| En defensa del neoliberalismo |
Una historia económica del Siglo XXJude Wanniski Primero, una rápida revisión del siglo XIX, que fue el siglo de Gran
Bretaña, Los ingleses derrotaron a Napoleón en 1815, volvieron al patrón
oro en 1819 y a la paridad de pre-guerra y, estimulados por un
movimiento populista, empezaron a rebajar sus tasas de impuestos de
tiempo de guerra. Aunque estuvieron rebajando las tasas casi todos los años
hasta 1875, su colosal deuda de guerra de 1815, de 800 millones de
libras, había disminuido a 600 millones víspera de la I Guerra
Mundial. Restauraron el impuesto a los ingresos (no progresivo) en 1846
pero a un nivel muy bajo y, en realidad, sólo para tratar de compensar
las esperadas pérdidas de ingresos producto de la eliminación de las
tarifas a los granos (las Corn Laws). Eliminación necesaria para
permitir las masivas importaciones de granos norteamericanos que
permitieran afrontar la hambruna irlandesa de 1846-47. Con una moneda
tan buena como el oro, las tasas de interés bajaron de 6.5% cuando
Waterloo a menos de 3% en 1900. Un historiador moderno nos cuenta que
"Entre 1815 y 1875, Gran Bretaña se iba a convertir en la fábrica
mundial, el banquero mundial y el comerciante mundial''. El resto de
Europa rebajó sus tarifas proteccionistas siguiendo el ejemplo de
Londres. Como señalé en mi libro, The Way the World Works, pag. 177: "Con el crecimiento del pastel mundial, la prosperidad se
alimentaba a si misma porque las presiones proteccionistas en cada nación
iban cediendo, permitiendo una disminución mundial en las tarifas.
Francia empezó a bajar sus desmesuradas tasas proteccionistas en los
1840. En Prusia, 17 estados fragmentados se unieron en una unión
aduanera (Zollverein) en 1833, creando un libre comercio entre esos
estados alemanes… Italia y Rusia también moderaron sus tasas hasta
mediados de siglo. En 1875, Gran Bretaña, el líder de todos los
partidarios del libre comercio, sólo tenía 12 ítems en su lista de
mercancías con tarifas aduaneras. La constante expansión del comercio
mundial significó una disminución de las quejas nacionales internas
sobre la "exportación de empleos," disminuyendo, por
consiguiente, las tensiones externas. Con la excepción de una guerritas
menores en Crimea y la Guerra Civil en Estados Unidos (que, a su vez,
tuvo profundas raíces en el conflicto sobre política aduanera entre el
Norte industrial y el Sur agrario) el mundo estuvo en paz hasta fines de
siglo. En el sentido vital del término fue la Pax
Britannica. La enorme expansión empezó a perder impulso en 1875 cuando el clima se
volvió contra Europa y no había una teoría económica sobre cómo
afrontarlo. La cosecha en Francia fue un desastre y el gobierno subió las tarifas. Alemania, que se había convertido en una
fervorosa partidaria del libre comercio vía su experiencia del
Zollverein, había eliminado las tarifas en el 97% de sus importaciones
para 1877. En ese año se produjo la primera de tres terribles cosechas
en Gran Bretaña. Para poder importar más alimentos, Gran Bretaña tuvo
que exportar más bienes manufacturados. Los industriales alemanes se
quejaron de este "dumping" y subieron las tarifas. Los
industriales rusos se quejaron de que no podían competir con los
alemanes y en 1893 subieron sus tarifas. Alemania respondió subiendo
las suyas contra las mercancías rusas y Rusia reaccionó duplicando sus tasas contra las mercancías alemanas. Al mismo
tiempo, Italia, frustrada por las tarifas proteccionistas francesas,
decretó un aumento de las tarifas que no bajó hasta tiempos de
Mussolini. Estos conflictos económicos fueron las causas fundamentales de la I
Guerra Mundial, puesto que la economía es invariablemente
la fuente de la guerra y de los conflictos civiles. Es por esta razón
que yo soy un determinista económico a la Karl Marx. La idea de que la
cultura o la religión sean fuentes más importantes de conflicto
simplemente me parece muy poco probable Basta considerar la matanza de
cristianos a manos de cristianos en los últimos dos mil años. Si sólo
hubiera budistas chinos en el planeta, entonces sería la historia de
budistas chinos matándose mutuamente y, por supuesto, esa historia
existe realmente. Las calorías
son lo fundamental porque sin calorías para comer o calentarse, la vida
se extingue en el margen. La cultura se adapta a las calorías, como lo
