En defensa del neoliberalismo
 

“Seremos como el Che: ¿asmáticos?”

 

Rafael E. Saumell
Para Ray Rentería y David R. Gerling

Para amigos y adversarios

En las últimas semanas, por el hecho de ser cubano, dos compañeros de trabajo me han comentado sobre el  estreno de la película “The Motorcycle Diaries”, dirigida por Walter Salles y protagonizada por Gael García Bernal en el papel del joven Ernesto (“Che”) Guevara de la Serna. “¿Vas a verla?”,  preguntó el más insistente. “No tengo ningún apuro” le respondí. “¿Por qué?” volvió a indagar. “Porque no tengo mucho interés en el caso”, le dije apresuradamente y para terminar la conversación. “Che Guevara quería hacer algo distinto a lo de Castro”, comentó. “Igual me da”, concluí y pensé aunque no le dije: “el mismo perro con diferente collar”.

Estoy cansado del mito y de la leyenda “Che” desde hace mucho tiempo. Sin embargo, confieso que por varios años fue uno de mis héroes. A fines de los sesenta y comienzos de los setenta, el “Che” ocupaba en mi cabeza un lugar similar de admiración al lado de mi tía Celia Muñoz, mi abuela “Pepilla” Infante, Jesucristo, José Martí, el ídolo santiaguero Frank País, The Beatles, ciertos personajes creados por el cineasta Jean Luc Godard, Guillermo Cabrera Infante (el crítico de Un oficio del siglo XX) y hasta “El príncipe” de la novela El gatopardo de Giuseppe di  Lampedusa. Cuando anunciaron que habían asesinado al Che lloré, como tantas veces lo he hecho al final de un gran melodrama o después de leer un poema especialmente fuerte como “Los heraldos negros” de César Vallejo.  Santiago Álvarez, gran cineasta y propagandista de Fidel Castro, le dedicó uno de sus mejores documentales. Después de verlo en un cine de la calle Galiano me quedé desvelado toda una noche en el cuarto donde mi entonces buen amigo Roberto García y su entrañable madre Celeste me dejaban dormir y recuperarme de una riesgosa operación quirúrgica.

Lo que yo veía en común entre el “Che” y mi tía Celia, por ejemplo, era que ambos sentían una inclinación muy espontánea y vigorosa para rebelarse contra las injusticias. De niño ella me llevó junto a mi prima Celita al entierro de otro asesinado, Frank País, líder de la guerrilla urbana. Fuimos parte de la muchedumbre que caminó detrás del coche fúnebre por las calles de Santiago de Cuba y bajo la vigilancia agresiva de la policía batistiana. El día en que el antiguo cuartel militar “Guillermón Moncada” fue convertido en el Centro Escolar “26 de julio”, de nuevo Celia, Celita y yo, al igual que miles de conciudadanos, mostramos nuestro apoyo a las ideas revolucionarias.

Pronto empezaron a ocurrir algunos sucesos que hicieron cambiar de opinión a Celia y al resto de mi familia: arrestos masivos, fusilamientos, clausura de medios de información, cierres forzados de negocios privados como el aserrío Babún, la fábrica de cemento “Titán”, la cafetería “El palacio de los durofríos” y hasta las bodegas de los gallegos y de los chinos ubicadas una frente a la otra en la intersección de las calles San Gerónimo y Reloj. El pequeño taller de hojalatería de tío “Pucho” Calderín cayó en la redada de las transformaciones. Enseguida se hicieron patentes la escasez de comida, el auge de la “bolsa negra” y la audición de emisoras extranjeras de onda corta. Todos esos factores disiparon el entusiasmo pro-fidelista y pro-guevarista en mi familia. Decir en público lo que se pensaba sólo podían hacerlo Fidel, Raúl, el Che y quienes los aplaudían. Celia murió en 1974 a causa de la diabetes y del corazón cuando apenas había cumplido 53 años. Ya no creía en nada políticamente hablando. Fidel y el “Che” habían traído a Cuba un régimen de escuelas, hospitales y torneos deportivos, sólo apto para aquéllos que repiten, lealmente, la voz del amo. A veces Celia recordaba su juventud pre-revolucionaria cantando un tango bien nostálgico: “Mi Buenos Aires querido, cuándo yo te volveré a ver…” En ocasiones, y quejándose de su mala suerte, interpretaba una canción cuya letra dice en parte: “el día en que yo nací, qué planeta reinaría”.

A pesar de todo lo anterior, sigo pensando en que debemos mejorar el mundo y actuar como lo hizo Celia antes y después de 1959. Por eso sueño con el retorno a su Buenos Aires. Al mismo tiempo, me empecino en combatir el fatalismo de los signos del zodíaco y de la política tremebunda, aunque sus anunciantes sean el astrólogo Walter Mercado o el futurólogo Fidel Castro. Reconozco que mis empresas son utópicas, hermosas y por naturaleza casi inútiles. La astrología y los revolucionarios tienen más seguidores que Celia y su sobrino.  Castro es hoy más popular en la Argentina y en California que en La Habana afectada por la falta de viviendas, agua y electricidad. Por eso hoy llevo 16 años de exilio sumados a casi cinco de anterior experiencia carcelaria. ¡Más de dos décadas! Aunque parezca una exageración, hay miles de miles que pueden contar cifras pavorosamente superiores por cárcel, por destierro o incluyendo ambas. El primero de enero de 2005, Castro habrá gobernado Cuba por 46 años con el “Che” a cuestas para atraer a millones de incautos. Claro, la actual persistencia de muchos males políticos y económicos en varias regiones del mundo continúa estimulando a jóvenes y políticos de hoy a seguir los pasos del “Che” mítico. Ven en la Cuba de los discursos y de las estadísticas de Castro, una alternativa viable para acabar, según ellos, con los problemas que los agobian. Nadie aprende por cabeza ajena. Hay gentes, incluso de buena fe, todavía enamoradas de los regímenes personalistas. Sin desearlo, se afanan por agregarles a sus países más dificultades que las ya acumuladas en el presente.

Por ésas y por otras razones no tengo ningún apuro en formar parte de los espectadores de la película “The Motorcycle Diaries”. Ese joven “Che” viajero por voluntad y curiosidad propias es una estampa de celuloide concebida para los fanáticos de un sistema cuyo mayor éxito radica en contar con el respaldo y el dinero de personas que jamás lo han padecido en carne propia. Para matizar mi posición “reaccionaria” ante el “Che” repetiré un antiguo lema de los eurocomunistas del siglo XX. Refleja una de mis convicciones: “dictaduras, ni la del proletariado”. Deben saber los ingenuos y reconocer los ciegos voluntarios de la izquierda antidemocrática, que el “Che” escritor de diarios y viajero en motocicleta es inconcebible no en la Argentina, sino en Cuba. Allí el régimen se reserva el derecho a permitir o no que sus ciudadanos compren un auto o una motocicleta; decide quién puede salir y regresar al territorio nacional. ¿Qué habría sido del joven Ernesto Guevara de la Serna si en la Argentina de su tiempo, las leyes en vigor le hubieran negado esos derechos humanos y elementales como les sucede a los cubanos? Ni motocicleta ni pasaporte habría tenido. Por consiguiente, nunca habría podido ir al extranjero, a menos que se hubiera lanzado al mar y convertido en un balsero exitoso. Quizás habría escrito un diario de navegación carente de interés para los amantes del turismo políticamente perverso.