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La obsesión
antiamericana
Fernando Díaz Villanueva
Libro: La obsesión antiamericana
Jean-François Revel
Urano, Barcelona, 2003
247 páginas
A hurtadillas, casi de rondón se ha colado un nuevo libro de Jean
François Revel en las librerías españolas. Escamoteado sabiamente
por los libreros entre la turbamulta de títulos que han salido al
rebufo de la guerra en Irak el irreverente, el polémico autor de La
Gran Mascarada vuelve a la carga con un breve pero intenso ensayo
que hará las delicias de lo más granado de esa intelectualidad
nuestra que se quedó tuerta del ojo derecho.
Con la precisión de un cirujano Revel disecciona con agudeza la
dinámica, las causas y, como no, las incongruencias de esa dolencia
demasiado común en occidente que confunde los Estados Unidos con el
Imperio del Gran Satán. El análisis, lúcido y certero como todo lo
que nos ofrece este marsellés universal, circunnavega el planeta de
los mitos, las ilusiones y la simpleza conceptual de los que erigen
como única bandera de identidad personal la negación sistemática de
todo lo americano. Desde los movimientos antiglobalización a la
política miope y acomplejada de la Unión Europea la obsesión, y
nunca mejor traído un título, antiamericana traza la geografía
íntima, el mapa exacto, del universo simbólico de todos y cada uno
de los europeos.
Desde la publicación en 1970 de Ni Marx ni Jesús, Revel no había
vuelto a tratar con detenimiento la compleja relación entre los
Estados Unidos y el resto del mundo. Entonces el acercamiento se
debió a un largo y provechoso viaje que el autor realizó a lo largo
y ancho de la geografía americana. En cierto modo el título de
aquella obra provocaba sentimientos encontrados en un momento de
fuerte ideologización. O comunistas y ateos o cristianos y
conservadores. Tal esquema de pensamiento se ha perpetuado desde la
irrupción del marxismo hasta nuestros días. Revel rompió una lanza a
favor de los sin dios declarándose abiertamente como “ateo y
liberal”. Semejante afirmación le valió el sempiterno sobrenombre de
polemista cuando no de vocero de la extrema derecha. Revel ni se
arrugó entonces ni lo hace ahora cuando frisa los ochenta años. El
mundo, no obstante, ha cambiado en las últimas tres décadas. La
premonición fallida de un triunfo inapelable del socialismo se ha
esfumado entre las ruinas del imperio soviético. Los Estados Unidos
y con ellos la causa de la libertad han recobrado la iniciativa
moral que hace treinta años languidecía bajo la presión creciente
del maoísmo parisino o la impugnación a la sociedad occidental que
irresponsablemente se hacía desde las universidades californianas.
Por el contrario y partiendo del hecho que la tentación totalitaria
es una constante en el alma y el sentir humanos ha aparecido en el
último lustro una pléyade de movimientos presuntamente sociales que
amparándose bajo el paraguas de los viejos, trillados y además
falsos ideales revolucionarios de igualdad y justicia social han
puesto en un nuevo desafío a todos los que consideran la libertad y
el imperio de la ley como principios rectores e irrenunciables de la
vida en sociedad. ¿Quiénes son esos jóvenes y no tan jóvenes que
devastan sin miramientos las ciudades donde se concentran con la
supuesta excusa de protestar?, ¿Qué quieren?, ¿Quién los financia y
organiza?, y sobre todo, ¿Qué traen de nuevo?. El antimundialismo,
tal y como Revel lo bautiza en un homenaje a su natal lengua
francesa, es más de lo mismo, el mismo lobo con piel de lobo que
acarrea en su recalentado caletre la misma idea liberticida, el
mismo odio por el liberalismo y la civilización occidental que sus
abuelos de la Tercera Internacional. En un alarde de ingenio y prosa
desenvuelta Revel define a estos jóvenes antimundialistas como [...]
unos vejestorios ideológicos, fantasmas resurgidos de un pasado de
ruinas y sangre.[...] Más claro agua.
Otro de los acontecimientos en torno al cual se ha articulado la
nueva ofensiva antiamericana han sido los luctuosos atentados contra
Nueva York y Washington en septiembre de 2001. Muchos entonces
achacamos la autoría de los atentados no sólo a los integristas
islámicos, que no pasaron de ser el brazo ejecutor, sino a una idea
que preside el mundo tras la caída del muro. Esta idea rara vez se
expone, y de ello se cuidan mucho sus mentores, con toda su crudeza
y viene a ser algo así como “El mundo es injusto, en él reina la
podredumbre y la explotación. Los responsables de ello son los
Estados Unidos. Los americanos por tanto han de pagar su pecado
original que no es otro que la promoción del capitalismo asesino y
la libertad de comercio”. Da igual que bajo el humeante estrago
neoyorquino pereciesen miles de inocentes. Da igual que los autores
de la masacre fuesen una cuadrilla de iluminados cuyo fin último
pasase más por implantar una teocracia universal inspirada en El
Corán que por devolver el pan a los hambrientos. Sentencia del
jurado: Culpable. Si una docena de desequilibrados perpetran la
mayor matanza de civiles en la historia de los Estados Unidos son
éstos y nadie más quien debe hacer examen de conciencia, revisar sus
actos y actuar al modo que los cerebros pensantes de la progresía
europea dicta. Si por el contrario Estados Unidos se defiende
aumentando la seguridad dentro de sus fronteras malo. Es un enemigo
de las libertades. Si decide perseguir a los responsables de la
masacre allá donde se encuentren peor. Es un imperialista vengativo
cuyo objeto es conquistar el mundo e imponer su rancia y desgastada
cosmovisión liberal.