demuestra la variable tolerancia de la civilización al aborto. Una lectura de la historia de los eventos que llevaron a la I Guerra
Mundial de Nial Fergurson, The
Pity of War, demuestra que la reacción automática de un estado
nación tras otro cuando se siente una contracción de calorías en el
horizonte, es el aumento de la
preparación militar. Que triste pero es una realidad, y muy lógica
por cierto. Una serie de malas cosechas en Europa y los nacionalistas
económicos supusieron, de manera lógica y natural, que tendría que
haber una guerra a la vuelta de la esquina, así que lo mejor era
prepararse de la mejor manera posible para la misma. Los gastos de
defensa para los ejércitos y marinas tenían la adicional ventaja de
ocupar a los jóvenes desempleados - que, de otra forma, pudieran
volverse hacia la delincuencia. Los monarcas de Europa eran
esencialmente impotentes para detener las fuerzas que estaban
presionando hacia la guerra. Ahí está el complejo militar-industrial
de cada país, funcionando sobre la base de que suceda lo peor, y luego
un círculo vicioso de aumento de impuestos, menos crecimiento,
contracción de calorías. Un archiduque asesinado en Sarajevo fue,
simplemente, el fósforo que encendió la guerra. Estados Unidos hubiera
podido taparse los ojos a la guerra en Europa, excepto que la historia
no funciona así. Estados Unidos estaba destinado a quedar fuera del
conflicto de las calorías del resto del mundo durante sus primeros 130
años, pero en 1917 estábamos lo suficientemente maduros como para
empezar a afirmar una especie de adolescente liderazgo mundial. Mi tesis
en TWWW es que la marcha de la civilización ha sido en busca de
sistemas políticos capaces de producir una mejor dirección. La monarquía
era superior a los señores de la guerra, el imperialismo fue útil
hasta cierto punto, la monarquía parlamentaria hizo avanzar
considerablemente los sistemas políticos pero la I Guerra Mundial
demostró que tenía que haber una mejor forma de afrontar los
incipientes conflictos globales. Los parlamentos resultaron no ser tan
"democráticos", demasiado listos a aprobar la guerra si el
monarca se quedaba sin soluciones diplomáticas más creadoras. Las
testas coronadas de 1914 no tenían mejor opción que ordenar que
millones de jóvenes sirvieran como carne de cañón. La fuerza militar
les encontraría las respuestas que no tenían. Nosotros pudiéramos habernos quedado fácilmente fuera de la I GM pero
creo que la historia había decidido que realmente teníamos que entrar
en la misma si íbamos a ocupar un puesto de liderazgo mundial. Si
podemos apreciar donde estamos hoy, el Rey sin Corona del planeta,
tenemos que ver que tenía que haber un momento donde aumentábamos
nuestra disposición a afrontar responsabilidades internacionales. La
consecuencia política fue la eliminación de la monarquía como una
forma eficiente de gobierno. El balance del siglo implicó una
competencia de diferentes formas de democracia, que en su sentido más
amplio significa un proceso mediante el cual cualquier ciudadano puede
ser seleccionado del fondo común para gobernar. En la segunda guerra
mundial, nuestra forma de capitalismo democrático se sumó a la
"democracia colectiva" de la Unión Soviética para derrotar
al "capitalismo de estado" con su confianza en un hombre
fuerte, un dictador. Cuando el sangriento conflicto terminó en 1945, la
historia se preparó para el enfrentamiento entre el capitalismo democrático
y la forma soviética de colectivismo. Entretejido con las últimas ocho décadas del siglo hay una serie de
experimentos en política económica que las grandes potencias ensayaron
mientras luchaban por satisfacer las demandas de las finanzas públicas
en una época de guerra casi perpetua. Cuando el siglo empezó, las
tarifas y los impuestos sobre el consumo eran las formas fundamentales
de impuestos en todas partes. Más bien que competir en las guerras de
tarifas continentales que llevaron a la I GM, Gran
Bretaña introdujo el primer impuesto progresivo
a los ingresos en 1902, y las otras potencias siguieron el mismo camino
en lo que las demandas de la preparación militar abrumaban los ingresos
de tarifas que habían pasado el punto de los rendimientos
decrecientes. La 16 Enmienda que permite el impuesto a los ingresos fue aprobada en
Estados Unidos en el gobierno republicano de William Howard Taft,
semanas antes de la inauguración del demócrata Woodrow Wilson en 1913.
