| En defensa del neoliberalismo |
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La persistencia de la cultura adversaria Paul Hollander Los ataques terroristas del once de septiembre, aparte de otros efectos, han suministrado un nuevo punto de observación para la reciente evolución y estado de la cultura adversaria americana. Este término (adversary culture), acuñado por Lionel Trilling en su libro Beyond Culture (1965), se refiere a ese enorme fondo de descontento, a esa peculiar disposición de esos americanos que habitualmente encuentran a los Estados Unidos –o, por lo menos, a su gobierno- del lado malo en prácticamente todo conflicto en que el país esté comprometido. Aunque se trata de una cultura cuyas fronteras, tanto demográficas como intelectuales, desafían una definición precisa, el concepto ha resultado indispensable para identificar esa crónica alienación nacional, y las creencias específicas asociadas con la misma. En cuanto a las fronteras demográficas, la mayoría de los que viven dentro de la cultura adversaria pueden ser descritos como intelectuales o cuasi intelectuales y sus seguidores; sus mayores concentraciones se encuentran en las universidades y sus comunidades aledañas. Vivir cerca de algún terreno universitario generalmente inclina a sobrestimar la importancia e influencia de la cultura adversaria, mientras que el alejamiento inclina a subestimarla. Las fronteras intelectuales de la cultura adversaria son genéricamente de extrema izquierda. Su espíritu central es decididamente anti-capitalista. Durante la mayor parte del siglo XX, esas opiniones coincidieron con perspectivas formalmente marxistas o marxoides. Pero los pacifistas radicales y los anarquistas estaban dentro de esa cultura, y con el colapso del comunismo soviético y la crisis del socialismo, la mezcla de actitudes dentro de la cultura adversaria ha cambiado y se ha desarrollado. Las formas de radicalismo ecologista, anti-globalización y “multiculturalismo’’ han estado ocupando espacios anteriormente mantenidos por partidos y movimientos izquierdistas convencionales. El ecologismo encaja bien en la cultura adversaria, como veremos, debido a su prejuicio esencialmente anti-moderno. La anti-globalización combina ecologismo y anti-corporativismo en una escala global reemplazando lo que acostumbraba ser un discreto anti-capitalismo nacional. El multiculturalismo llena la necesidad de unir a las diversas fracciones de la cultura adversaria, puesto que ya ésta no se encuentra dominada por protestantes y judíos, como fue durante la primera mitad del siglo XX. De la misma forma, la cultura adversaria ha adoptado el post-modernismo y el descontructivismo como anclas intelectuales de sus políticas. Estas actitudes radicalmente relativistas se han visto curiosamente combinadas con feroces denuncias de la sociedad americana y de la cultura occidental, tan apasionadas como las del pasado. Al igual que antes, estas condenas se apoyan en la premisa no-relativista de que hay estándares absolutos que permiten condenar a esa sociedad y a esa cultura. Los partidarios de la cultura adversaria pueden encontrarse en una amplia variedad de organizaciones, ambientes y grupos de intereses. Estos incluyen académicos posmodernos, feministas radicales, ecologistas radicales, activistas de los derechos de los animales, pacifistas, negros afro céntricos, maoístas, trotskistas y otros. Frecuentemente tienen diferentes agendas políticas pero comparten ciertas convicciones y presupuestos claves: todos son críticos intensamente hostiles a Estados Unidos y a la sociedad americana y, cada vez más, también a todas las tradiciones y valores occidentales. La más importante de sus creencias es que la sociedad americana es profundamente imperfecta y singularmente repelente: injusta, corrupta, destructiva, inhumana, inauténtica e incapaz de satisfacer obvias necesidades humanas. El sistema de la sociedad americana ha fracasado y no ha podido cumplir con su promesa histórica original. Es, según ellos, esencial e irremediablemente sexista, racista e imperialista. También debe observarse que, en su mayor parte, la cultura adversaria le dio poca importancia al colapso del comunismo soviético, al fin de la Guerra Fría y al retroceso de los sistemas estatales-socialistas en el mundo entero. Su creciente preocupación por los asuntos nacionales refleja la escasez de alternativas extranjeras a los supuestos males de la sociedad americana y del capitalismo. Por consiguiente, últimamente las críticas de la globalización, sobre la base de sus efectos ecológicos y económicos, se han convertido en un sustituto de ataques más explícitos contra el capitalismo. Sin embargo, los partidarios de la cultura adversaria todavía tienden