|
Chávez primero,
Castro después
Ernesto F.
Betancourt
Venezuela y Cuba son dos países con historias paralelas en los
últimos cincuenta años. Durante la lucha contra Batista, los cubanos nos
beneficiamos del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez un año antes
que Batista. En 1958, Caracas se convirtió en un centro de apoyo a la
lucha contra Batista. Además, el ejemplo de la caída del dictador
venezolano fue una fuente de aliento para los que luchaban dentro de
Cuba. No hay lugar a dudas de que lo mismo puede pasar ahora. Por eso es
que los cubanos, de dentro y de fuera de la isla, tenemos un interés muy
grande en la solución de la crisis venezolana.
Si Chávez logra mantenerse en el poder, su amigo, maestro y modelo,
Fidel, se beneficiará doblemente. Por una parte, reforzará la imagen que
trata de promover de que el futuro les pertenece a los izquierdistas,
ahora reforzada con las victorias electorales de Lula da Silva en
Brasil y Lucio Gurtiérrez en Ecuador; y, segundo, continuará recibiendo
petróleo a pagar cuando le dé la gana. Pero si gana el pueblo venezolano,
en una batalla épica que ha sentado precedentes de coraje, civismo y
dignidad democrática, Fidel será un doble perdedor. Su imagen
carismática, ya marchita, difícilmente podrá recuperarse; y, en lo
económico, tendrá que pagar un petróleo cada vez más caro en efectivo,
ya que Cuba no califica como sujeto de crédito. Se repetirá el patrón
Pérez Jiménez/Batista.
A Chávez, al igual que a Fidel, le importa un comino el daño que su
megalomanía y ambición de poder puedan causar a su pueblo. De ahí que,
cínicamente, se haya apropiado de la bandera de la constitucionalidad
como fuente de legitimidad de su régimen. Los gobiernos de la región se
escudan en esa constitucionalidad para justificar el apoyo a la
continuidad de su gobierno, escudados en la Carta Democrática
aprobada en Lima, precisamente el 11 de septiembre de 2001. En realidad,
lo que temen es que se rompa el precedente de que, una vez electos,
tienen garantizado el poder, no importa lo corrupta e inepta que sea su
gestión gubernamental.
De hecho, la situación actual de Venezuela viola los principios
establecidos en el capítulo III de la Carta Democrática en cuanto
a derechos de asamblea, expresión, sindicales y de democracia
representativa. De acuerdo con la misma, lo que procede es aplicar el
artículo 19, capítulo IV, disponiendo la suspensión del actual gobierno
de Venezuela de todos los organismos de la OEA. Este artículo establece
que al producirse ''una alteración del orden democrático en un estado
miembro que constituye, mientras persista, un obstáculo insuperable para
la participación de su gobierno en las sesiones'' de dichos órganos, se
suspenderá al gobierno correspondiente.
El secretario general de la OEA, César Gaviria, ha sido remiso en el
cumplimiento de sus deberes al persistir en sus gestiones mediadoras, y
mantener un silencio cómplice, en presencia de flagrantes violaciones de
la constitución venezolana por el presidente Hugo Chávez. Siendo la más
seria la usurpación de la autoridad municipal sobre la policía de
Caracas, que aun la Corte Suprema, dominada por elementos afines a
Chávez, declaró inconstitucional. Eso ha dejado a los ciudadanos de
Caracas que pacíficamente protestan en contra del gobierno de Chávez a
merced de las turbas chavistas, al privarlos de protección policíaca.
Es sabido que el señor Gaviria fue intimidado por Castro, al inicio de
su gestión como secretario general, con el secuestro de su hermano por
un grupo guerrillero colombiano, que manifestó que sólo lo liberaban si
se lo pedía el propio Castro. Gaviria envió a La Habana a uno de sus
asesores, Ricardo Santamaría, quien había sido embajador de Colombia en
Cuba, a solicitar la mediación de Fidel. Este, pintándose como noble
personaje, se manifestó dispuesto a esa gestión humanitaria y encargó la
tarea al notorio terrorista Jesús Arbesú Fraga, segundo del ya fallecido,
siniestro comandante Manuel Piñeiro en el Departamento América. Arbesú
viajó a Bogotá y regresó a La Habana con el hermano de Gaviria y los
secuestradores.
Gaviria quedó avisado de que, si no se portaba bien, Fidel Castro tenía
poder de vida y hacienda sobre sus familiares. Por eso, para empezar,
tiene prohibido que en la secretaría de la OEA se diga que Castro ha
estado envuelto en el terrorismo. Y, por eso, su gestión mediadora en
Caracas se ha caracterizado por sus críticas a la oposición y su
silencio cómplice ante las violaciones de derechos de la ciudadanía por
parte de Chávez. Por elemental decencia debe recusarse en vez de
traicionar al pueblo venezolano.
El pueblo venezolano y la consolidación de la democracia en el
hemisferio requieren un apoyo incuestionado de parte de la OEA, en esta
la primera prueba a que se ve sometida la Carta Democrática. Los
cubanos, como en 1959, venimos ansiosos detrás de nuestros hermanos
venezolanos. Y tenemos que apoyarlos.
|
|