| En defensa del neoliberalismo |
Emilio Ichikawa No puedo dar detalles sobre la estatura intelectual de Adán Chávez Frías, embajador venezolano en La Habana. Su mayor atributo para el cargo parece ser la consanguinidad, lo que garantiza que, si no necesariamente inteligente, debe ser muy leal a su hermano, el presidente venezolano. Su constante figuración en los actos políticos de la isla me hace suponer que es muy intenso el nivel de diplomacia secreta que esa misión realiza. Resulta curioso que ya en el mismo noviembre de 1917 Lenin defendiera explícitamente, en sucesivos decretos, los mismos valores políticos que sus seguidores mancillarían regularmente: el derecho a la paz, a la tierra y a una diplomacia transparente. De Adán Chávez, repito, no hay muchas cosas que decir aun en el nivel intelectual; pero sí se puede decir algo de Germán Sánchez Otero, embajador cubano en Caracas. Perdonen si este artículo parece un panegírico, pero sólo trato de significar que el frente ideológico, y aún más, teórico, está abierto en la Venezuela chavista. Sánchez Otero fue un destacado profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana entre 1966 y 1971; año en que los jeeps soviéticos llegaron a la casa de estudios y, literalmente, sacaron de los estantes de las bibliotecas los libros que no se podían leer: los de Guevara y Gramsci, es cierto, pero los de Mariátegui y José Martí también. Es decir, que el embajador cubano en Venezuela puede exhibir un expediente de víctima de la brutalidad intelectual comunista que le daría legitimidad entre la izquierda liberal; incluso en ambientes políticos de centro y de centroderecha. Ha sido un funcionario del Departamento América del Comité Central, por lo que tiene un cabal conocimiento de la política regional y contactos con muchos de sus hombres de poder. Ese desempeño, por demás, le hace ''sospechoso'' de ser un pragmático reformista de cualquier posible diálogostroika en Cuba; sospecha que es salvada por una probada lealtad personal e intelectual a Fidel Castro y su hermano Raúl. Su nombre, por ejemplo, no ha salido en ninguno de los cuestionamientos públicos a los intelectuales-cuadros del Partido Comunista. A la colaboración ''cultural'' cubana en Venezuela, el propio embajador puede aportar un cabal conocimiento del guevarismo, así como de la historia de Cuba y de algunos capítulos de la etapa revolucionaria, como es, por ejemplo, el proceso de gestación y proyección del asalto al cuartel Moncada, que diera a Fidel Castro un papel protagónico en la política cubana desde mediados de la década del 50. Pero hay más. Sánchez Otero, en sus veinte años, escribió un extenso ensayo sociológico que sirvió para introducir la edición cubana de la obra capital de Max Weber Economía y sociedad (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1971); hasta donde sé, no se ha escrito desde entonces nada a esa altura en Cuba sobre el pensador alemán. En ese prólogo, Sánchez Otero convierte a Weber al conjunto histórico de Latinoamérica y dice que lo hace cumpliendo una directiva de Fidel Castro en el afamado Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. Vincula su análisis del pensamiento weberiano a lo que llama revolución latinoamericana y a un proyecto general de crítica anticapitalista. El mismo programa de hoy. Para complementar lo que acabo de decir aporto el dato de que el profesor Rubén Zardoya Loureda, un severo pero brillante graduado de filosofía en la ex URSS, dirige hoy la formación de cuadros ''bolivarianos'' en la capital cubana. Hace un par de años, en un programa radial que conducía la conocida periodista María Elvira Salazar, sostuve una polémica con el profesor Adolfo Rivero Caro bastante subida de tono. Rivero Caro decía entonces que el problema castrista iba más allá de Cuba, que se trataba de una estrategia anticapitalista muy bien pensada y con grandes soportes a nivel internacional. Yo le decía que no, que el castrismo era sólo un régimen de facto y que hablar de su ideología implicaba algo así como la sublimación de una grosería. Creo que yo estaba equivocado.
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