a simpatizar con prácticamente cualquier fuerza política que se oponga a Estados Unidos. Estas incluyen a la antigua Unión Soviética, la China de Mao, la Cuba de Castro, la Nicaragua sandinista, los partidarios de la insurrección de Chiapas, Irak bajo Saddan Hussein, la Yugoslavia de Milosevic, la OLP y varios grupos árabes anti-israelíes y, más recientemente, hasta los mismos talibanes. Ha habido ocasionales discrepancias entre estos críticos en relación con políticas norteamericanas particulares: algunos apoyaron la Guerra del Golfo y aún más la intervención en Kosovo. Más recientemente, hubo quienes reconocieron que el odio de los talibanes hacia Estados Unidos y lo que representa no los transforma necesariamente en maravillosos amigos. Bárbara Ehnreich, por ejemplo, se sintió seriamente disgustada porque auténticos enemigos de Estados Unidos tuvieran actitudes tan poco ilustradas en relación con los derechos de las mujeres. “Para mí, como feminista, resulta muy doloroso que la respuesta más enérgica a la globalización corporativa y al dominio militar americano esté basada en una ideología tan violenta y misógina’’. ¿Pero tiene alguna importancia todo esto? Muchos observadores alegaron en las semanas después del once de septiembre que el rasgo más notable de la cultura adversaria había sido su silencio. Hendrik Hertzberg, por ejemplo, halló que sólo “pacifistas tradicionales… y un mínimo puñado de reflexivos Rip Van Winkles” objetan “los objetivos y métodos de la campaña antiterrorista”… “Los comentaristas conservadores se han sentido muy frustrados al hacer la lista de los habituales los siempre en primer lugar la crítica de Estados Unidos porque muy pocos de ellos estaban criticando a Estados Unidos en primer lugar”. Michael Kelly proclamó “el renacimiento del liberalismo” y alegó que “lo que había sido la voz dominante de la política de la izquierda desde los años 60” se había “marginalizado” después del once de septiembre. Aún más agudamente, George Packer alegó en el New York Times Magazine: El 11 de septiembre ha hecho que los liberales puedan sentirse patriotas con confianza. Entre las cosas que se destruyeron junto con las torres gemelas fue la noción sostenida por ciertos americanos desde Vietnam, que sentirse emocionado por el sentimiento nacional, llevar una bandera y sentirse agradecido a los militares debía ser vergonzoso. Es cierto que la estentórea disidencia y las telegénicas demostraciones contra el inicio de las acciones militares de Estados Unidos en Afganistán el 7 de octubre fueron notablemente anémicas, todavía más que las modestas protestas que acompañaron la Guerra del Golfo en 1991. Pero la cultura adversaria no ha desaparecido y ha regresado rápidamente en la medida en que la guerra contra el terrorismo ha ido desplazando las imágenes del once de septiembre. La influencia de la cultura adversaria ha sido más obvia en las universidades, donde los sentimientos antiamericanos constituyen la cultura establecida pero su presencia también se ha dejado sentir en otras partes. En general, la cultura adversaria, atrincherada en sus fortines académicos y de otras instituciones culturales, todavía ejerce una considerable influencia. Sin embargo, se esté viendo cada vez más aislada y debilitada por las recientes deserciones. Independientemente del atractivo ocasional de algunos de sus mensajes, parte de la cultura adversaria ha sido absorbida en la cultura de masas a través de los medios de comunicación y, de una manera diferente, a través de la cultura comercial americana. (Es habitual, por ejemplo, para observadores fuera de la cultura adversaria referirse a la influencia internacional de Estados Unidos como “imperial”.) Es por eso que algunos observadores tuvieron dificultades para localizar la cultura adversaria después del once de septiembre: estaban buscando en los lugares equivocados. Estaban buscando, en primer lugar, en lo abiertamente político. Aunque la cultura adversaria todavía su superpone con la Izquierda (la vieja, la nueva y la que queda), una definición puramente política no le hace justicia. Las actitudes y creencias en cuestión también implican lo periférico a lo político: un sentido de identidad, normas culturales, cuestiones de gusto. El comentario de Russell Jacoby sobre la alienación capta lo que es distintivo de la disposición adversaria: “La alienación acostumbraba referirse a las relaciones sociales y el trabajo, queriendo significar una condición objetiva. Posteriormente se convirtió en una irritación, en una molestia, “Estoy alienado’ dirá alguien queriendo decir, “Estoy disgustado o incómodo’”. Parece que algunos americanos siempre han estado alineados. No debemos perder de vista el hecho de que muchos de nuestros