En defensa del neoliberalismo
 

Tiempos de vergüenza… y de esperanza

 

Orlando Fondevila

Vivimos tiempos de vergüenza. Ahí están, incontestables, desnudos en toda su impureza, los hechos. El pragmatismo torpe y miserable, la política cobarde, la decadencia moral y la bajura intelectual de una buena parte de la clase política de Occidente se expresan en una clara traición a los más caros valores que nos han identificado y que han posibilitado el triunfo de sociedades libres y prósperas. Clase política y traición que son amplificados por intelectuales pedestres que controlan cátedras y opinión, unidos a medios de comunicación que sistemáticamente sustentan la podredumbre y chapotean en su imparable decadencia. Pocas veces en la historia de Occidente hemos padecido líderes tan insustanciales, y pocas veces tal escasez de pensadores y creadores de opinión de verdadero calibre. Se otea en el ambiente un como delirio que, en su ofuscación, encaminara enfurecidamente a la sociedad libre a su suicidio.

Vivimos tiempos de vergüenza. Políticos, académicos, intelectuales y medios de comunicación marchan entusiastas detrás de banderas irracionales, odiosas y encogidas. Banderas en las que están inscritas las palabras odio y miedo. Odio a los Estados Unidos y a todo lo que este representa, odio a la libertad. Y miedo. Miedo a los bárbaros que a sangre y fuego intentan imponernos su diabólica visión de la vida y del mundo. Por el odio actúan como quintacolumnistas y desmovilizadores. Por el miedo predican el apaciguamiento y la rendición. La decadencia es eso, ausencia de ideales, más bien desprecio a los ideales; y blandura, descomposición, alegre andadura hacia el suicidio.

Vivimos tiempos de vergüenza. Y Cuba, nuestra triste patria, en el centro mismo de este vendaval de vergüenza. Centro difusor de la vergüenza y centro sufriente de la vergüenza. Cuba castrista como factor simbólico, alentador y organizador de la vergüenza. El esclavizado pueblo cubano a merced de la vergüenza.

¿Qué es sino vergüenza que los gobiernos de América Latina en pleno hayan escogido al régimen castrista como representante de esa zona geográfica para integrar una especie de tribunal internacional que decidirá qué denuncias de violaciones de los derechos humanos son válidas y cuáles no? Una megacomisión en la que estarán presentes China y Zimbawe. ¿Acaso es este el multilateralismo que nos quieren vender para oponerse al denostado unilateralismo norteamericano? Y ahora, la Unión Europea, la supuesta Europa de las luces, de la cultura y de la democracia cediendo al chantaje de Castro, protegiéndole, colaborando con su salvaje régimen en virtud de esa especie de laxitud ética, ese achatamiento de los valores que está corroyendo a estas sociedades. Y todo consumado con mala conciencia, con una despreciable retórica.

¿Qué es sino vergüenza que esta clase política, intelectuales y medios de comunicación deseen y busquen por todos los medios que Estados Unidos, es decir, la libertad, fracasen en Irak? ¿Qué es sino vergüenza que el pelele sectario presidente del Gobierno español comulgue en la práctica con los enloquecidos terroristas, rememorando a los Chamberlain y Vichy de la peor Europa, buscando todo él odio y miedo, una ridícula “alianza de civilizaciones”? ¿Qué es sino vergüenza la deriva de odio y corrupción de Chávez, Kirchner y otras perlas elevadas a categoría de “iluminados salvadores” de pueblos en América Latina? ¿Qué es sino vergüenza la propia existencia de Castro?

Pero claro que en esta hora sombría hay esperanza. El presidente Bush pronunció un discurso trascendental, por lo directo y claro, por su firmeza, avisando de los grandes desafíos que enfrenta hoy la libertad. Expresó la determinación inequívoca de los Estados Unidos de defender y propiciar la libertad en todo el mundo. Esa es nuestra esperanza en tiempos de vergüenza. ¿Cuál ha sido la reacción de los decadentes reaccionarios? Tengo a mano, porque vivo en España, el editorial del periódico El País: “42 veces la palabra libertad”. A los decadentes reaccionarios, fundamentalmente de izquierda, aunque no sólo, le produce repeluz la palabra libertad. Pero no nos sorprendamos, es el mismo periódico que al día siguiente de la monstruosidad de las torres gemelas, encabezó su portada con un cintillo enorme: “el mundo en vilo por las posibles represalias de Bush”. Una vergüenza.

Ante estas realidades, ¿qué nos queda a los cubanos? Pelear. Salirnos del círculo central de la vergüenza. Y comprender, por supuesto, nuestra situación de soledad. Saber dónde están nuestros aliados. Dejar de buscar, como hacen algunos, lloriqueados respaldos de quienes jamás van a estar de nuestro lado.

Saber que sí hay esperanza. Y saber dónde buscarla. No renunciar, nunca, a la libertad. A toda la libertad.