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El Castro de Venezuela
Michael Radu La presidencia de Hugo Chávez Frías ha generado la formación de una vasta coalición opositora nunca antes vista en la historia de Venezuela. La misma rompe todas las distinciones de clase y ha unido a profesionales de clase media con agentes de policía, obreros sindicalizados con asociaciones de empresarios y a la Iglesia Católica con prácticamente todos los medios de comunicación. Esto plantea un gran problema para Estados Unidos. Chávez fue libremente elegido, y la democracia –o, por lo menos, las elecciones libres- han sido una vaca sagrada de la política exterior norteamericana en América Latina desde hace décadas. Pero muchas políticas de Chávez son claramente antidemocráticas, con frecuencia inconstitucionales y generalmente antiamericanas y pro-castristas. Por otra parte, Venezuela es un importante abastecedor de petróleo de Estados Unidos, y el conflicto civil ha reducido esos abastecimientos de 3 millones de barriles diarios a menos 200,000. Chávez fue electo por primera vez en 1998, y de nuevo en el 2000. Desde entonces, un cierto número de presidentes populistas/izquierdistas han sido electos en América del Sur, incluyendo más recientemente a Inazio ‘’Lula” da Silva en Brasil (que tomó posesión el 1/01/03) y Lucio Gutiérrez en Ecuador (que tomó posesión el 1/15/03). Todos parecen despreciar el libre mercado y ser antiamericanos y pro castristas aunque confronten diversas restricciones y operen en ambientes políticos y socioeconómicos diferentes. De inicio, las credenciales democráticas de Chávez son bien dudosas. Ganó notoriedad en 1992 cuando, siendo Teniente Coronel paracaidista, se lanzó a dar un golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Arrestado y preso, fue indultado por el sucesor de Pérez. Aprovechando el profundo descontento popular con el sistema bipartidista de Venezuela, Chávez se postuló en 1998 con un programa anticorrupción, nacionalista y populista, vigorosamente apoyado entonces por numerosos grupos izquierdistas y pequeños partidos. Chávez le echaba la culpa de los problemas estructurales del país a una sola causa: la corrupción de la elite. Soslayaba así una corrupción nacional más profunda, décadas de la cual han acostumbrado a gran parte de la población a trabajar poco y dar por descontados insostenibles servicios sociales, todo justificado por el mito de los infinitos ingresos petroleros. Ideológicamente, Chávez es uno de esos demagogos populistas, casi marxistas, que arruinaron América Latina en los años 70 y 80. Su héroe declarado es Simón Bolívar, el padre de la independencia sudamericana. Chávez inclusive ha cambiado el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Su ideología “bolivariana” incluye nacionalismo, “solidaridad” y, por supuesto, antiamericanismo. Sus primeras visitas fueron a Bagdad, Trípoli y Teherán. Su amistado con Castro es concreta y personal. Según un acuerdo del 2000, Venezuela suministra 50 por ciento de las importaciones cubanas de petróleo, unos 53,000 barriles diarios, a un 25 por ciento del. costo pagadero en 15 años y con un período de gracias de dos años. Esto representa una ayuda vital para la colapsada economía cubana. Castro hizo una larga visita a Venezuela (que recordaba su visita de tres semanas al Chile de Allende) y suministra médicos (que Venezuela no necesita) y expertos en seguridad interna (que Chávez sí necesita), incluyendo algunos que estuvieron implicados en la creación de los “círculos bolivarianos”, una copia local de los tristemente célebres Comités de Defensa de la Revolución cubanos. En lo fundamental, los círculos bolivarianos son turbas de desempleados e inempleables pagados y armados por el gobierno. Para dejar bien claras sus alianzas y la amenaza que plantea a la estabilidad regional, los servicios de seguridad de Chávez están cooperando activamente con las FARC y el ELN de Colombia, grupos terroristas de narcoguerrilleros, llegando a proveerlos de armas y facilidades de tránsito, según