antepasados vinieron del Viejo Mundo precisamente porque se sentían alienados allí. Por consiguiente, una aguda sensibilidad a las injusticias reales o imaginarias de la sociedad americana tiene una larga tradición. Las elevadas expectativas y el prestigio de la inconformidad tienen profundas raíces en la historia social y cultural de Estados Unidos. Una vigorosa confianza en la perfectibilidad de los seres humanos y de las instituciones ha sido un atributo esencial de la visión americana del mundo desde hace siglos, así como un infatigable optimismo en relación con la solución de todos los problemas sociales, políticos y personales. El temperamento crítico-social de la cultura adversaria siempre ha estado alimentado por las elevadas expectativas que las condiciones históricas y sociales que Estados Unidos ha generado y estimulado. Y esas expectativas se mantienen invariables en la actualidad. La cultura adversaria actual lleva la marca del último apogeo del descontento social en Estados Unidos: los años 60. Más que el resultado de la Guerra de Vietnam, sin embargo, como se supone generalmente, la fase contemporánea de la cultura adversaria debe su fuerza a un período de grandes cambios después de la Segunda Guerra Mundial. En esta, la más moderna de las sociedades, los problemas de la modernidad –especialmente su corrosivo efecto sobre el sentido de la vida, la comunidad y la identidad- son inseparables del descontento que la cultura adversaria encarna. Puesto que podemos estar seguros que el próximo medio siglo va a aparejar cambios tan desconcertantes como los del anterior, es muy probable que, para bien o para mal, la cultura adversaria americana va a persistir y prosperar. Ciertamente que las acciones de unas docenas de terroristas no va a poder agostarla. Era, por consiguiente, inevitable que las tempranas proclamaciones sobre la decadencia de la cultura adversaria serían de corta vida. Más bien que experimentar un cambio profundo, el lado liberal-izquierdista de la comunidad política americana sufrió una fractura después del 11 de septiembre. Los campeones de la cultura adversaria – Noam Chomsky, Susan Sontag, Gore Vida y otros – le echaron la culpa a Estados Unidos por el ataque que sufrió el país, y algunos de ellos lo recibieron con verdadero júbilo. Pudieron exhibir todas sus ideas favoritas: metáforas sobre la Guerra de Vietnam, análisis terapéuticos destinados a convertir a los asesinos en víctimas compelidas por las “raíces” de sus actos, llamamientos a oponerse al racismo y el militarismo americanos y cualquier otra mezquina obsesión que pudiera estar a mano. Pero también surgieron nuevas e importantes voces que disentían de los lugares comunes de la cultura adversaria. Como dijo Norman Podhertz: “El 11 de septiembre ha jugado un papel inverso al Kronstadt para cierto número de radicales izquierdistas de hoy. Lo que ha hecho ha sido plantear interrogantes sobre lo que uno de ellos llamó una inveterada “fe negativa en la fealdad americana”. Los disidentes de la predisposición adversaria han incluido a Michael Walzer que, por ejemplo, enfáticamente niega la idea de que pobreza y la desigualdad explican el terrorismo. Favorece una “explicación cultural-religiosa-política” que enfatiza la obsesión con un Enemigo encarnado en un pueblo “ideológica o teológicamente degradado”. Inclusive ha firmado, condicionalmente, a favor de una campaña militar contra Irak. Christopher Hitchens ha criticado a los izquierdistas renuentes a reconocer que “los que atacaron el World Trade Center representan el fascismo con rostro islámico”. Le recuerda a sus compañeros que lo que el Islam abomina de Occidente no es lo que nos disgusta a los liberales occidentales”. Ellen Willis, una columnista de la Village Voice y profesora de periodismo en la universidad de Nueva York, ha dicho que “las lecciones de Vietnam” no aplican a Afganistán, y ha estado a favor de enviar tropas a ese país. Richard Falk ha argumentado que una respuesta militar americana al 9/11 pudiera estar justificada y él mismo ha tratado de darle un marco moral a una “respuesta justa”, aunque se sintió obligado a observar que “el frenesí que se produjo tras el ataque nos dio razón de temer la respuesta casi tanto como la inicial provocación”. Como resultado de todo esto, Michael Kazin ha pronosticado la desaparición de la perspectiva de “una izquierda unificada”. Haciéndose eco de Hertzberg y Kelly Paker, Andrew Sullivan llegó a la lógica pero sorprendente conclusión de que la derecha también estaba dividida por el 11 de septiembre: ..quizás la mayor víctima de la guerra entre los conservadores ha sido el pesimismo cultural. Hace poco lo paleo conservadores estaban denunciando Estados Unidos como un