraño esa lucha de los disidentes
porque se cumpla efectivamente una
constitución socialista. En
realidad, no tiene nada de extraño. Veamos
por qué.
La economía de toda sociedad se encuentra
íntimamente vinculada con el resto de la
economía mundial. En una sociedad basada en
el libre intercambio de bienes y servicios,
el mercado se encarga de reflejar los
constantes cambios en el valor de esos
bienes y servicios. Ahora bien, cuando una
economía elimina el libre juego de la oferta
y la demanda y basa su producción de bienes
y servicios en un plan centralizado, esa
junta planificadora pierde el único
instrumento que existe para detectar esos
cambios constantes en los términos de
intercambio. Por consiguiente, cualquier
planificación centralizada, en la medida que
sustituye al mercado, es una planificación a
ciegas, como lo afirmara Ludwig von Mises
desde los años 20.
En su afán por controlar la economía, la
junta planificadora exige el acatamiento
incondicional de sus directivas. Como decían
los Webbs refiriéndose a la situación de las
empresas rusas, “mientras el plan está en
ejecución, toda pública expresión de duda, o
incluso el temor de que no logre éxito, es
un acto de deslealtad y hasta de traición, a
causa de sus posible efectos sobre la
voluntad y los esfuerzos del resto de la
fuerza laboral”. Cuando la duda o el
temor expresados conciernen, no al éxito de
una empresa particular, sino al plan social
entero, no pueden dejar de tratarse como un
sabotaje. (F. A. Hayek, El Camino de la
Servidumbre, Capítulo 11).
Ahora bien, ¿qué hacer con los cambios que
están surgiendo constantemente, aunque sólo
sea debido a la dependencia del resto del
mercado mundial? Al gobierno no le queda más
remedio que cambiar las leyes, órdenes,
reglamentos e instrucciones que había
elaborado anteriormente. Una sociedad
socialista es necesariamente una sociedad de
leyes que cambian de acuerdo a las
circunstancias. Si las leyes del gobierno
sustituyen al mercado, los cambios de las
leyes tienen que sustituir a los cambios del
mercado. Es la única forma en que el
gobierno puede afrontar cambios sobre los
que no tiene control
Es por esta razón que los
regímenes comunistas son necesariamente
arbitrarios. La sociedad comunista no
puede respetar ni siquiera sus propias
leyes. Y de aquí también se deriva que
exigir ese respeto sea considerada
una actividad disidente y
contrarrevolucionaria.
En la primavera de 1976, un grupo de
disidentes polacos se reunió porque creían
que las condiciones habían madurado para
emprender un esfuerzo organizado sobre las
condiciones de los derechos humanos en el
país. Varias docenas de intelectuales
crearon entonces los Comités de Defensa
de los Trabajadores (KOR), un grupo
independiente para proporcionar ayuda
material y jurídica a los obreros presos
tras las huelgas de junio de 1976 en las
ciudades de Ursus y Radom. Como dijera Adam
Michnik: “Ustedes firmaron la Declaración
de Helsinki sobre Derechos Humanos y
nosotros queremos usar, y vamos a usar, esa
firma. Aquí está: aquí está nuestro Comité
de Defensa de los Trabajadores”. Fue la
primera organización disidente seria que
surgiera en la Europa del Este. Otras le
seguirían.
En Cuba, sin embargo, en 1976, cuando
Ricardo Bofill fundó el Comité Cubano Pro
Derechos Humanos junto con la Dra. Marta
Frayde y unos pocos amigos, las condiciones
no habían madurado para ese tipo de reto. A
fines de ese mismo año la Dra. Frayde fue
detenida, acusada de espía de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) y condenada a
29 años de prisión. Sólo el valor y la
integridad de la Dra. Frayde impidió que esa
incipiente disidencia fuera a dar a la
cárcel. Bofill logró establecer algunos
contactos con embajadas y agencias de prensa
para sacar denuncias de violaciones de
derechos humanos al exterior pero era
recibido con desconfianza y, en no pocas
ocasiones, con franca hostilidad. No se
trata de que el movimiento no estuviera
financiado nunca desde el exterior ni de que
nunca recibiera ni una aspirina sino que,
muy por el contrario, inicialmente tuvo que
enfrentar muchas burlas, muchas suspicacias
y mucho escepticismo.
La disidencia en la URSS
En la Unión Soviética, la disidencia había
empezado a resurgir aprovechando el llamado
“deshielo”, la mínima apertura posterior al
XX Congreso del PCUS en 1956 y la “crítica
al culto de la personalidad”.
En 1965, los escritores Andrei Sinyavski y
Yuli Daniel fueron arrestados por “tratar de
subvertir el orden soviético” con sus
escritos. Aunque muchos escritores
soviéticos habían sido “juzgados” y
condenados anteriormente, el proceso de
Sinyavski y Daniel tuvo características
propias. No fueron acusados de espionaje
sino simplemente por lo que habían escrito.
Ese mismo año, un grupo de unos 200 personas
organizaron una demostración en la Plaza
Pushkin en Moscú protestando por su
detención. El juicio (en febrero de 1966)
fue público. En contra de todas las
tradiciones de los juicios estalinistas,
Sinyavski y Daniel rehusaron admitir culpa
alguna ni mostrar arrepentimiento. Ambos
fueron condenados a 7 y 5 años de campos de
trabajo forzado respectivamente.
