¿Qué hay del otro lado?
La crítica hacia los gobernantes es moneda corriente. Se
trata de un fenómeno, ya demasiado frecuente en buena parte
del mundo, pero que se verifica con especial contundencia en
los países latinoamericanos.
El breve lapso que propone la típica “luna de miel” de quien
inicia una gestión de gobierno pronto se convierte en un
renovado y prolongado infierno. Se trata de la etapa en la
que el oficialismo empieza a recibir duros embates, ya no
solo de sus ocasionales opositores, sino de una ciudadanía
que cae en el hartazgo, incluso hasta de cierto sector de la
comunidad que oportunamente los voto.
En ese contexto, el debate político cae recurrentemente en
esa larga tradición que dice que “del otro lado no hay
nada”. Esa aseveración habla de una crisis dirigencial, de
partidos políticos que cada vez representan menos a la gente
y de una desconexión cada vez más elocuente, entre las
demandas de la sociedad y la escasa capacidad de resolver
problemas de quienes se postulan para ocupar esas
posiciones.
Y así, la conclusión parece un círculo vicioso. Los que
están no saben o no hacen las cosas bien, y los que quedaron
del otro lado, o ya estuvieron y tampoco hicieron bien, o
simplemente no tienen nada que ofrecer al electorado en
términos de soluciones.
La ciudadanía, huérfana de ideas, recorre entonces el
patético camino de la resignación y la impotencia, esas que
destruyen los cimientos del sistema democrático, dinamitando
la república y convirtiéndose en el caldo de cultivo de los
nostálgicos de la violencia.
Es que la política de estos tiempos, y cuesta encontrar
excepciones a la regla, pone demasiado esfuerzo en la
búsqueda del poder y en su sostenimiento permanente. Pero la
política no solo es ACCESO al poder, sino también la
construcción de un proyecto que sea posible implementar, una
vez que se llega a él.
Nuestros países se caracterizan por una clase política que
vive en forma OBSESIVA su carrera hacia el premio mayor.
Todo pasa por el botín de los cargos, la distribución de
prebendas y la apropiación de los privilegios.
Todo el esfuerzo, la militancia y la acción político -
partidaria tiene, como exclusivo objetivo, encontrar el modo
de alcanzar los votos que posibiliten el triunfo de los que
juegan a esto como quien compite casi deportivamente por ese
trofeo.
Cuando las circunstancias del momento de esa Nación, los
conflictos ocasionales y hasta el carisma del nuevo
dirigente, o el desprecio por el anterior, lo imponen, allí
entonces, quienes eran opositores tienen la oportunidad de
alcanzar la ansiada meta. Pero allí no concluye la historia.
No llega el final feliz, sino que irremediablemente se
inicia el peregrinar por nuevos tropiezos, propios de la
improvisación.
Llega el turno entonces del repetido discurso de la
“herencia recibida”, ese manojo de justificaciones y excusas
que replica el más popular deporte del continente, ese que
consiste en buscar responsabilidades ajenas y endilgarle al
que sea, todas las culpas que se derivan del conjunto de
calamidades por las que atravesamos como sociedad.
Solo esconden algo mucho más evidente. Es que su acción
política se limita EXCLUSIVAMENTE a la búsqueda del poder.
Los partidos, el debate interno solo pasa por los cargos,
las disputas internas y las mezquinas intrigas.
Nadie pone demasiada atención a la construcción de una
plataforma política que diga QUE HACER frente a cada
interrogante. Mucho menos aún se profundiza en el
indispensable estudio que permita “bajar a lo concreto” esas
ideas que dicen mas sobre lo que “no queremos” que sobre lo
que deseamos hacer.
Todo concluye en un juego en el que se privilegia la lucha
por el poder por sobre la capacidad de generar planes
concretos que sean dignos de ser considerados como una
oportunidad para vencer los múltiples escollos a los que nos
enfrentamos a diario.
Esa dinámica, expulsa técnicos, profesionales,
intelectuales, incluso ciudadanos que sin formación
académica, tienen mucho que decir. Se trata de un conjunto
de habitantes capaces de aportar alguna cuota de sentido
común, que no tienen cabida en los partidos, porque a nadie
importa prepararse para el poder, solo se trata de llegar a
él
Hasta que los partidos no asuman su rol, entendiendo que
esta noble e imprescindible profesión que es la política, se
mueve en base a sus ejes principales, el acceso al poder y
el ejercicio del poder, no tendremos chance de revertir esta
historia circular.
Para ello, los ciudadanos necesitamos partidos capaces de
generar ideas, discutirlas, convocar especialistas, diseñar
programas y establecer estrategias que posibiliten la
instrumentación de planes concretos. Sin todo eso, la
política seguirá siendo lo que es y terminaremos consumiendo
el producto final que ya conocemos.
No se puede seguir discutiendo sobre estos o aquellos,
buenos o malos, honestos o inmorales, prolijos o burdos. Esa
es una discusión que probablemente servirá para elegir a
quien sucederá al que ostenta la batuta. Pero también
interesa saber si los que vienen, esos que están del otro
lado, se han preparado debidamente para gobernar. Tal vez
solo nos ofrecerán un nuevo fracaso de esos a los que nos
tienen acostumbrados, para luego ofrecernos explicaciones
plagadas de grandes argumentos que nos hablen de una
contextualización histórica. En realidad todo podría
resumirse en que abundan las improvisadas estrategias y sus
propias limitaciones.
La política es eso, lucha por el acceso al poder y
preparación para gobernar. Si ambas aristas no están
armónicamente equilibradas, seguiremos transitando este
cíclico sendero que ya conocemos y una ciudadanía agotada se
seguirá preguntando: ¿Qué hay del otro lado?
Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Skype: amedinamendez
www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694