La abyecta reacción frente a los sucesos del 11 de septiembre por
parte de la izquierda europea tiene su explicación lógica y sus
precedentes perfectamente asentados en la opinión pública de casi
todas las naciones del viejo continente. ¿Qué es la sociedad
americana sino un ejemplo de lo que no se debe ser?. Los yanquis son
esclavos del dinero más que ningún otro pueblo de la tierra. Además,
y por si lo anterior fuera poco, la injusticia es tal en esa patria
del dólar que tras la fachada de rascacielos, coches descapotables y
jovencitas en pantalón corto patinando por el Ocean Drive se
encuentra una de las sociedades más infames de cuantas han existido.
Ciudades pobladas por infinidad de mendigos con su carro de la
compra a cuestas y miserables hambrientos que se refugian bajo los
puentes colgantes del capitalismo son la verdadera faz del
liberalismo más necio. Por si quedaba alguna duda, por si algún
lector de la prensa europea arguyera que los Estados Unidos
arrastran una democracia bicentenaria, la representación popular en
el país del Golden Gate es un mito, una trola que nos hemos tragado
como bobos. Las cámaras están dominadas por la gran banca y los
magnates de la industria. La Casa Blanca es un nido de serpientes
reaccionarias y los periódicos practican con gusto y delectación la
más vergonzante censura. Así son los Estados Unidos vistos desde
este lado del Atlántico. Una amalgama de violencia étnica desatada
en los barrios periféricos con la mayor de las ignominias sociales
aderezado, eso si, con un grupo de millonarios que observan
satisfechos su obra desde un aterciopelado apartamento en Park
Avenue. Ante tal panorama no es extraño que desde hace un par de
años los libros, libritos y panfletos descarados que claman contra
los Estados Unidos abarroten nuestras librerías. Se trata en
definitiva de no ser lo que ellos, los infelices e incultos
americanos, son. Si para ello es preciso alterar la verdad y
transformarla en lo que uno le gustaría se hace sin cortapisas. La
ideología, como bien apunta el autor, es una máquina de rechazar los
hechos, cuando éstos podrían obligarla a modificarse. A ello
contribuye el habitual complejo de superioridad europeo y la
implantación en nuestra tierra de unas ideas socializantes que tras
el cataclismo berlinés lo único que hicieron es pasar por el
autolavado para presentarse de nuevo al mundo con una inusitada
lozanía. De la extrema derecha a lo más granado del socialismo
continental se legitima la mentira y por consiguiente la
criminalización de los Estados Unidos como sociedad.
Este antiamericanismo, diríamos, místico, no es patrimonio exclusivo
de la acomplejada casta política europea. Las elites culturales ven
en su lengua y su cultura de masas una amenaza para la milenaria y
refinada cultura de la que aquí disfrutamos. El inglés es la nueva
lengua de Astarot, a pesar de que los europeos se dejan la bolsa y
la vida en aprenderlo. La gastronomía americana, de indisimulable
ascendencia europea, es el compendio de todos los males dietéticos.
Nadie clama contra los sabrosos zarajos de Cuenca, combinado de
aceite refrito con las muy saludables tripas de cordero. La música y
la literatura son de una calidad ínfima y condenadas a vivir bajo la
cincha de los intereses comerciales más espurios. Nada como una
buena novela subvencionada y escrita en bable o una película de arte
y ensayo de las que ponen los ojos en órbita a los culturetas del
Renoir.
Al drama político y la pesadilla cultural le sobreviene
irremediablemente el trastorno de nuestros gobiernos. Condenan y a
la vez desaprueban las decisiones emanadas del despacho oval. Acusan
de unilateralismo al inquilino de la Casa Blanca si actúa sólo y de
entrometido si busca aliados. La paranoia de nuestras cancillerías
es tal que, como los gallegos, no se sabe nunca si están subiendo o
bajando la escalera. De la lectura diaria de la prensa solo puede
deducirse una cosa, un principio elemental en la alta política
europea. Haga lo que haga Estados Unidos está mal hecho. En 1991,
cuando Bush padre dejó el trabajo a la mitad en Irak, se le acuso de
blandengue y de sostén de dictadores. Doce años más tarde, Bush hijo
decide acabar con la tiranía sadamita y se le acusa de tomar
decisiones unilaterales y de actuar como el sheriff del condado.
¿Hay quien lo entienda? Definitivamente no.
Estados Unidos se ha convertido, según apuntala Revel en el capítulo
que cierra el libro, en una escapatoria necesaria e imprescindible.
Si no existiese habría obligatoriamente que inventárselo. Es, en
suma, el anti yo al que cargar los muertos, al que acusar de todo.
El chivo expiatorio de los males pasados, presentes y futuros. Como
consecuencia de esto último, el principal promotor de todo lo que se
carga a las espaldas de los americanos es el propio
antiamericanismo. La causa se confunde con el efecto. Los europeos
son, somos, los responsables de haber puesto a los Estados Unidos
donde están. En nuestra miopía secular reside la autoría inequívoca
del complejo primero y de la obsesión después.
Un libro imprescindible. Felicidades, Jean François.
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