En 1967, Yuri Andropov fue nombrado jefe de
la KGB. En 1968 se produjo la Primavera de
Praga y Andropov creó el llamado Quinto
Directorio para monitorear y reprimir
todo tipo de disidencia. Se crearon
departamentos especializados para la
vigilancia de intelectuales, estudiantes y
creyentes. La disidencia cubana todavía
enfrente el aparato creado por Andropov y
copiado por la Seguridad del Estado de Fidel
Castro. Durante los 17 años que le quedaban
de vida, Andropov fue el más feroz
perseguidor de los disidentes dentro de la
dirección soviética.
Al calor de los esfuerzos de Nikita Jruschov
por mostrar sus diferencias con la larga
noche estalinista, en 1962 se había
permitido la publicación de “Un Día en la
Vida de Iván Denisovich”, el clásico de
Alexander Solyenitsin, que fue publicado en
Cuba por la editorial Cocuyo… y
posteriormente recogido como el Stalin
de Isaac Deutscher. Solyenitsin siguió
trabajando a todo vapor. En 1967 mandó a
Occidente una copia de su novela “El
Pabellón del Cáncer” y tenía casi
terminado su monumental “El Archipiélago
de Gulag”, uno de los libros más
importantes del siglo XX.
Solyenitsin se convirtió en una obsesión
personal de Andropov. Cuando recibió el
Premio Nobel de Literatura en 1970, el jefe
de la KGB le propuso al Politburó despojarlo
de su ciudadanía soviética y expulsarlo de
la URSS.
La otra personalidad que obsesionaba a
Andropov era el físico nuclear Andrei
Sajarov, padre de la bomba H soviética y
tres veces Héroe del Trabajo Socialista.
A fines de 1970, Sajarov, su esposa Elena
Booner
y otros dos físicos fundaron el Comité
para los Derechos Humanos y persuadieron
a Solyenitsin para que formara parte del
mismo (aunque no muy activa). Sajarov y sus
colegas planteaban el respeto a la
constitución y a la pretendida legalidad que
ésta proclamaba. De esta manera consiguieron
limitar, aunque fuera mínimamente, la
arbitrariedad inherente al sistema. Una
característica particular de la disidencia
soviética fue que su influencia dependió en
gran medida de la estatura internacional de
estas dos grandes personalidades convertidas
en portavoces de millones de seres humanos
reducidos al silencio.
Los hombres y mujeres sencillos que desafían
a un régimen totalitario se convierten
inmediatamente en personalidades políticas
pero cuando ese desafío proviene de
individuos que ya son personalidades
intelectuales o políticas importantes su
presencia en la oposición cobra una
importancia excepcional. No fue por gusto
que en el memorando al Politburó donde
proponía la expulsión de Solyenitsin,
Andropov escribiera: “… Si permitimos que
Solyenitsin siga residiendo en el país
después de recibir el Premio Nobel, esto
fortalecerá su posición y le permitirá
propagar sus ideas más activamente”.
Mientras se estaban desarrollando los
juicios de los disidentes Yakir y Krasin,
Sajarov y Solyenitsin subieron la parada al
criticar públicamente las concesiones hechas
por Estados Unidos a la Unión Soviética en
nombre de la distensión. En septiembre de
1973, Sajarov hizo un llamamiento público al
Congreso de Estados Unidos pidiéndole apoyar
la enmienda Jackson-Vanik que se
oponía la concesión del status comercial de
nación más favorecida a la URSS hasta que
ésta no terminara con sus restricciones a la
emigración.
“La enmienda”, decía Sajarov, “no representa
ninguna intervención en los asuntos internos
de los países socialistas sino que es,
simplemente, una defensa del derecho
internacional sin el que no puede haber
confianza mutua”. La carta de Sajarov,
publicado en la primera plana de The
Washington Post, fue decisiva a la hora
de aprobar la enmienda. Se imaginarán
nuestros lectores la furia de la cúpula
soviética.
En febrero de 1974, Andropov consiguió la
expulsión de Solyenitsin de la URSS. Un año
después, la URSS firmaba los Acuerdos de
Helsinki y en octubre Andrei Sajarov recibía
el premio Nobel de la Paz. En noviembre,
Andropov aprobaba un documento titulado “Medidas
operativas complejas para exponer los
antecedentes políticos de la concesión del
Premio Nobel de la Paz a Sajarov”. En
una reunión en 1976, Andropov calificó a
Sajarov como “El Enemigo Público Número
Uno”, un título que había de retener durante
los próximos nueve años. Una lista de las
medidas activas compilada en 1977 incluía 7
operaciones para “cortar a Asket
(Sajarov) y Lisa (Elena Booner) de
sus amigos más cercanos y provocar disensión
en su círculo”.
Entre las medidas había cierto número de
documentos falsificados entre los que había
una supuesta carta del personal ruso de
Radio Libertad denunciado los vínculos de
Sajarov con los sionistas. También se
mandaron cartas con las firmas falsificadas
de Sajarov y de un “grupo de homosexuales”
de Bielorusia a organizaciones de
homosexuales en Gran Bretaña y los países
escandinavos para provocar cartas de
respuesta. Con todo, las medidas activas más
repugnantes se tomaron con Elena Booner. La
revista soviética Sputnik que
circulaba en Cuba (y de la que deben quedar
ejemplares en las bibliotecas), publicó
varios artículos que eran parte de esa
campaña de la KGB. La integridad
mundialmente conocida de Sajarov lo hacía un
objetivo menos vulnerable que su esposa,
mucho menos conocida y, por otra parte, esos
ataques le resultaban más dolorosos que los
que se hacían contra él mismo.
