En defensa del neoliberalismo

                                         

 
                                              
                                      
                                         

Atentados y minorías
 

 
Volver a publicar aquellas remotas discusiones del gobierno americano sobre un posible asesinato de Fidel Castro merece un comentario. Parece como si alguien quisiera darle importancia a eventos que ocurrieron hace casi medio siglo y que no tuvieron la más mínima repercusión práctica. En este sentido, no hay testimonio más elocuente que la longevidad del anciano dictador. Es útil poner esto en perspectiva. El presidente del gobierno que manejó esta idea, John F. Kennedy, fue asesinado en 1963. Su hermano, senador y aspirante a la presidencia, Robert Kennedy, fue asesinado en 1968. El rey Faisal de Arabia Saudita fue asesinado en 1975. Seis años después, en 1981, fue asesinado Anwar Al Sadat. En 1981 le entraron a tiros, y sobrevivieron milagrosamente, el presidente Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II. En 1984 asesinaron a la premier de la India, Indira Gandhi. Dos años después mataron al primer ministro de Suecia Olof Palme. Cinco años más tarde mataban a Rajiv Gandhi, primer ministro de la India. Y en 1995 asesinaban a Yitzhak Rabin, el primer ministro de Israel.

En contraste con esto, ¿qué atentados ha habido contra Fidel Castro? En estos 45 años, millones de personas han perdido más sangre (afeitándose) que el dictador cubano. En realidad, si de una conspiración se trata, la conspiración ha sido para mantenerlo vivo. No sería de extrañar. Sus amigos lo quieren como fuente de prebendas. Y muchos de sus enemigos consideran que nadie le ha hecho más daño a la revolución cubana. No se hacen ilusiones con ninguna supuesta ''transición'' y quieren que su imagen, como un viejo decrépito y fuera de contacto con la realidad mundial, se prolongue lo más posible. Recordar con tanta insistencia aquella remota especulación parece una mal reprimida nostalgia de la época en que era joven, usaba boina y prometía un futuro maravilloso para Cuba. Estamos hablando de cuando Stalin llevaba pocos años de muerto, gobernaba Nikita Jruschov, empezaban los Beatles, Casius Clay era un joven aspirante a la corona de los pesos pesados y el mundo se asombraba de la primera operación del corazón.

Es curioso que en aquel lejano pasado, cuando algunos dirigentes del gobierno americano discutieron matar a Fidel Castro, pensaran en utilizar a la mafia. ¿Cómo es posible que se les ocurriera semejante disparate? Hay que llegar a la conclusión de que la CIA no tenía ningún aparato para asesinatos políticos. Esto es, sin duda, una gran desilusión para muchos. Y, sin embargo, debería de ser evidente. ¿Alguien se puede imaginar a la KGB buscando un asesino en el hampa rusa para hacer un atentado político? Es ridículo. La KGB los hubiera mirado con desprecio. El Estado soviético dedicó décadas de trabajo e ilimitados fondos para preparar sus equipos de asesinos. Estamos hablando de SMERSH. La diferencia con Estados Unidos es evidente, y lógica.

Los gobernantes rusos podían hacer eso, y mucho más, porque no tenían oposición. Nadie podía denunciarlos. Es por eso que la democracia es la mejor defensa --y, en realidad, la única-- contra la brutalidad policial, los asesinatos políticos y todos los abusos del poder. Es imposible concebir mayor crítico de un gobierno que una oposición ansiosa por sustituirlo. Es por eso que, pese a su control sobre las fuerzas armadas y los órganos de represión, ningún gobierno democrático puede hacer lo que quiere. Tiene que respetar ciertas reglas de juego. Es lo que se llama el estado de derecho. Si no lo hace, va a ser ácidamente criticado, va a perder su popularidad, y va a perder las próximas elecciones. Al mismo Kennedy todavía lo están criticando.

Uno pudiera preguntarse: ¿y qué tiene de malo una ''buena'' dictadura? ¿Qué tiene de malo darle un poder total a un gobierno empeñado en hacer las reformas y transformaciones que el país necesita? Excelente pregunta. La respuesta es muy sencilla: ¿y si las promesas no se cumplen? ¿Cómo frenar o rectificar las arbitrariedades, las injusticias e inclusive los crímenes de un gobierno que tiene un poder total y que nadie puede criticar? Bajo una dictadura, nadie está seguro. Y, amigos lectores, ésta no es una idea que se me acaba de ocurrir. Es la experiencia destilada de muchos siglos. Nadie puede tener un poder total. El poder corrompe y, como dijera Lord Acton, ''el poder absoluto corrompe absolutamente''. Cualquier concentración de poder es inherentemente sospechosa.

Desde hace siglos, las democracias occidentales han establecido un sistema de elecciones libres y de formidables garantías a los derechos de las minorías. ¿Por qué ese extraordinario respeto por las minorías? La razón es muy simple: porque son parte del pueblo. La mayoría es sólo una parte del pueblo. ¿Cuántas veces no hemos visto a una mayoría convertirse en minoría y al revés? Es por eso que un verdadero respeto por el pueblo implica el respeto por sus minorías, por los derechos de todos, por los derechos simplemente humanos. Y, por supuesto, entre esos derechos están los de expresión, organización, manifestación y todos los que permitan que la minoría pueda convertirse pacíficamente en mayoría. Esas son las reglas del juego de la democracia. Eso es un estado de derecho. Y eso es lo que tenemos que defender al precio que sea porque la alternativa es la esclavitud, la cárcel o el exilio.

 

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