El primer impuesto tenía una tasa superior marginal de 7% que se
aplicaba a los ingresos anuales que serían el equivalente actual de
unos $20 millones; la tasa inferior de 1% se aplicaba al equivalente
actual de unos $40,000. El impuesto trajo consigo la recesión económica
de 1913-14, que terminó cuando empezó la guerra en Europa y los
pedidos de mercancías empezaron a venir del otro lado del Atlántico.
Cuando EU entró en la guerra en 1917, Wilson empujó la tasa del
impuesto a los ingresos a 75% con las ganancias al capital gravadas como
ingreso ordinario. Los republicanos ganaron en una avalancha en 1920 con
la promesa de bajas las tasas de impuestos y restaurar las tarifas que
Wilson había alterado en 1913. Las otras potencias dejaron sus tasas de
impuestos a los elevados niveles de tiempo de guerra en lo que trataban
de afrontar el problema de la deuda de la guerra. Los Rugientes Veinte
produjeron una fenomenal expansión económica, fundamentalmente en
Estados Unidos. La Ley de la Reserva Federal, que también había sido aprobada en 1913,
garantizaba un dólar elástico
que pudiera estirarse y contraerse en pequeña medida, siempre que el dólar
permaneciera tan bueno como el oro a $20.67 la onza. Casi todos los demás
economistas rastrean algunas o todas las declinaciones económicas del
siglo a errores monetarios del banco central. Yo no lo hago así. Para mí,
el papel más importante de la moneda es como
unidad de contabilidad, y
no como un medio de cambio o almacén de valor. Mientras el gobierno de
EU mantuviera su compromiso con el oro a un
precio fijo - $20.67 hasta 1934, luego $35 por onza hasta 1971 -
los errores en política monetaria eran necesariamente pequeños. Si el
Fed trataba de meter mas dólares en el sistema bancario de lo que el
sistema requería, el excedente sacaría oro de las reservas de oro del
Tesoro. Esa automaticidad estaba
implícita en el patrón oro. En mi opinión, el momento de giro del siglo XX fue el Crash de Wall
Street de octubre de 1929. En su época, el fenómeno no fue comprendido
por los economistas como directamente relacionado con la Ley de Tarifas
Smoot-Hawley que el presidente Hoover firmó en ley en junio de 1930. No
satisfechos con haber restaurado las tarifas a los niveles de 1913, que
había sido anticipado por los mercados, los republicanos las subieron a
niveles que sorprendieron los mercados y que, al margen, bloquearon el
comercio mundial que estaba en proceso. Los inventarios hechos para las
ventas en el exterior se acumularon a ambos lados de la alta pared de
tarifas. Debido a que Estados Unidos se había convertido en una nación
acreedora, ahora nuestros deudores no podían ganar del comercio los
intereses y el principal sobre sus deudas o sus inversiones en acciones
en el exterior. No fue hasta 1977 que se estableció la relación
Crash/tarifas, como lo hice en el proceso de investigación de mi libro.
Los detalles están expuestos en capítulo VII. Al no saber por qué se había hundido el mercado, los dirigentes políticos
del mundo fueron inducidos
a varias conclusiones falsas. En Moscú, Stalin supuso que la burbuja
capitalista había estallado como Marx había previsto. En Alemania,
donde la economía ya estaba paralizada por las exacciones punitivas del
Tratado de Versalles, la idea fascista echó raíces. Sobre todo, porque
de todas las potencias, Italia bajo Mussolini parecía ser la única
capaz de prosperar; con un "hombre fuerte" capaz de dirigir la
economía donde "el
mercado había fracasado". Tokio llegó a una conclusión
ligeramente diferente, viendo la Smoot-Hawley no en términos del Crash
del 29 sino en sus efectos directos de cerrar el mercado norteamericano
a las exportaciones japonesas. Amenazado de esta manera, Japón se
embarcó en una estrategia asiática, esperando hallar seguridad dentro
de una "Esfera de Co-Prosperidad Asiática." Los intereses
imperialistas británicos, que no apreciaban la interferencia japonesa
en su hegemonía, persuadieron a Washington a acorralar a los japoneses.