En enero de 1977, disidentes checos
elaboraron un documento de cuatro páginas
que enumeraba las violaciones de los
derechos humanos en Checoslovaquia y llamaba
a un diálogo con las autoridades para ver
como proteger esos derechos. Entre las 242
personas que firmaron el documento, llamado
Carta 77, estuvieron Václav Havel y
Martin Palous. El ministro del Interior,
Jaromir Obzina, por cierto, estimaba que 90
por ciento de la opinión pública
simpatizaría con la Carta de ser ésta
publicada. Al año siguiente, un cierto
número de cartistas creó una organización
paralela que desafiaba más directamente el
status quo, el Comité de Defensa
de los Procesados Injustamente (VONS).
En 1978, el arzobispo de Cracovia, Karol
Wojtyla es electo Papa y toma el nombre de
Juan Pablo II. En 1979 se produce el triunfo
sandinista en Nicaragua y la intervención
soviética en Afganistán. En la VI Cumbre de
Países No Alineados que se celebra en La
Habana, Fidel Castro es electo presidente de
la organización. Cuando Castro se presenta
en Naciones Unidas se encuentra,
probablemente, en el apogeo de su poder. Sin
embargo, aunque la intervención en
Afganistán es condenada por una abrumadora
mayoría de los países miembros de Naciones
Unidas, Cuba vota a favor de la
intervención. Una vez más, Fidel Castro
queda expuesta como un títere de la Unión
Soviética. La guerra entre China y Vietnam
sirve como demostración práctica del
internacionalismo proletario. En ese mismo
año, sin embargo, Margaret Thatcher era
electa Primera Ministra del Reino Unido y
poco después, en 1980, Ronald Reagan
conquistaba la Casa Blanca.
El Gran Cambio (1979-1989)
A fines de los años 70, Margaret Thatcher y
su ministro Keith Joseph, discípulo de F.A.
Hayek, decidieron tratar de transformar la
economía mixta de la Gran Bretaña. Poco
después, Ronald Reagan empezaría a hacer lo
mismo en Estados Unidos. Era la gran
contraofensiva neoliberal, partidaria de
reducir el papel del estado, garantizar el
máximo de libertad individual, la libertad
económica, la confianza en el mercado y la
descentralización en la toma de decisiones.
Tiene sus raíces intelectuales en pensadores
como John Locke, Adam Smith y John Stuart
Mill y enfatiza la importancia de los
derechos de propiedad, garantía de las
libertades individuales (los libros a leer
son Property and Freedom de Richard
Pipes y The Noblest of Triumphs de
Tom Bethell).
La reafirmación de este liberalismo
significaba retomar una formidable tradición
ya que éste tuvo su apogeo a fines del siglo
XIX. ¿Qué impulsó este regreso hacia el
liberalismo tradicional en todo el mundo?
Fue, sin duda, el fracaso del estado, de
la propiedad estatal y de la planificación
como los principales agentes de la
modernización, modelo cuyo ejemplo más
consecuente era la Unión Soviética.
Ese modelo estatista había ido cobrando
una creciente popularidad en el mundo entero
desde la Gran Depresión de los años 30 (el
libro a leer es The Commanding Heights
de Daniel Yerguin). Sin embargo, a fines de
los años 70, las políticas económicas
socialistas habían provocado un
estancamiento económico general. Hasta Deng
Xiaoping citaba frases de Marx mientras
presionaba enérgicamente a la mayor economía
del mundo para que se desembarazara del
comunismo y se integrara a la economía
mundial.
En Estados Unidos, la inflación se había
estado acelerando desde los años 60. Al
llegar a 12 por ciento en 1979-1980, la
inflación prometía duplicar en unos cuantos
años los precios de los productos básicos y
dividir por la mitad el valor de las cuentas
de ahorro. En 1980, las tasas de interés
llegaron al 21 por ciento, la más alta desde
la Guerra de Secesión, paralizando
prácticamente la compraventa de bienes
raíces. La productividad estaba
disminuyendo. El crecimiento económico
prácticamente se había paralizado. La
población de los países subdesarrollados
seguía creciendo mientras sus economías se
mantenían estancadas.
Los liberales americanos profetizaban la
inminencia del Armagedón capitalista. Paul
Samuelson, el autor de los famosos manual de
Economía Política, dijo en 1985: “Lo que
importa son los resultados y no puede haber
duda de que el sistema de planificación
soviético ha sido un poderoso motor de
crecimiento económico…”
Thatcher y Reagan iniciaron la lucha por
cambiar esa perspectiva socialista que
estaba estancando a sus respectivas
sociedades. Ambos partían de que el motor
de la economía no era el gobierno sino la
empresa privada. El papel del gobierno
era crear condiciones favorables para el
surgimiento y desarrollo del empresariado.
La forma de hacer esto era bajar los
impuestos a las empresas (“ayudar a los
ricos” - como dicen los liberales
americanos), reducir la interferencia
burocrática en la economía, y facilitar la
acumulación de recursos, de capital, para
facilitar nuevas inversiones. Había que ir a
la reivindicación de la libre empresa y del
empresario.
Inspirado en la llamada supply-side
economics (el libro a leer es The Way the
World Works de Jude Wanniski, y el tema
se puede estudiar en www.polyconomics,com,),
lo primero que hizo Reagan fue rebajar los
impuestos. Nadie podía tener mucho interés
en invertir cuando el gobierno se llevaba
siete de cada diez dólares que pudiera ganar
con sus actividades empresariales. En tres
años, Reagan hizo una rebaja general de
impuestos de 25% Luego arremetió contra la
burocracia estatal que estaba asfixiando los
negocios. Su objetivo era establecer una
política monetaria estable, que evitara la
inflación de los años 70.
