En defensa del neoliberalismo

 

Aviso en Monterrey

 

Adolfo Rivero Caro

En la cumbre de Monterrey, el presidente Bush llamó a trabajar ''por una transición rápida en Cuba''. Esto hay que añadirlo a las recientes declaraciones de altos funcionarios de la administración sobre la actividad desestabilizadora del dictador cubano. Es un logro de la tenaz e ingrata labor de Otto Reich y Roger Noriega. No por gusto Castro los detesta.

Su importancia está en que si en América Latina hubiera habido un sólido rechazo al totalitarismo castrista, Estados Unidos hubiera podido ejercer presiones mucho más enérgicas en su contra. Presiones, dicho sea de paso, que no tienen que llegar a un gran operativo militar, aunque tampoco deban descartarlo a priori. Tres razones fundamentales lo justifican: Castro no acepta una transición pacífica a la democracia, sigue siendo la principal fuente de desestabilización en el continente y es el vínculo privilegiado con los movimientos terroristas del Medio Oriente.

Es bueno recordar la discreta visita de Castro a la isla Margarita en diciembre para reunirse con Chávez y Evo Morales. ¿Evo Morales? ¿Qué importancia puede tener Evo Morales? La importancia del líder cocalero reside en su capacidad para generar graves problemas en el cono sur del continente. Y el pretexto va a ser la salida al mar de Bolivia. Resulta que ahora, un siglo después de haberla perdido, el problema más candente que tiene Bolivia es su salida al mar. Fíjense como Chávez, agobiado por tantos problemas políticos y económicos, súbitamente se declara campeón de la salida al mar boliviana.

¿Qué sentido tiene esto? Muy sencillo. Ahora el enemigo de la pobre Bolivia, el prepotente abusador y gran freno al desarrollo de un país latinoamericano es Chile. ¡Chile! Pero ¿acaso no es Chile el ejemplo de América Latina, el ejemplo en desarrollo económico y escrupuloso respeto a las normas democráticas? Sí, y precisamente por eso hay que convertirlo en un enemigo. Evo Morales sólo tenía una causa populista en Bolivia. Fidel Castro ha visto mucho más. Se da cuenta de que, hace más de un siglo, Bolivia y Perú estuvieron aliadas en aquella guerra absurda y que, por consiguiente, esto también pudiera convertirse en una factor en Perú, donde hay agazapada una minoría terrorista extraordinariamente peligrosa. Vinculada a su vez, a través de los movimientos indigenistas, con Ecuador, cuya porosa frontera es indispensable a los guerrilleros colombianos. No es por gusto que en los congresos indigenistas suelen encontrarse pálidos delegados cubanos hablando de cultura taína, tradiciones siboneyes y la necesidad de luchar contra el neocolonialismo americano.

En América Latina, Fidel Castro está atizando una vasta crisis desde muchos puntos distintos. Estados Unidos tiene que estar listo para reaccionar con la energía que esta época requiere. Que nadie se engañe. La situación geopolítica del continente dio un drástico giro hacia lo peor con la elección de Lula en Brasil. No importa que Lula esté adoptando políticas internas neoliberales y que, inclusive, haya forjado una necesaria alianza con el MPDB (centroderecha) para poder seguir promoviendo esas reformas. Precisamente por eso, Lula tiene que utilizar la política exterior para defender su imagen populista ante una base que se siente hondamente frustrada. Lula tiene intereses tácticos, electorales y a corto plazo que lo empujan hacia el discurso populista. Y, más peligroso todavía, viejas relaciones que lo empujan a alianzas subversivas.

A esto hay que sumar ahora el nuevo gobierno argentino. Las viejas tradiciones populistas de Argentina han encontrado un nuevo y estridente portavoz. Resulta patético ver cómo estos gobiernos se humillan ante el viejo dictador cubano. Recientemente, Roger Noriega lamentó que Rafael Bielsa, ministro de la Relaciones Exteriores de Argentina, hubiera estado hace poco en La Habana y no hubiera querido recibir a representantes de la disidencia cubana. Para sorpresa de todos, Néstor Kirchner saltó irritadísimo diciendo que ¡Argentina era independiente, que Argentina era soberana, que Argentina no obedecía órdenes de Estados Unidos! ¡Qué valor! ¡Qué dignidad! ¡Qué entereza!

Pero, un momento, ¿de qué estamos hablando? Estamos hablando que desde hace algún tiempo la disidencia cubana ha ido conquistando un notable reconocimiento internacional. Se trata de los hombres y mujeres que, a pecho descubierto, se enfrentan a la brutal represión de una dictadura totalitaria. Dictadura que no ha vacilado, hace menos de un año, en condenar a periodistas, poetas, economistas, bibliotecarios y luchadores pacíficos por los derechos humanos a 20 y 30 años de prisión. Represión, por cierto, que inclusive ha provocado el indignado rechazo de la mayor parte de la izquierda mundial. De aquí que se haya ido imponiendo como una gallarda costumbre que personalidades y dignatarios extranjeros de visita en Cuba cumplan con sus obligaciones diplomáticas y, al mismo tiempo, y a despecho de la irritación de la dictadura, reciban e intercambien opiniones con distintos dirigentes de la oposición cubana. Obviamente, lo único que puede interpretarse como una actitud valerosa y digna es reunirse con esos hombres y mujeres acosados, perseguidos y maltratados.

Es cierto que muchos de ellos no pueden recibir visitas en las mazmorras donde están enterrados. Es cierto que los que están en libertad no tienen sus casas con bellas piscinas, ni pueden organizar banquetes, ni regalar lujosas cajas de tabacos ni cabildear negocios ni inversiones. Pero ¿qué imagen de Argentina dejan en el pueblo cubano esos diplomáticos arrogantes que se niegan a recibir a esos héroes humildes? Una vez más, no hay canallada que no pueda justificarse a nombre del antiamericanismo.

 Enero 17, 2004