Cuando Franklin D.Roosevelt decretó un embargo petrolero en Japón,
totalmente dependiente de sus importaciones de combustible, en la práctica
le había declarado la guerra. Cuando el status quo se volvió inaceptable, a Tokio no le pareció tener otra
alternativa que Pearl Harbor. Es probable que la ley de tarifas de Hoover no hubiera llevado a la II
Guerra Mundial si no hubiera estado seguida por una serie de otros
errores económicos. Cuando los ingresos federales bajaron debido a la
recesión, los banqueros de Nueva York persuadieron a Hoover de que sólo
se podía restaurar la confianza equilibrando el presupuesto - mediante
tasas de impuestos más altas. En lo que un excedente de liquidez de dólares
acompañaba el debilitamiento de la economía, en 1931 el Fed tuvo que
elevar la tasa de descuento de 1.5 a 3.5%
para evitar una fuga del oro. El Promedio Industrial Dow Jones,
que había bajado de 381 a 230 en 1929, siguió
ahora su descenso, hasta que llegó a 41 en el fin de semana de 1932 en
que Roosevelt se postuló como candidato a la presidencia. En su campaña,
FDR denunció a Hoover y a su tarifa para conseguir un fácil triunfo.
Pero no estaba en posición de rebajar las tarifas cuando el desempleo
estaba tan alto en Estados Unidos. Uno de los acontecimientos políticos
más importantes del siglo se produjo en este punto cuando los negros
americanos abandonaron masivamente el partido de Lincoln y se pasaron a
los demócratas del New Deal, un reagrupamiento que se mantiene hasta el
día de hoy. Roosevelt debió de haber rebajado las tasas de impuestos a los ingresos
de Hoover pero los banqueros de Nueva York también lo persuadieron de
que lo fundamental era equilibrar el presupuesto. Roosevelt elevó la
tasa superior del impuesto a los ingresos a 81% en 1940 y luego a 94% en
1944-45, los últimos años de la guerra. Fue sólo porque el oro
permaneció como la unidad de contabilidad a $35 la onza que se pudo
impedir una inflación de tiempos de guerra y se pudieron financiar los
enormes gastos del conflicto con bonos al 2%. Si Estados Unidos hubiera
abandonado el patrón oro en 1931, como hicieron los británicos,
simplemente hubiera sumado una inflación monetaria a la contracción,
que es exactamente lo que sucedió cuando FDR devaluó el dólar contra
el oro en 1934. También hubiera hecho mucho más difícil financiar la
guerra. El crecimiento económico de la posguerra siguió a pequeñas
reducciones en las tasas de impuestos de tiempo de guerra, y a la difusión
de “huecos” que permitían la formación de capital. Por otra parte,
el resto del mundo tuvo que reconstruir y comprar de nuestra economía
mediante crédito y ayuda exterior. La tarifa Smoot-Hawley había estado
llena de excepciones para “la nación más favorecida” vía acuerdos
comerciales recíprocos, lo que fue seguido de acuerdos internacionales
para bajar las tarifas. El presidente Eisenhower prometió una rebaja en
los impuestos a los ingresos cuando hizo campaña en 1952 pero decidió
no hacerlo cuando fue electo. El Partido Republicano regresó a la
“responsabilidad fiscal” y los electores, tras darle a Ike dos años
con un Congreso republicano, comenzaron en 1954 la práctica de gobierno
dividido que se mantiene hasta hoy – elegir presidentes republicanos
con Congresos demócratas y viceversa. Para mediado de los años 50, la economía clásica estaba prácticamente
olvidada (ver Los Puestos de Mando. AR). La administración keynesiana
de la demanda estaba al timón y comenzó a desplazar los viejos
economistas clásicos en las instituciones académicas de todo el mundo.