país…. “Resbalando hacia Sodoma y Gomorrra”. La decadencia moral era casi irreparable; la responsabilidad civil era un recuerdo lejano… los males del feminismo, el homosexualismo y Hollywood estaban corroyendo la capacidad nacional para creer en si mismo y defender sus costas… La respuesta del pueblo americano a los eventos del 11 de septiembre seguramente desmienten este pesimismo..., Seguramente lo que ha mostrado los Estados Unidos post 9/11 es que los que ven este país como socialmente decadente, moralmente confuso, culturalmente quebrado y en necesidad de una drástica renovación espiritual estaban profundamente equivocados”. Parece que a algunos conservadores no les convence la argumentación de Sullivan. Persiste una división en la derecha entre los que justifican la respuesta de Estados Unidos al terrorismo basado en el interés nacional y los que lo hacen basados en la metafísica del excepcionalismo americano. Estos últimos han retenido su pesimismo cultural, y todavía ven la izquierda liberal como un elemento poderosamente negativo en la vida social de Estados Unidos. Es difícil saber que proporción de izquierdistas ha permitido que los nuevos impulsos patrióticos se sobrepongan a su perspectiva adversaria tras los ataques del 9/11. Quizás más pertinente, es difícil saber durante cuanto tiempo va a perdurar esa nueva actitud. En todo caso, la mayoría de las reacciones al 9/11 de la izquierda adversaria sugiere la persistencia de los sentimientos y actitudes que pueden rastrearse a los finales de los años 60. POR SUPUESTO QUE NOS ODIAN La izquierda adversaria ha sostenido dos argumentos importantes y estrechamente relacionados para asignarle la última responsabilidad de los ataques a los mismo Estados Unidos. La primera proposición es que si los terroristas árabes albergan un profundo odio por este país, ese odio tiene que estar bien fundado. En otras palabras, los Estados Unidos tienen que ser odiosos si son odiados. Esta proposición ha suministrado una excelente oportunidad para volver a enumerar las faltas históricas de Estados Unidos, que es lo que más parecen disfrutar los militantes de la cultura adversaria. Muchos de los que mantienen esa posición, sin embargo, estiman que no todos los odios están justificados. Creen a pie juntillas en la realidad de los crímenes irracionales cometidos contra sus grupos de víctimas favoritos. Adjudican culpa y abogan por severos castigos para esos criminales. La segunda proposición se concentra en las supuestas “raíces” de este odio. Los militantes de la cultura adversaria creen que las raíces del terrorismo y del odio a Estados Unidos (que se funden la una con la otra) deben ser comprendidas más bien que condenadas. Énfasis en las raíces llevan a una concepción determinista y terapéutica de terrorismo, que es visto como “producto” de poderosas condiciones socio-políticas y económicas más allá de su control e, inclusive, de su plena comprensión. Ellos y sus creencias son tenidos como productos de auténticas reivindicaciones: pobreza, desigualdad e injusticia social. (No es fácil explicar como bin Laden, sus asociados y los bien educados pilotos suicidas encajan en este argumento, pero no importa.) El enfoque de las “raíces” también propone que la hostilidad hacia Estados Unidos está inspirada por el apoyo americano a regímenes corruptos y represivos como los Pakistán, Egipto y Arabia Saudita, como si los terroristas islámicos que se oponen a esos gobiernos estuvieran ansiosos por reemplazarlos por democracias políticas, o como si estos regímenes no fueran a ser más o menos lo mismo que son ahora sin el apoyo americano. Las respuestas de la cultura adversaria al 9/11 ilustran bien la persistencia de las convicciones de sus figuras más conocidas. Su indignación moral y su cólera se concentrada casi exclusivamente en las acciones y políticas de Estados Unidos, y carece de los correspondientes sentimientos en relación con sus criminales enemigos. Gore Vidal observó que “los Estados Unidos son el sistema político más corrupto del mundo”; bin Laden estaba simplemente “respondiendo a la política exterior de Estados Unidos”. En otra parte, Gore Vidal sugirió que “Ustedes (USA) siguen atacando a la gente durante tanto tiempo que fatalmente uno de ellos va a responder”. Una forma particularmente curiosa de este argumento fue propuesta por un orador en una conferencia del Partido Verde: “El desastre del World Trade Center es una versión globalizada del desastre de la Colombine High School. Cuando un abusa de la gente durante mucho tiempo, esta va a responder”. Según el profesor Thomas Lacqueur de Berkeley, California, “en la escala del mal, los ataques contra Nueva York no son extraordinarios y nuestro gobierno ha sido responsable