El mundo empezaba a cambiar. En abril de
1980, se desatan en Cuba los sucesos de la
embajada del Perú que ponen de manifiesto la
profunda impopularidad del régimen. Bofill,
Elizardo Sánchez, Adolfo Rivero, Enrique
Hernández y Edmigio López Castillo son
encarcelados simultáneamente con diversos
pretextos. En julio, en el otro extremo del
mundo, estalla una huelga en Lublin, una
ciudad polaca, y luego otra huelga, ésta de
ferroviarios, en Gdansk. En agosto se
constituyó un comité de huelga interempresas
en los astilleros de Gdansk. Allí trabajaba,
por cierto, un joven electricista llamado
Lech Walesa. Los huelguistas formularon un
programa de reivindicaciones de 21 puntos y
pidieron negociar con el gobierno. La firma
de los acuerdos de Gdanks condujo a la
fundación de un sindicato independiente,
Solidaridad, encabezado por Walesa.
Es bueno detenerse aquí y hacerse la
siguiente pregunta: ¿cuántos miembros tenía
la disidencia polaca en junio de 1980?
¿Algunas decenas? ¿Algunos centenares? El
nuevo sindicato alcanzaría ¡más de 10
millones de miembros! en pocos meses. En la
dirección de todos los países socialistas
cundió el pánico. Por un momento, pareció
inminente una intervención militar soviética
pero la OTAN emitió una advertencia en
contra de la misma.
En mayo de 1981, los servicios secretos
búlgaros organizan un atentado que deja
malherido a Juan Pablo II, que ya ha hecho
un viaje a su Polonia natal.
A fines de año, asustado por el creciente
poder del sindicato Solidaridad, el
nuevo Primer Ministro de Polonia, el General
W. Jaruzelski, declara la ley marcial. Al
año siguiente, Solidaridad es
disuelta y declarada ilegal. En ese mismo
año, muere Breznev y Andropov es electo
secretario general del PCUS. Thatcher y
Reagan, por su parte, estaban redefiniendo
las posiciones occidentales frente al
comunismo. Cuando los soviéticos derriban un
avión de pasajeros coreanos con 269 personas
a bordo, Reagan califica tajantemente al
régimen como “el imperio del Mal”.
Reagan no se limitó a reaccionar ante la
ofensiva comunista sino que desarrolló una
amplia estrategia contraofensiva. Parte de
la misma implicaba el apoyo militar y
material para los movimientos nacionales que
estaban luchando para desembarazarse de las
tiranías sostenidas por los soviéticos.
Reagan apoyó esas guerrillas en Afganistán,
Camboya, Angola y Nicaragua.
En 1983, tropas norteamericanas invadieron y
liberaron Granada, derrocando al gobierno
marxista y propiciando elecciones libres.
En marzo de 1983, Reagan anuncio la
Iniciativa de la Defensa Estratégica (SDFI),
un nuevo programa de investigación y de
eventual despliegue de misiles defensivos
que prometían, en sus propias palabras,
“hacer obsoletas las armas nucleares”. Al
año siguiente, muere Andropov y es
sustituido por Konstantin Chernenko. Agentes
polacos asesinaban a Jerzy Popieluzsko, un
popular sacerdote disidente, y medio millón
de personas acuden a sus funerales.
En cada etapa, la estrategia contraofensiva
de Reagan fue duramente criticada por los
liberales americanos.
Los apaciguadores explotaban los temores
públicos de que su política militar
estuviera acercando el mundo a una guerra
nuclear. Strobe Talbott (actual funcionario
del gobierno de Clinton) consideró la Opción
Cero como “sumamente irreal” y afirmó que
había sido propuesta “más para anotarse
puntos de propaganda que para ganar
concesiones de los soviéticos”. Con la
excepción del apoyo a los mujedines afganos,
las palomas se opusieron en el Congreso y en
la prensa a todos los esfuerzos por ayudar a
los rebeldes anticomunistas. Y la SDI fue
denunciada en palabras de The New York Times
como “una proyección de la fantasía en
política”.
Por supuesto, la Unión Soviética también era
hostil a la contraofensiva de Reagan pero la
percepción de su política era mucho más
aguda. Izvestia dijo: “Quieren
imponernos una carrera armamentista todavía
más ruinosa”. El Secretario General Yuri
Andropov afirmó que el programa de la SDI de
Reagan era “un intento por desarmar a la
URSS”. Y Andrei Gromiko
señaló que “detrás de todas estas mentiras
está el frío cálculo que la URSS agotará sus
recursos materiales y se verá obligada a
rendirse”.
Presos a principios de los años 80 y pese a
nuestra falta de información, ya Ricardo
Bofill hablaba con simpatía de Margaret
Thatcher y de Ronald Reagan. En 1985, el año
en que Mijail Gorbachov llegó al poder y en
que Fidel Castro decidió que “¡Ahora sí
vamos a construir el socialismo!”, fue el
año en que, a iniciativa de Reagan, salió al
aire Radio Martí, una emisora que
habría de jugar un papel decisivo en la
historia de la disidencia cubana. En 1986,
el CCPDH envió una carta al presidente
norteamericano que éste respondió
públicamente con emocionante cordialidad.
Cuando Bofill se asiló en la embajada de
Francia en 1986, el resto del CCDH - es
decir, Elizardo Sánchez, Adolfo Rivero y
Enrique Hernández- fue arrestado en Villa
Marista junto con el Dr. Samuel Martínez
Lara. Cuando una intervención personal de
Francois Mitterand, logró nuestra
liberación, el movimiento empezó a crecer.