En 1960, John F. Kennedy derrotó a Richard Nixon hablando de volver a
poner en movimiento la economía aunque también se comprometió con el
patrón oro como estaba antes de la disminución de las tarifas en el
“Kennedy Round” de rebajas. Los republicanos del Congreso bloquearon
su proposición de rebaja de impuestos. Rebaja que le había vendido
Ludwig Erhardt en mayo de 1962 (ver El Plan Marshall….AR) El concepto
venía directamente de la teoría clásica y eran tan “lado de la
demanda” (supply side) como la justificación para las reformas
Harding/Coolidge de los años 20. Sólo después del asesinato de
Kennedy en 1963 se consiguió suficiente simpatía como para poder
aprobar, en su honor, las
rebajas de impuestos dirigidas por el presidente Lyndon Johnson. Cuando
se produjo la explosión de la bolsa y los salarios reales subieron rápidamente,
los demócratas insistieron en que las rebajas de impuestos se basaban
en la teoría keynesiana de aumentar la demanda agregada. Los
republicanos, dirigidos por el senador Barry Goldwater, se habían
opuesto a las rebajas de impuestos como fiscalmente irresponsables, y no
estaban en posición de reclamar crédito por la expansión que habían
conseguido. Johnson hizo trizas a Goldwater en las elecciones de 1964 y
decidió usar los enormes excedentes producidos por la expansión para
financiar sus programas de la Gran Sociedad. Estos estaban dirigido a
terminar con la pobreza en Estados Unidos pero sólo lograron la
destrucción de la familia negra cuando no se podían hacer pagos de
welfare a las familias que permanecieran intactas. LBJ potenció el problema cuando elevó los impuestos en 1976, para
contrarrestar el déficit presupuestario asociado con los gastos de la
Guerra de Vietnam. (En TWWW yo alego que la Guerra de Vietnam fue el
resultado de los programas económicos keynesianos que el gobierno de
Kennedy impuso en el gobierno sudvietnamita.) El impuesto de guerra
debilitó la economía norteamericana, más padres negros quedaron
desempleados y tuvieron que dejar a sus mujeres e hijos para que estos
pudieran ser elegibles para los programas de welfare. Los excesos de la
Gran Sociedad y la Guerra de Vietnam le costaron a los demócratas el
control de la Casa Blanca. Richard Nixon ganó en 1968 y, guiado por
asesores económicos keynesianos, inmediatamente comenzó a cometer
enormes errores económicos. Pospuso la eliminación del impuesto de
Vietnam que había prometido terminar y aprobó una duplicación del
impuesto a las ganancias del capital estimulado por las elites
corporativas. (Un bajo impuesto a las ganancias del capital alienta las
nuevas empresas lo que, a su vez, amenaza el status quo.) Este detalle es extremadamente importante en la historia del siglo
porque llevó a la decisión de Nixon de romper el vínculo entre el
dolor y el oro, y permitirle al dólar flotar libremente - derivada de
su frustración. A su manera, esto fue una decisión tan trascendente
como la ley Smoot-Hawley de Hoover en 1929-30. En realidad, la bolsa de
valores se hundió igual que en el 29 pero, puesto que el valor del dólar
se hundió como síntoma de la inflación en desarrollo, el DJIA sólo
bajó en una fracción de su pérdida de valor real. Esto es, un DJIA a
1000 y el oro a $35 es lo mismo que un DJIA a 10,000 y el oro a $350. Al
resistir la inflación monetaria, el Japón mantuvo su moneda casi tan
buena como el oro. Como resultado, se convirtió en la economía más
fuerte del mundo durante los años 70 y 80, creando un capital que inundó
el mundo. La teoría económica keynesiana finalmente la hizo estallar
en 1990 cuando Tokio decidió
elevar el impuesto a las ganancias del capital en la propiedad
inmobiliaria, la primera fuente de riqueza del país. Hasta el día de
hoy, Tokio permanece en la confusión keynesiana, luchando por encontrar
su camino de regreso al crecimiento. Tanto Gerald Ford como Jimmy Carter permanecieron bajo el hechizo de los
keynesianos que creían que un poco más de inflación (devaluación)
traería prosperidad. Fue Ronald Reagan el que finalmente rompió el
hechizo. Puede que Reagan no haya sido un estudiante muy brillante en el
Eureka College de Illinois en los cuatro años que estuvo allí
(1928-32), pero si estudió economía clásica, su doctorado. En 1980,
para una economía enferma, él era lo que recomendaba el médico, un
dirigente político dispuesto a ir contra las opiniones de moda y a
luchar por una rebaja de impuestos tipo Kennedy. La elección de Ronald Regan en 1980 llegó justo a tiempo. Reagan se
propuso volver a echar a andar la economía en un ambiente no
inflacionario y a terminar con la Guerra Fría. Tuvo un comienzo difícil
porque las rebajas de impuestos provocaron un dramático aumento en la
demanda de liquidez de dólares cuando la Reserva Federal todavía
estaba luchando contra los impulsos inflacionarios creados en el