de muchos que probablemente sean peores”. Frederic Jameson argumentó que “los americanos crearon a bin Laden… Esto es, por consiguiente, un ejemplo perfecto reversión dialéctica”. Susan Sontag estaba mucho mas irritada con la Casa Blanca, nuestro “robótico presidente” y las figuras públicas que estaban unidas tras él, que con lo terroristas: … esto no fue un ataque ‘cobarde” contra la ‘civilización’, la ‘ libertad’ o la humanidad del ‘mundo libre’ sino un ataque contra la autoproclamada superpotencia mundial emprendida como consecuencia de específicas alianzas y acciones… La unanimidad del testimonio y de la retórica diversionistas de los funcionarios y la prensa americana en los últimos días parecen… indignas de una democracia madura. Norman Mailer, siempre ansioso por sobrepasar a sus compañeros, le dijo a una audiencia holandesa: El WTC no solo era una monstruosidad arquitectónica sino también algo horrible para la gente que no trabajaba allí, porque les decía: “si no puedes trabajar aquí, estás fuera… Todo lo que anda mal en Estados Unidos llevó al punto en que el país construyó esa Torre de Babel, que por consiguiente, tenía que ser destruida. Hubo una inequívoca discrepancia entre la compasión que se le extendió a las víctimas, totalmente involuntarias, de los bombardeos norteamericanos contra los talibanes y la que se expresó por las víctimas, totalmente deliberadas, de los pilotos suicidas. Manipulado de esta forma, el militarismo americano se volvió a convertir, una vez más, en un tema clave de la cultura adversaria. Hasta el mismo final de la campaña de bombardeos hubo un obstinado rechazo a aceptar la posibilidad de que las fuerzas armadas americanas pudieran cumplir su propósito sin provocar un derramamiento de sangre contraproducente. Por el contrario, fue contemplada como otro despliegue de de un insensato afán de maldad y destrucción. Noam Chonsky, quizás la figura más perdurable y representativa de la cultura adversaria, afirmó que los ataques del 9/11 palidecían ante el bombardeo americano de la fábrica farmacéutica en Sudán y otras atrocidades americanas. Afirmó que “los Estados Unidos han matado a miles de civiles inocentes en Somalia, Sudán y Nicaragua - acciones mucho más “devastadoras” que los ataques del 9/11- y ahora estaba tratando de “destruir el famélico Afganistán”. Edward Said, igualmente destacado, dejó claro (en el periódico egipcio Al-Ahram) que ve a Estados Unidos como una potencia genocida con “una historia de reducir pueblos, países e inclusive continentes enteros a la ruina mediante poco menos que un holocausto”. Michael Mandel, un profesor de derecho en Toronto, cree que “El bombardeo de Afganistán es el equivalente moral y legal de lo que se le hizo a los americanos el 9/11”. Eric Foner de la universidad de Columbia no pudo decidir “que produce más miedo: si el horror del 9/11 o la retórica apocalíptica que sale todos los días de la Casa Blanca”. Michael Klare, un profesor de estudios sobre la paz y estudios sobre la seguridad mundial en Hampshire College (Amerst, Maryland ) se sintió “deprimido” porque “los Estados Unidos estaban preparando una fuerte respuesta militar al 9/11”. Afirmó estar aterrorizado porque “la respuesta militar americana pudiera desencadenar un renovado ciclo de ataques y violencia terroristas”. Desde hace tiempo, el antimilitarismo ha sido una actitud que los marxistas de la cultura adversaria, y los pacifistas religiosos podían compartir. Así sigue siendo. De esta forma, el secretario general del Friends Service Committee dijo: “Nuestra historia nos enseña que el derramamiento de sangre sólo lleva a más derramamiento de sangre... Debemos llamar al presidente y al Congreso a detener los bombardeos… Nuestro dolor no es un grito de represalia. Hay que detener el terrorismo en sus raíces”. Este era también la opinión circunstanciada de Vivian Gornick (autor de El Romance de Comunismo Americano) “La fuerza no nos llevara a ninguna parte. Lo que debemos son reparaciones, no retribuciones.” Si la fuerza no es la respuesta, ¿qué es? El amor y la alegría, aparentemente. Alice Walker “cree firmemente que el único castigo que funciona es el amor”. Richard Gere, el actor, recomendó de la misma forma: “Si usted puede ver a los terroristas como un pariente que está gravemente enfermo… la medicina es amor y compasión”. Oliver Stone, sin embargo, no detectó ninguna enfermedad y calificó los ataques del 9/11 como “una revuelta”. Equiparó a los palestinos que bailaban en las calle al recibir las noticias de los ataques con los que se alegraron públicamente con las noticias de la revolución francesa y rusa. Rápidamente reapareció otro tema favorito de la cultura adversaria: que Estados Unidos ha sido infiel a sus mejores