La primera actividad pública del CCPDH fue
el 23 de octubre de 1987, la convocatoria a
una oración solemne en la iglesia de San
Juan de Letrán en memoria del sacerdote
polaco Jerzy Popieluzcu, asesinado por la
policía política de su país. Allí se leyó un
documento que terminaba diciendo: “hacemos
un llamamiento por el cese del virtual
estado de ley marcial que vive Cuba y porque
se abra paso al imperio de un estado de
derecho democrático donde toda la ciudadanía
goce de la garantía de vivir sin miedo”.
Y cuando la feroz campaña desatada por
Granma en 1988, la disidencia, por
primera vez, se hizo conocida
nacionalmente. Como vemos, la
experiencia se repite aunque a un nivel cada
vez más alto.
En 1988, a la hora de constituir el
Partido Pro Derechos Humanos de Cuba
como ala política del CCPDH, ya había una
mejor comprensión del neoliberalismo y una
toma de posiciones más definida. Por aquella
época, cuando ya el campo socialista
empezaba a colapsarse, nos dábamos cuenta de
que toda nuestra cultura política estaba
permeada de socialismo (ver el
Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario
de Carlos Rangel y el Manual del Perfecto
Idiota Latinoamericano de Carlos Alberto
Montaner) y que hacía falta emprender
una enorme tarea de revalorización histórica
y cultural. Sólo así podremos liberarnos de
ese socialismo que nos oprime desde fuera y,
más importante todavía, de ese socialismo
que nos oprime desde dentro (el libro a leer
es Los Fundamentos de la Libertad, de
F.A. Hayek).
Crecimiento y reto de la disidencia cubana
Era natural que la ampliación de movimiento
disidente significara la incorporación de
muchos opositores desde posiciones de
izquierda. Muchos revolucionarios
sinceros veían que Fidel Castro le había
arrebatado su independencia al movimiento
obrero y que tomaba a sus cuadros como
simples mandaderos de sus instrucciones. Que
no existían posibilidades de discutir el
deterioro de las condiciones de vida, ni de
los salarios en dólares y la tajada leonina
de que se apropiaba el gobierno, ni de las
insoportables dificultades de los obreros
que estaban fuera de la economía dolarizada.
Dentro del contexto de la cultura política
cubana, era lógico que muchos pensaran la
necesidad de un socialismo diferente
aunque, para algunos de nosotros, esta fuera
una concepción históricamente superada.
Tanto en Cuba como en el exterior muchos
consideran la diversidad organizativa de la
oposición como una muestra de debilidad. Un
país, sin embargo, no puede ser
políticamente uniforme porque comprende
sectores demasiado diversos, intereses
demasiado diferentes. De aquí que una
oposición ideológicamente unida sólo pueda
representar un determinado grupo, un cierto
sector. Esa uniformidad, que Stalin
calificaba orgullosamente de monolítica,
sólo representa una colosal mentira que sólo
puede sostenerse mediante una asfixiante
represión. Las dictaduras comunistas se
apoyan en cimientos de arena. El país real
es diverso y múltiple. Por consiguiente, una
disidencia diversa sí puede significar
todo un país en oposición. Esa
oposición sólo necesita saberse unida en
unas pocas demandas esenciales: libertad
para los presos políticos, libertad de
reunión y asociación, elecciones libres con
supervisión internacional (como en México).
En los dos años que han pasado desde la
primera edición de “La Fisura,” hay
un hecho que se destaca sobre todos los
demás: el régimen no ha podido acabar con
la disidencia. No sólo eso: la
disidencia se profundiza, se disemina, se
multiplica. La Cumbre Iberoamericana de La
Habana, demostró que la disidencia cubana
tiene más reconocimiento internacional que
nunca. Los dirigentes de la oposición cubana
se reunieron con más jefes de estado y con
más secretarios del exterior que la mayoría
de los ministros del régimen. Ha sido
difícil conseguir este reconocimiento pero,
una vez conseguido, entra a formar parte de
una nueva realidad. La correlación de
fuerzas entre el gobierno y la oposición
sigue a favor del gobierno aunque también
sigue cambiando, lenta pero inexorablemente,
a favor de la oposición. La lucha por hacer
cada vez más visible la oposición de la isla
sigue teniendo una importancia decisiva.
Durante este tiempo, han salido varios
documentos desde Cuba. Ninguno puede
compararse, por su agudeza de análisis y
profundidad teórica, con el documento de
trabajo de los sacerdotes de Santiago de
Cuba, Holguín, Bayamo-Manzanillo y
Guantánamo que apareció en 1999. Es difícil
pensar la situación cubana sin el concepto
de “síndrome de indefensión aprendida”.
Sigue siendo el mejor material de estudio,
dentro de la isla y fuera de ella, para
comprender la situación cubana.
El documento de los curas orientales también
sigue siendo el mejor instrumento para
forjar la indispensable unidad entre la
iglesia de la base y la disidencia en todo
el país. Es una tarea histórica de la
que pudiera depender el futuro de la Iglesia
Católica en Cuba, así como el de la nación
misma. Pero hace falta que, en cada iglesia,
en cada pueblo, sacerdotes y disidentes
tomen contacto y se ayuden mutuamente. No
hay nada de conspirador en esto. Hay muchos
problemas concretos en cada comunidad que
necesitan urgentemente de esa colaboración.
Y ninguna organización se desarrolla sobre
la base de reiterativos documentos y
profusos cargos directivos. Las
organizaciones sólo se desarrollan en la
lucha por resolver problemas concretos. No
hay otra forma. Las que encuentra sus
causas, crecen. Las que no, se estancan y
eventualmente se disuelven en rencillas
internas.