afirman el gobierno de Colombia y desertores de alto rango del ejército venezolano. Todo esto plantea un problema crucial para las posibilidades de supervivencia del régimen: la lealtad de las fuerzas armadas. En realidad, con su popularidad al 20 por ciento entre todos los sectores de la sociedad, incluyendo los pobres y desposeídos que supuestamente defiende, cada vez está más claro que la capacidad de supervivencia de Chávez, como la de Allende antes que él, depende casi completamente de los militares. El problema es que los militares venezolanos tienen un rechazo de Castro y del castrismo que se remonta a principios de los años 60, cuando Fidel y el Ché Guevara organizaron una fallida insurgencia contra el gobierno democrático de Caracas. Y aunque en abril del 2002 segmentos de los militares removieron brevemente a Chávez del poder, sólo para que otros lo repusieran, la casi total militarización de país en los últimos meses – las fuerzas armadas se han hecho cargo de los campos petroleros, los puertos y de las armas de la policía de Caracas además de ciertos sectores de la distribución y el transporte, etc. – aumentan las tensiones dentro de una institución que no ha jugado ningún papel político decisivo desde los años 50. La costumbre de Chávez de aparecer en los actos públicos con los generales y de uniforme, más bien que como el comandante en jefe civil que se supone que sea, no habla bien de su juicio político. Desde el 2 de diciembre del 2002, la generalmente desorganizada y dividida oposición ha organizado una gran huelga general que, hasta ahora, ha resultado en el colapso de la industria petrolera y del sistema financiero, provocando, hasta ahora, pérdidas de unos $3,000 millones. La respuesta de Chávez ha sido despedir a toda la administración de PDVSA, y tratar de dividir a la compañía petrolera estatal. El sabe que tiene un problema (no hay gerencia ni empleados alternativos), así que ahora le está pidiendo a Lula que se los mande. Esto es muy poco realista y está más basado en vagas ideas de solidaridad bien que en cálculos serios puesto que lo sindicatos brasileños se han negado a cooperar y, en todo caso, Lula no tiene excedentes de personal. Y en esto Castro no puede ayudar. A corto plazo, Chávez pudiera sobrevivir la huelga general “fascista” y “terrorista” ( no importa que los “fascistas” sean la mayoría de la población, desde taxistas hasta banqueros, desde líderes sindicales hasta jerarcas de la Iglesia, y los “ terroristas” sean todos los que no estén de acuerdo con él) aunque sea a un enorme costo para el país. Sus organizaciones bolivarianas y populares han demandado la nacionalización de toda la prensa y del sector financiero así como que los opositores sean juzgados por “sabotaje”. ¿Se le parece a Stalin o a Castro? Si, claro, la ideología subyacente es la misma. Mientras tanto, Washington no tiene idea de como afrontar la situación. No es de sorprender que un grupo de 18 legisladores demócratas americanos particularmente izquierdistas – Jesse Jackson Jr. (D-Il.), John Conyers (D-MI)- a los que se sumó el único abiertamente socialista (Bernie Sanders, I-Vt) se pusieran del lado de Chávez y decidieran que “es contrario a los mejores intereses de Venezuela y de su pueblo”aceptar la demanda de la oposición (66%) de nuevas elecciones. Se ha sugerido un grupo de gobiernos “amigos de Venezuela” como mediador pero puesto que Chávez se las ha arreglado para transformar la política venezolana en un juego de suma cero, la idea no parece encaminada al éxito, como lo han demostrado los fallidos intentos de buscar un compromiso por parte del secretario general de la OEA. En última instancia –de vuelta a Allende- la lucha civil en Venezuela será resuelta por la menos democrática pero más efectiva de las instituciones: el ejército. La tragedia es que mientras más tiempo se mantenga Chávez en el poder más devastador será el impacto económico en el país y, todavía peor, más sangriento pudiera ser el resultado. Traducido por AR
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