valores. De esta forma, Russell Means, un activista indio que encabezó el alzamiento de 1973 en Wounded Knee, dijo: “Es lo mismo que veía detrás de la llamada Cortina de Hierro cuando recorría el este de Europa. Era lo mismo que veía en Nicaragua y Colombia… la privación de las libertades individuales y las violaciones de la constitución por parte del gobierno federal… El gobierno ha perdido toda responsabilidad constitucional y se ha convertido en un forajido”. Terry Eagleton estaba igualmente convencido de que “Ellos (el gobierno de Bush) usarán la crisis como una excusa para pisotear nuestras libertades civiles”, y la portada del nuevo libro de Gore Vidal, El Fin de la Libertad: Hacia un nuevo totalitarismo, muestra una Estatua de la Libertad amordazada con una bandera americana. Alexander Cockburn insistió, una vez más, como la Guerra Fría nunca hubiera existido, que la guerra era “sobre la defensa del imperio americano”. Dos feministas no hallaron diferencias entre las prácticas de la policía religiosa de un estado policial y la influencia de la moda en ciertos segmentos de nuestra población: El gobierno talibán ha determinado que las mujeres deben estar plenamente cubiertas cuando estén en público… Durante el siglo XX, la cultura americana ha dictado el casi total descubrimiento de la figura femenina… La guerra contra el terrorismo ha elevado nuestra conciencia de la forma en que un gobierno represivo controla los cuerpos femeninos en un país lejano, pero ¿qué decir de las restricciones de los cuerpos de las mujeres aquí en Estados Unidos? La burka y la bikini representan los extremos opuestos del espectro político. Ralph Nader, mientras tanto, llegaba a la conclusión de “hay una escalada de las apropiaciones corporativas en Estados Unidos. El terreno está maduro para una revuelta del pueblo americano”. Una respuesta casi puramente visceral, en este caso a la bandera y a lo que ella representa, vino de Katha Pollit, de The Nation, que rehusó sumarse al abochornado neopatriotismo liberal. Reveló que “mi hija, que va a la secundaria Stuyvesant, a sólo unas cuadras del World Trade Center, piensa que debe haber una bandera americana en nuestra ventana. Definitivamente que no. La bandera representa jingoísmo y venganza y guerra”. Un profesor de física de la Universidad de Massachussets (Amherst) compartía esos sentimientos: “Para muchas personas ordinarias… alrededor de todo el mundo, los Estados Unidos han hecho cosas terribles… Si pienso en la bandera, tengo que pensar desde el punto de vista de esa gente”. En el Amherst College, adversarios de la guerra (presuntos estudiantes del aledaño Hampshire College) quemaron la bandera cantando “¡La bandera no me representa!”. No es sólo que las celebridades de la cultura adversaria encontraran que los eventos del 9/11 fueran una oportunidad apropiada para reafirmar su odio contra la sociedad americana. Uno no lo sabría leyendo los primeros escritos de los analistas radicados en Washington, pero hubo demostraciones en casi 200 universidades y en varias grandes ciudades mientras una “red nacional de más de 150 grupos estudiantiles contra la guerra... emergió para realizar vigilias, protestas y manifestaciones en las universidades”. Las columnas del correo de los periódicos universitarios se vieron inundadas con cartas que expresaban sentimientos similares a los expresados por críticos antiamericanos más conocidos, como los que hemos citado anteriormente Pero esos críticos tienen seguidores. Un profesor de periodismo de Amherst consideró los ataques como “el predecible resultado de las políticas americanas… (que) ignoraron el sufrimiento de los palestinos… ¿Como podemos ignorar que nuestra política ha creado fanáticos y terroristas suicidas?”. El también estaba convencido de que los adversarios de Estados Unidos son impotentes peones de fuerzas históricas y sociales. Sólo los Estados Unidos y sus amorales dirigentes tienen opciones y, por consiguiente, sólo ellos pueden considerarse moralmente responsables. Un profesor del departamento de sociología de la misma universidad afirmó que tenemos “que encontrar una forma de reducir esas acciones enajenadas con las que creamos nuestros propios enemigos”. En una reunión del Haverford College el 14 de septiembre, un profesor emérito sugirió que “Estados Unidos es la nación más violenta que existe en el planeta” y terminó diciendo “Somos cómplices”. En una manifestación en la Universidad de Carolina del Norte, “un conferencista le dijo a los estudiantes que si fuera presidente lo primero que haría sería pedir excusas a las viudas y los huérfanos, a los torturados y empobrecidos, y a los otros millones de víctimas del imperialismo americano”. El profesor Robert Jensen de la