Los periodistas independientes merecen una
mención especial. En cierto sentido, han
sido los testigos históricos de un vasto
movimiento que, de otra forma hubiera
quedado ignorado. Incapaces por el momento
de difundir su trabajo entre la población,
siguen dependiendo de la solidaridad externa
para conseguirlo. En este sentido, la
disminución de la audiencia de Radio Martí,
motivada por la incesante obstrucción y la
falta de voluntad política del actual
gobierno de Estados Unidos para superarla,
han influido adversamente sobre la
posibilidad de una mayor difusión de su
trabajo.
El fortalecimiento de la disidencia no se
debe a ninguna de esas “aperturas” de que
tanto hablan los liberales americanos. Todo
lo contrario. La dictadura ha arremetido una
y otra vez contra sus opositores internos.
Vladimiro Roca, Marta Beatriz Roque, Felix
Bonne Carcacés y René Gómez Manzano, se
atrevieron a responder a las tesis del
último congreso del Partido Comunista de
Cuba - puesto que se había invitado
expresamente a la población a dar sus
opiniones sobre las mismas. Su respuesta fue
un documento, ya famoso, “La Patria es de
Todos”. La reacción del gobierno ante
ese desafío ideológico fue típica, los metió
en la cárcel. Esas tesis, por cierto,
planteaban que el PCC era “el partido de los
derechos humanos”. “La hipocresía”,
decía Le Rochefoucauld, “es el homenaje
que el vicio rinde a la virtud”.
El gobierno creyó sacar de circulación a los
cuatro. Se equivocó, sus nombres han estado
circulando por el mundo entero. Es razonable
pensar que, de haber estado en libertad,
Madeleine Albright no hubiera tenido su
retrato sobre la mesa de su despacho. No es
probable que, de haber estado en libertad,
se hubieran hecho tan conocidos
internacionalmente. Ahora siguen su lucha
pero con más peso y más prestigio. Y cuando
Marta Beatriz Roque, Félix Bonne y René
Gómez Manzano fueron puestos en libertad
provisional, no se demoraron en citar una
conferencia de prensa para reafirmar sus
posiciones, en forma desafiante, y exigir la
libertad de Vladimiro Roca, el único de los
cuatro que sigue preso (ver “Respuesta
Necesaria”.)
Otro avance de este período que me resulta
particularmente grato es el de las
bibliotecas independientes. El movimiento
que iniciaron Humberto Colás y Berta Mexidor
ha conseguido un fuerte apoyo internacional.
Recientemente, The Washingon Post
publicó un artículo sobre la lucha de las
bibliotecas independientes.
Oscar Elías Biscet, el valeroso campeón de
la lucha antiabortista, ha sido propuesto
para Premio Nobel de la Paz. A él, como a
otros luchadores, los agiganta la represión.
No sólo eso. Es una peculiaridad de la lucha
cubana por la libertad, dada su actual
correlación de fuerzas: que la represión
genera dirigentes. Aunque parezca
paradójico, esto es un efecto típico
de los movimientos ascendentes. Cuando un
movimiento está en decadencia, el arresto de
sus dirigentes suele significar su
desaparición. Cuando está en ascenso, los
dirigentes presos no sólo cobran mayor
autoridad moral sino que siempre
aparece un relevo. Este,
inmediatamente, se ve obligado a concebir
iniciativas que permitan movilizar fuerzas,
lo que supone ampliar contactos, sumar
voluntades, alentar desfallecientes,
criticar despistados y todas las demás
tareas implícitas en cualquier dirección
política. Pasa, necesariamente, de ejecutor
de iniciativas a creador de las mismas.
Es en este proceso en el que se forman los
dirigentes.
Otra peculiaridad de la situación cubana
actual es que la comunidad internacional
sigue con mucha atención el desarrollo de la
represión en Cuba. Y podemos asegurar que lo
va a seguir haciendo. La razón es simple. La
disidencia interna tiene en el exterior, más
allá del alcance de Castro, una solidaridad
vasta, fuerte y organizada. Esa solidaridad
la encabeza, como debía de ser, el gobierno
de Estados Unidos y la comunidad
cubanoamericana. Nada más natural. Castro
elogió durante mucho tiempo el
“internacionalismo proletario”. ¿Por qué no
va a haber entonces un internacionalismo
democrático? Por supuesto que lo hay. La
lucha contra el fascismo y el nazismo fue
internacional. La lucha contra el comunismo
también fue, y sigue siendo, internacional.
A la disidencia interna le gustará saber que
www.sigloxxi.org, la página del
Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH)
en la Internet, es una de las páginas de
derechos humanos más consultadas del
mundo. Pero hay centenares de páginas
electrónicas dedicadas a la solidaridad con
el pueblo cubano. Con todo, hay que lamentar
es que esa solidaridad internacional no sea
mayor. Los fondos que se dedican a esa lucha
son insignificantes si se comparan con la
ayuda soviética a la dictadura castrista
durante casi 40 años.
Y hablando de fondos. La comunidad
cubanoamericana no ha permitido que Castro
pueda matar de hambre al movimiento
disidente. Pero las necesidades de un
movimiento nacional son tantas, que toda
ayuda, por definición, resulta insuficiente.
