Los demócratas y los campos de exterminio
Arthur Herman
La mayoría de la gente nunca ha oído hablar de la Operación Viento
Frecuente que concluyó el 30 de abril de 1975, hace 33 años. Pero
todo americano vio sus imágenes: helicópteros de los Marines que
evacuaban los últimos funcionarios americanos de la embajada en
Saigón horas antes de que los tanques comunistas irrumpieran en la
ciudad. Miles de sudvietnamitas desesperados se agolpaban a las
puertas de la embajada suplicando que se los llevaran con ellos.
Otros se suicidaron.
Esas escenas son un recordatorio escalofriante de lo que ocurre
cuando una gran potencia decide retirarse de una posición
importante. Dos de los tres candidatos presidenciales proponen hacer
esto mismo en Irak. Es preciso recordar lo que ocurrió la última vez
que renunciamos a mantener una política exterior impopular, no sólo
en términos humanitarios, sino también en lo que concierne al poder
y el prestigio de Estados Unidos.
En realidad Estados Unidos había ganado la guerra de Vietnam en los
campos de batalla, del mismo modo que el reforzamiento de las
acciones militares lo ha hecho hoy en Irak. Después de la Semana
Santa de 1972, las fuerzas de Vietnam del Sur, apoyadas por el
poderío aéreo de Estados Unidos, desbarataron la última ofensiva
comunista aniquilando a 100,000 efectivos norvietnamitas.
El Norte fue forzado a firmar los acuerdos de paz de París que
reconocían la República de Vietnam del Sur. Los últimos 2500
soldados norteamericanos, que realizaban funciones de apoyo,
regresaron a casa. Dejaron atrás una paz frágil aunque sostenible y
un gobierno elegido en Saigón que se fortalecía mes tras mes.
Pero mantener libre el sur cuando en Vietnam del Sur aún permanecían
160,000 soldados norvietnamitas requería una ayuda continua de
Estados Unidos, sobre todo de apoyo aéreo y equipamiento militar por
si el Norte volvía a atacar.
Sin embargo, los demócratas y la opinión pública de Estados Unidos
ya estaban hartos. La mayor parte de Vietnam del Sur había sido
pacificada, algo muy parecido a lo que ocurre en Irak. El gobierno
realizaba cambios políticos difíciles, aunque esenciales, incluida
la reforma agraria. No obstante, el Congreso, controlado por los
demócratas, nada quería saber del éxito. Consideraban que el fracaso
en Vietnam completaría la derrota de su odiado Richard Nixon, que ya
había abandonado la presidencia gracias a Watergate, y los llevaría
a la victoria en las elecciones presidenciales de 1976.
Mientras tanto, la opinión pública americana había sido condicionada
por la prensa para que considerara que la política hacia Vietnam
había sido un fracaso y que los Estados Unidos habían quedado
atrapados en medio de una “guerra civil” que los vietnamitas debían
resolver por sí mismos. Una vez que las tropas norteamericanas
abandonaran Vietnam, la opinión pública no toleraría jamás el
regreso a una guerra generalmente vista como un error garrafal y un
atolladero interminable.
A comienzos de 1975 los comunistas lanzaron un ataque masivo. El
presidente Gerald Ford solicitó mil millones de dólares de fondos
adicionales para ayudar a Vietnam del Sur, pero el Congreso se los
negó. Ya le habían retirado la ayuda al gobierno de Lon Nol en
Cambodia, que Estados Unidos apoyaba. Ford no pudo hacer otra cosa
que ordenar la evacuación del personal norteamericano restante.
Después de casi dos décadas de una guerra devastadora y 58,000
norteamericanos muertos en combate, los Estados Unidos abandonaron
el Sudeste Asiático. Tan pronto como el último helicóptero abandonó
Saigón, Sydney Schanberg, del New York Times, escribió un artículo
titulado “Indochina sin americanos: una vida mejor para la mayoría”.
Y Anthony Lewis, columnista del Times preguntó si “sería posible un
futuro más terrible que la realidad” de una guerra que tanto ha
costado en vidas y dinero. El mundo pudo saberlo poco después cuando
los comunistas norvietnamitas y los khmeres rojos tomaron el poder.
Por lo menos 65,000 vietnamitas fueron asesinados o fusilados
después de la “liberación”, lo que equivale, en comparación con la
población vietnamita de entonces, a la muerte de 750,000 personas en
los Estados Unidos de hoy día. El nuevo régimen comunista ordenó que
entre un tercio y la mitad de la población de Vietnam del Sur pasara
por campos de “reeducación”, donde 250,000 perecieron por
enfermedades, hambre o como resultado del trabajo (los últimos
recluidos no salieron hasta 1986)
Esta cifra no incluye a los miles de balseros (boat people) que
trataron de escapar de la pesadilla totalitaria y murieron en el
mar. El destino de Cambodia fue aún peor. Por lo menos un millón y
medio de camboyanos inocentes fueron masacrados o murieron de hambre
en los campos de exterminio y reeducación del Khmer Rojo, condenados
a morir por un régimen fanático que creía que todo aquel que usara
espejuelos debía ser portador de “tendencias intelectuales
burguesas” y por ello ser fusilado.
El alcance del colapso moral y el sufrimiento sobrepasó Indochina.
La retirada afectó el poderío y el prestigio de los Estados Unidos,
tal como advirtieron los proponentes de la llamada “teoría del
dominó”. La política exterior norteamericana, inutilizada por el
remordimiento y la duda, resultó impotente para detener a los que se
apresuraban a llenar el vacío de poder. Regímenes
marxista-leninistas emergieron no sólo en Vietnam, Cambodia y Laos,
sino también en Etiopía y Guinea Bissau (1974), Madagascar, Cabo
Verde, Mozambique y Angola (1975), Afganistán (1978) y Granada y
Nicaragua (1979). Las tropas soviéticas fueron recibidas por primera
vez en la Cuba de Fidel Castro desde la crisis de los misiles de
1962.! Las tropas cubanas viajaron libremente a África para
apuntalar allí regímenes comunistas. En 1979 el Ayatola Jomeini pudo
establecer su brutal régimen teocrático en Irán, confiado en que los
Estados Unidos habían aprendido las “lecciones de Vietnam” y jamás
intervendrían.
El juicio de la historia, como señalara alguna vez Raymond Aron, no
tiene compasión. La historia juzgaría en la década siguiente cómo
los Estados Unidos y sus líderes manejaron la responsabilidad global
en Irak y el Oriente Medio. Como dijera Winston Churchill sobre el
apaciguamiento de Hitler en Munich, a los americanos “los pesaron y
se quedaron cortos”. Tenemos el compromiso con los iraquíes –y con
el recuerdo de los que quedaron atrás— de impedir que esto vuelva a
ocurrir.
Arthur Herman publicó recientemente el libro Gandhi and Churchill:
The Epic Rivalry That Destroyed An Empire and Forged Our Age.
Traducción: Félix de la Uz.