Universidad de Texas les dijo a sus estudiantes y colegas que el ataque del 9/11 “no era más despreciable que los masivos actos de terrorismo… que el gobierno de Estados Unidos ha realizado durante mi vida”. Bárbara Folie, profesora de inglés de la Universidad de Rutgers, advirtió a sus estudiantes: “Estén conscientes de cualquiera que sea la causa, la causa última (de los ataques) es el fascismo de la política exterior de Estados Unidos desde hace muchas décadas”. Miembros de la Asociación de Estudios sobre el Medio Oriente, un grupo académico profesional, también llegó a la conclusión de que Estados Unidos tenía la responsabilidad fundamental por los ataques terroristas (que, dicho sea de paso, no quisieron calificar como tales). En su reunión anual del 2001, un panelista dijo: “No hemos mostrado que nuestras acciones nos diferencian de quienes nos atacaron”. Cuando un anciano profesor de la audiencia afirmó: “Se nos debe recordar nuestra responsabilidad por Hiroshima y Nagasaki, y comprender que no somos tan buenos” recibió una estruendosa ovación. El moderador compartió vigorosamente su opinión. Los miembros de la cultura adversaria, famosos y no tan famosos, tienen algo más en común, en su mayor‘’ia comparten una irresistible atracción por oscuras teorizaciones y jergas crípticas. Hay dos explicaciones a esa preferencia de los críticos sociales por los términos esotéricos y las abstracciones opacas en vez de lo concreto y específico. Una está en el elitismo de numerosos intelectuales que escriben fundamentalmente para sus colegas y cuyo inaccesible lenguaje y terminología subraya su status vanguardia. La segunda explicación, sin embargo, pudiera ser más importante. El descontento que anima a muchos críticos de la sociedad americana (y Occidental) y que se ha convertido en un fuente importante de su sentido de identidad y autoestima es vago e informe. Sus orígenes ni siquiera están claros para los afectados por el mismo. Esas quejas difusas y contradictorias, esos impulsos y resentimientos personales son inherentemente difíciles de expresar en un lenguaje preciso y accesible. La forma sigue a la función: la falta de claridad en el estilo refleja motivos y creencias amorfas. Jacoby los llama “pensadores postcoherentes”. Una declaración de las “Prácticas Feministas Transnacionales contra lo Guerra”ilustra lo que está pensando. Como teóricas feministas de formación transnacional y postmoderna… ofrecemos la siguiente respuesta a los eventos del 11 de septiembre y su epílogo: En primer lugar, tenemos que analizar los efectos completamente generizados y racial izados del nacionalismo e identificar que tipos de inclusiones y de exclusiones se están promulgando… Vemos que en vez de un análisis histórico material y geopolítico del 11 de septiembre, los emergentes discursos nacionalistas consisten en narraciones altamente sentí mentalizadas que... reinscriben una compulsoria heterosexualidad y los rígidamente dicotomizados papeles genéricos… Un número de iconos constituyen los tipos ideales en el drama de la domesticidad nacionalista… Entre los atractivos de la oscuridad está que es más difícil criticar y refutar lo que no se puede comprender plenamente. Por otra parte, algunas personas se sienten impresionadas por lo que no pueden comprender plenamente, por lo que promete alguna oscura y extraordinaria revelación que no se consigue aprehender totalmente. Un párrafo del nuevo libro Empire, escrito entre un profesor americano y un terrorista italiano en la cárcel, nos proporciona ulterior ilustración: En la lógica de las representaciones colonialistas, la construcción de un otro colonizado separado y la segregación de identidad y alteridad paradójicamente se convierten en uno y lo mismo. En realidad, el proceso consiste de momentos dialécticamente relacionados. En el primer momento, la diferencia tiene que ser empujada al extremo. En la imaginación colonial, el colonizado no es simplemente otro desterrado fuera del dominio de la civilización sino más bien es tomado o producido como Otro, como la negación absoluta, como el punto más distante en el entre las horizonte. Indudablemente hay conexiones y afinidades entre los atractivos de la oscuridad, profundos errores de juicio y creencias que desafían el sentido común. Como observara Orwell, sólo los intelectuales son capaces de creer en ciertos tipos de absurdos. ¿Pudiera alguien, por ejemplo, sin los beneficios de una educación superior y que no viva en un medio académico creer (como Michael Hardt y Antonio Negri, los autores de Empire) que los motines de Los Ángeles en 1992 fueron “las luchas más radicales y poderosas de fines del siglo XX?”