Su distribución interna, por otra parte,
crea fricciones, estimuladas por los
provocadores infiltrados en la oposición. La
oposición interna tiene que comprender muy
bien que el caso de Cuba no es, ni ha
sido nunca, una prioridad de la política
exterior de Estados Unidos. La
importancia geopolítica del país no lo
justifica. La solidaridad con Cuba tiene que
competir con demandas de solidaridad del
mundo entero por grupos que sufren de
abusos terribles: Irán, Iraq, Serbia,
Chechenia, Sudán, Somalia, Zimbabwe y Sierra
Leona, son tan sólo unos pocos de los
pueblos sufrientes. No hay injusticia ni
agonía en el mundo que no recabe la ayuda y
la solidaridad de Estados Unidos. Es la
comunidad cubanoamericana la que mantiene
vigente el problema cubano en la agenda del
gobierno de Estados Unidos. Sin ese cabildeo
tenaz e incansable del exilio, la
solidaridad con el pueblo cubano descendería
a niveles más que modestos,
independientemente de los sacrificios de la
oposición.
¿Por qué hace esto la comunidad
cubanoamericana? Yo les voy a decir por que
no lo hace. No lo hace por dinero.
Hacerse rico en el capitalismo es una
posibilidad al alcance de todos. Pero lo
posible es muy diferente de lo real.
Prosperar en el capitalismo es una tarea
extraordinariamente absorbente y agotadora.
Tanto, que son relativamente pocos los que
tienen la persistencia y la energía para
conseguirlo. Hoy en día, la frase que más se
escucha entre los jóvenes cubanos recién
llegados a Miami, es “¡Cómo hay que trabajar
aquí!” Sí, en efecto, todos tienen que
trabajar mucho. En el capitalismo, nada mas
que hay dos grupos: los que quieren salir a
flote y los que quieren mantenerse a flote.
Que nadie se llame a engaño. En esas
condiciones, todo el tiempo que se dedique a
una causa como la solidaridad con la
disidencia, es tiempo robado a la lucha
por la subsistencia. ¿Qué los
cubanoamericanos piensan hacerse ricos en la
Cuba del futuro? Reflexionen sobre esa
afirmación. El país para hacerse rico no es
la Cuba del futuro sino los Estados Unidos
del presente. ¿Qué aspiran a ser alcaldes de
Marianao? Por favor. El presupuesto del
condado de Miami-Dade es mayor que el de
Cuba completa. Y lo va a seguir siendo
durante mucho tiempo.
La disidencia cubana es la continuadora, en
otras condiciones y con otros métodos, de la
lucha que inició el heroico presidio
histórico cubano. Sus fundadores estuvieron
vinculados, en mayor o menor medida, al
movimiento comunista. Su ruptura con ese
movimiento no tenía, no podía tener, nada de
oportunista. Eran hombre y mujeres de
principios. Principios equivocados, sin
duda, pero sinceros. Ahora bien, la
característica fundamental del estalinismo
no es la fidelidad a ningún principio sino
la obediencia incondicional al jefe.
(Para un análisis de este fenómeno el libro
a leer es El Camino de la Servidumbre,
de F.A. Hayek). Los que rehusaron hacerlo
estaban conscientes de que el precio a pagar
iba a ser muy alto. Pero no rehusaron
pagarlo. En esto también fueron
continuadores de una profunda tradición de
respeto a las convicciones individuales que
sólo posteriormente comprendimos que era
inherente a los fundamentos liberales de
nuestra nación.
Mario Chanes de Armas,
asaltante al Moncada y expedicionario del
Granma que, siendo un modesto obrero, se
ve súbitamente en los más altos niveles del
movimiento revolucionario que ha tomado el
poder. Pero Mario Chanes no simpatiza con el
comunismo y así lo hace saber. Rechaza todos
los cargos que se le ofrecen e insiste en
regresar a su fábrica. Esa toma de posición
moral, que viniendo de un obrero resulta muy
peligrosa para el régimen, le cuesta 30 años
de cárcel.
Hubert Matos,
simple maestro de escuela que, en plena
juventud, se ve convertido en comandante de
la revolución. ¿Tiene alguien idea de lo que
significaba eso en 1959? Pero Hubert Matos
tampoco está de acuerdo con en el giro hacia
el comunismo que está tomando la revolución,
y presenta la renuncia de sus cargos. Esta
toma de posición moral, que viniendo de un
comandante de la revolución resulta muy
peligrosa para el régimen, le cuesta 20 años
de cárcel.
Marta Frayde,
destacada obstetra, luchadora por el
adecentamiento de la república, amiga
personal de Castro y nombrada por él
embajadora de Cuba ante la UNESCO. Aunque
acepta el giro hacia el comunismo, le
repugnan los abusos de la UMAP, el
monolitismo ideológico, la creciente
represión y termina renunciando a su
embajada en París. Acaba condenada a 20
años.
Cuando sale de la cárcel, marcha al exilio
y, desde España, sigue siendo, hasta el día
de hoy, una de las principales activistas
del Comité Cubano Pro Derechos Humanos en el
exterior.
Gustavo Arcos Bergnes,
asaltante al Moncada y hermano de un mártir
de la revolución. Es nombrado embajador de
Cuba en Bélgica pero tampoco acepta el
monolitismo, la arbitrariedad, la represión
y también regresa a Cuba para presentar la
renuncia a su cargo. Es condenado a 20 años
pero se queda en Cuba y, desde allí, dirige,
hasta el día de hoy, el Comité Cubano Pro
Derechos Humanos.
En una época en que nadie escuchaba, hubo
miles de luchadores por la libertad de Cuba.
Siempre hubo hombres dispuestos a morir
frente al paredón de fusilamiento gritando
¡Viva Cuba libre! Tenemos distintas
concepciones sobre la Cuba del futuro pero
estamos estrechamente unidos en el rechazo a
una dictadura totalitaria. Una figura
importante, de ese presidio histórico, por
cierto, es mi hermano, el Dr. Emilio Adolfo
Rivero, que cumplió casi 20 años de prisión.