gobierno de Carter. Con escasez de dólares, el precio del oro bajó de
$600 a fines de 1980 a $300 en 1982, haciendo descender los precios de
las mercancías y empujando la economía a una recesión. Sólo después
de que el Fed se vio obligado a “imprimir” $3,000 millones para
comprar bonos del peso mexicano, para evitar la bancarrota de algunos de
nuestros mayores bancos, que el oro subió por sobre los $400,
terminando la deflación, y sumándose a las rebajas de impuestos para
producir una expansión no inflacionaria. En el modelo de la demanda se
suponía que esto no fuera posible. Los gastos aumentaron
inmediatamente, sobre todo en defensa. El déficit presupuestario aumentó
pero las tasas de interés siguieron bajando. La dirección soviética,
asombrada por esta magia económica, podía constatar que era inútil
tratar de mantenerse en una carrera armamentista con Estados Unidos. En
realidad, tiró la toalla durante los años de Reagan pero la guerra Fría
no terminó oficialmente hasta el derribo del Muro de Berlín bajo el
gobierno de Bush. Retrospectivamente, parece que algo bueno salió de la decisión de
Nixon de abandonar el patrón oro y flotar el dólar, y de la
subsiguiente inflación. En efecto, los mercados libres de Estados
Unidos y Occidente podían administrar el comercio con una unidad de
contabilidad flotante, especialmente cuando el poder de las computadoras
crecía a niveles exponenciales. Pero el sistema de planificación de la
URSS dependía de una unidad contable dólar/oro confiable para poder
establecer los precios. Cuando el precio del oro/dólar comenzó sus
oscilaciones y bamboleos en 1971, con el rublo oficialmente vinculado al
dólar, el sistema de planificación y precios de la economía soviética
se volvió loco. Si los soviéticos hubieran dejado la vinculación al dólar
por una vinculación estable al oro, la historia de los últimos 30 años
hubiera podido ser dramáticamente diferente. Karl Marx, un gran
admirador del oro como unidad de contabilidad, pudiera haberle dicho a
los soviéticos que estaban cometiendo un disparate pero a ninguno de
los millones de comunistas que habían estudiado a Marx se le ocurrió
la idea. Los últimos 20 años del siglo han sido el legado de Ronald Regan. Sus
sucesores en la Oficina Oval, George Bush y Bill Clinton, sólo han
perjudicado levemente la economía mientras movían los muebles de un
lado para otro. Ambos presidentes subieron las tasas de interés tras
prometer rebajas de impuestos. Cuando Alan Greenspan, presidente de la
Reserva Federal, rehusó facilitar la política monetaria sobrevino la
recesión que le costó a Bush un segundo período. El aumento de
impuestos de Clinton le costó a los demócratas el control del Congreso
por primera vez en 40 años, aunque en esta ocasión Greenspan acomodó
el aumento de los impuestos. El precio del oro, que había estado estable alrededor de $350 la onza
subió a $380. Gran parte del resto del mundo, permitió que sus monedas
también flotaran. La mini-inflación dio marcha atrás después de las
elecciones de 1996, cuando los mercados previeron correctamente las
rebajas de impuestos bipartidistas -tipo economía de la oferta- de
1997. Al igual que en 1981, cuando las rebajas de impuestos de Regan
aumentaron la demanda de liquidez de dólares y ésta no se produjo, el
precio del oro también bajó con las rebajas de impuestos de 1997. Los
bancos centrales extranjeros que habían tenido políticas
inflacionarias iniciaron políticas deflacionarias para poder mantenerse
vinculados al dólar. Empezando con Tailandia, la crisis asiática se
fue desarrollando y los precios de las mercancías empezaron a caer como
dominóes. Los precios del petróleo bajaron tanto que la industria
petrolera mundial dejó de invertir en la infraestructura. Cuando la
deflación terminó y el oro empezó a subir en 1999, la demanda de petróleo
superó con mucho la oferta y el precio del petróleo subió hasta sus
actuales niveles. La Internet va a compensar cualquier tendencia al error de nuestros
sistemas políticos. Tan importante como la invención de la rueda, la
Internet no sólo aumenta la eficiencia de la economía mundial al casar
el capital excedente con el faltante sino que permite un intercambio de
ideas mucho más rápido sobre cómo evitar cualquier incipiente
conflicto. Hace mucho más difícil el surgimiento de guerras en el
siglo que tenemos por delante. Además, al haber experimentado las teorías
económicas por ensayo y error, es menos probable que cometamos los
mismos errores del siglo pasado, al menos en la misma medida. En
realidad, pienso que la visión del siglo que he presentado aquí será
la historiografía universalmente aceptada antes de que pasen muchos años,
y que, como resultado, el siglo XXI será mucho más pacifico y próspero
que el siglo XX. |