. Entonces y ahora La generación de los años 60 se mantiene aferrada a una concepción de Estados Unidos como un país maligno e inauténtico, y a sentirse como indomables luchadores por la verdad y la justicia social. Esta es la generación que tuvo la oportunidad y el placer de glorificar su juventud vinculándola a “buenas causas”en los años 60. Quizás esta sea la clave de su perdurabilidad. Pero la edad y la mortalidad están pasándole la cuenta a la cultura adversaria de los años 60. William Kunstler murió hace algunos años al igual que I.F Stone y Eqbal Ahmad. Otros influyentes representantes han pasado los 60 y los 70, incluyendo a los hermanos Berrigan, Noam Chomsky, Ramsey Clark, William Sloan Coffin, Angela Davis, David Dellinger, Tom Hayden, Ralph Nader, Norman Mailer, Susan Sontag, Paul Sweezy, Richard Palk, Edward Said y Howard Zinn. Hasta Hill Ayers, el alegre terrorista Weatherman, está llegando a los 60. Las creencias de esta envejeciente subcultura, sin embargo, están siendo transmitidas a una generación más joven, sin duda en parte porque la sociedad americana desde el fin de la guerra Fría ha seguido produciendo altas expectativas (que no se pueden satisfacer) y los correspondientes desengaños que frecuentemente se convierten en crítica social. Algunos jóvenes están consumidos por la misma mezcla de descontento incoherente e idealismo difuso que caracterizó a los protestantes de los años 60. Ellos también parecen estar convencidos de que “algo está terriblemente mal” con esta sociedad, una convicción que precede la identificación de los presuntos males. Cuando subsiguientemente identificados, las imperfecciones se convierten en la prueba de la convicción subyacente en la general corrupción y decadencia moral. La más pequeña generación de “activistas de la paz”de hoy se parece a las anteriores en que parecen estar no tanto opuestas a todas las guerras como sólo a las guerras de Estados Unidos. Dada su convicción de que la sociedad americana es un sistema profundamente injusto, cualquier guerra que libre cualquier gobierno tiene que ser inexcusable. Sin embargo, si apareciera en el horizonte algún nuevo “movimiento de liberación nacional” o causa militante que utilice alguna retórica simpática, esta pasiva devoción a la paz desaparecerá y se transformará en apoyo a la nueva violencia revolucionaria (¿Chiapas? ¿Sendero Luminoso? ¿Maoístas de Nepal?). Un reciente y fervoroso retrato de estos jóvenes, publicado recientemente en el suplemento sobre Vida Educacional de The New York Times, demuestra como las actuales actitudes imitan las prevalecientes en los 60. el “típico estudiante activista” de nuestros tiempos presentado en el artículo es uno de los dirigentes de Estudiantes por la Igualdad Social. Está “movido por una persistente irritación por el hecho de que hay quienes tienen y quienes no tienen, opresores y oprimidos”. (su padre es un contratista de Long Island y ambos padres son republicanos”. Sus palabras favoritas son “amor”, “unidad”, “solidaridad” y “justicia” junto con “bello”: como en “la unidad es bella”. En su conversación con el reportero “busca las raíces de su insatisfacción”. Este activista y otros como él, uno de ellos radicalizado por los escritos de Howard Zinn, irradian “un ardor no visto desde hace dadas”. El principal personaje del artículo estaba fascinado por una manifestación anti-globalización: “Es asombroso como muchas personas estaban actuando sobre la base de sus propias convicciones, y "Era bello”. Una protesta contra el centro de entrenamiento militar de Fort Benning, también era “una protesta verdaderamente bella, verdaderamente espiritual”. La Plaza Unión en Nueva York se convirtió en “un mágico lugar de unidad” en una manifestación contra la guerra de Afganistán. Entre los activistas, observa el reportero, “hay mucha cólera contra la maquinaria”. Muchos lectores de cierta edad recordarán que “la cólera contra la maquinaria”fue el tema principal del discurso de Mario Savio durante las demostraciones estudiantiles en Berkeley en 1964. Entonces y ahora, “la maquinaria” era la impersonalidad, la falta de comunidad y de sentimientos, “las ganancias por sobre la gente” y el temor de ser aplastado por fuerzas que nadie controla. Entonces y ahora también, para algunas personas, lo personal minimiza y desplaza a lo verdaderamente político. La sociedad americana seguirá generando la mezcla de elevadas expectativas, inquietud y descontento que es la característica esencial de su naturaleza y de su verdadera modernidad. Esos sentimientos han hallado una nueva expresión en las respuestas de la cultura adversaria al 11 de septiembre. Pero de ninguna manera han desaparecido. Paul Hollander es un destacado académico norteamericano, autor de “Los peregrinos en La Habana” y de “Antiamericanismo”. Traducción: AR |