Cuando él estaba en las circulares de Isla
de Pinos, en el peor momento del presidio
histórico, yo estaba en la dirección
nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas.
Sin embargo, aunque buena parte de nuestra
actividad se desenvuelve en áreas
diferentes, desde mi salida de Cuba en 1988
nos consultamos casi diariamente. Y no creo
que seamos una excepción. Que nadie se haga
ilusiones con dividir al presidio histórico
de la disidencia que continúa su lucha.
Esa convicción de que participamos en el
mismo combate es lo que mantiene la
confianza entre los cubanos de la isla y los
del exterior. Todos deben de cultivarla,
pero debiera ser una preocupación particular
de los que más la necesitan. Si hubiera que
citar un solo ejemplo de fructífera
colaboración entre la oposición de la isla y
su apoyo en el exilio, quizás ninguno sea
mejor que las condenas de Naciones Unidas a
la dictadura castrista por su violación de
los derechos humanos. Esas condenas serían
totalmente imposibles sin la enorme cantidad
de denuncias que la disidencia envía al
exterior. Pero tampoco serían posibles sin
el tesonero esfuerzo de los que las
compilan, organizan y distribuyen; sin los
que constantemente están planteando el caso
de Cuba ante el gobierno de Estados Unidos y
las otras democracias occidentales. Y, por
supuesto, sin el inquebrantable compromiso
de Estados Unidos con la libertad y la
democracia.
El gobierno de la República Checa y, en
particular, de su presidente Vaclav Havel
jugó en esto un papel particularmente
emocionante en la 55 Sesión de la Comisión
de Derechos Humanos. Como planteara Martín
Palous, jefe de la delegación checa: “Las
razones fundamentales de su presentación (la
resolución checa) fueron planteadas en una
carta enviada por el presidente de la
República Checa, Václav Havel, al Alto
Comisionado para Derechos Humanos…Esas
razones pueden caracterizarse, usando la
frase de Pascal, como “razones del
corazón”. Hace 10 años, los disidentes
checos (y uno pudiera añadir fácilmente los
eslovacos, polacos, húngaros y muchos otros
disidentes de la Europa Central y Oriental)
estaban en una situación similar a la de
muchos individuos en la Cuba de hoy, y
apreciaban mucho cualquier expresión de
solidaridad internacional. Eso es difícil de
olvidar. Y ¿qué otra cosa sino un verdadero
espíritu de solidaridad y de cooperación
puede recomendarse como el principio básico
de acción para la comunidad internacional?
“Permítanme concluir con las palabras del
presidente Havel: … Nos podemos imaginar
es la misma posición de aquellos cuya causa
estamos defendiendo. Nuestra propia historia
nos suministra amplia evidencia de que, con
demasiada frecuencia, los p0apeles de los
defensores y los defendidos pueden resultar
invertidos”.
En una carta redactada en Moscú el 12 de
julio de este año (2000), otra leyenda viva
del movimiento internacional de derechos
humanos, Elena Booner, la viuda de Andrei
Sajarov, le escribía lo siguiente a los
dirigentes del Partido Pro Derechos Humanos
de Cuba, Dr. Samuel Martínez Lara, Evelio
Ancheta, Lázaro García Cernuda y René Montes
de Oca:
“… consideramos que el hecho de que la
prepotencia y las atrocidades de Fidel
Castro contra todos ustedes, no hayan podido
liquidar a esas agrupaciones civilistas
cubanas, representa una de las peores
derrotas de cuantas él ha afrontado en su
muy larga trayectoria.
De manera muy sincera quiero retierarles
nuestra admiración y apoyo. A través de mi
amigo Ricardo Bofill, miembro de la
directiva de nuestra Fundación Sajarov, les
aseguro que estaremos con ustedes en este
bregar hasta que Cuba sea libre”.
La batalla por Elián González ha sido
particularmente importante para la comunidad
cubanoamericana. Hemos luchando
apasionadamente por la libertad, y la
felicidad de un niño. Y, en esa lucha, hemos
chocado frontalmente contra la debilidad del
actual gobierno americano y la fuerza que
tienen en los medios de comunicación y las
universidades de Estados Unidos los llamados
“liberales” americanos, viejos simpatizantes
del comunismo. Esto sorprenderá, sin duda, a
muchos cubanos de la isla. Y, sin embargo,
es totalmente cierto. En los últimos 40
años, la posición de los medios académicos y
de los medios de comunicación de Estados
Unidos frente al comunismo ha oscilado entre
la crítica benévola y la franca simpatía. Ni
la revista Time ni Newsweek ni
The New York Times ni The
Washington Post ni las cadenas
televisivas CNN (o, como se le conoce
en la comunidad cubanoamericana Castro's
Network News) ni ABC, PBS, NBC
o CBS tuvieron una consecuente
militancia anticomunista durante la Guerra
Fría. Y esta tardía batalla de la Guerra
Fría que ha sido la lucha por Elián ha
servido para recordarlo (el ensayo a leer es
Comunismo Olvidado de Alain Besancon
que puede conseguirse en
www.neoliberalismo.com - una página creada
por mí en Internet para el estudio de estos
temas).
Cuba no va a permanecer mucho tiempo como un
anacronismo histórico. Pero el papel que
jueguen los distintos protagonistas de su
batallar político va a estar determinado, en
gran medida, por la preparación que tengan y
por las iniciativas que sean capaces de
generar. Hoy, más que nunca, hay que
prepararse para el cambio.
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