El dictador criminal antepuso la revolución al país, por lo que
habría que llorar por el modo de vida que eliminó y la gente que
reprimió.
George Weigel
Las noticias de que Fidel murió o se está muriendo han dado lugar a
una serie de sentimientos, entre ellos un extraño dolor matizado de
un respeto aún más extraño. Mi primera reacción al escuchar que
Castro había transferido el poder a su hermano Raúl, tan letal como
él, fue recordar las raras circunstancias en las que me enteré que
Castro me había denunciado públicamente ante un congreso
internacional de periodistas que tuvo lugar en La Habana a finales
de 1999.
La noche de Navidad estaba cenando con mi familia y unos amigos en
Roma cuando uno de mis anfitriones me preguntó si había visto el fax
que la misión cubana en el Vaticano estaba distribuyendo. Le
confesé que no lo había visto y me trajeron el documento. Resultó
que en el curso de una típica arenga de cuatro horas, Castro había
dedicado unos pocos párrafos a denunciar al "yanqui" que lo había
difamado en mi biografía del Papa Juan Pablo II recientemente
publicada. Me conmovió la atención que Castro me prestaba -me
calificó de una manera que no se puede repetir aquí--, aunque
también me sorprendió su postura defensiva y una inseguridad que la
edad o el poder manifiesto no conseguían mitigar.
Lo que escribí en "Testigo de la Esperanza: (Witness to Hope) fue la
pura verdad: el peregrinaje papal a Cuba en enero de 1998 fue la
primera vez en casi 40 años que Fidel Castro no fue el centro
indiscutible de atención en un acontecimiento público en Cuba.
También narré otros aspectos de la visita del Papa que Castro
hubiera preferido que se pasaran por alto, como el hecho de que Juan
Pablo II no mencionó el régimen castrista ni una sola vez en cinco
días; que el Papa había intentado de diversas formas devolver al
pueblo de Cuba la rica cultura espiritual a la que tenía un derecho
inalienable; que había instado a los cubanos a ser los protagonistas
de su propia historia, en vez de considerarse víctimas de la
"agresión yanqui", como Castro no se cansaba de repetir desde hacía
mucho tiempo. Esto no agradó al Jefe.
Visité a Cuba en 1998, después de muchas gestiones. Mi primera
solicitud de visa fue rechazada; hizo falta que el cardenal John
O´Connor de Nueva York interviniera para que me dejaran entrar. El
cardenal le explicó al gobierno cubano que no estaría bien negar la
visa del biógrafo del Papa. Pero una vez que llegué, Cuba resultó
ser un país de un colorido inolvidable, pese a las ineludibles
imágenes de su destrucción.
Recuerdo cuando caminaba por las calles de la Habana observando los
edificios derrumbados y las ventanas de los edificios
gubernamentales que sólo la cinta adhesiva impedía que se cayeran en
pedazos, y pensando que la que debió haber sido una de las ciudades
más hermosas del mundo había sido convertida en un Sarajevo
caribeño, aunque no por los morteros y los cohetes, sino por una
ideología absurda. Recuerdo el Museo de la Revolución, en el que la
sábana ensangrentada que había envuelto el cuerpo de Che Guevara se
exponía como una imitación obscena del Sudario de Turín. Recuerdo
las estúpidas vallas publicitarias en todos los rincones del país en
las que Cuba patea al Tío Sam por detrás y cuyos títulos
estilizados desafían al imperialismo. Y me recuerdo pensando que
éste habría sido el aspecto de un país dirigido durante décadas por
un grupo de despiadados adolescentes.
Recuerdo los entrepaños vacíos de las farmacias, carentes incluso de
aspirinas, a pesar de la propaganda sobre la atención médica
cubana. Recuerdo a los camareros y camareras de mi hotel que me
contaban que el 75% de sus salarios iba a parar al gobierno.
Recuerdo haber conversado con una prostituta, una doctora de habla
educada, quien al preguntarle por qué vendía su cuerpo me contestó
que era la única manera de mantener a sus hijos. Recuerdo también al
anciano propietario de un restaurante que daba a la caleta desde
donde el viejo de Hemingway salía al mar, quien me contó, llorando,
que había estado esperando 40 años oír a alguien defender la vida de
la familia cristiana en Cuba, y ahora el Papa lo había hecho. Cuando
Castro muera, la tentación de expresar respeto, aunque sea de mala
gana, por el hombre que no cesó de desafiar a la única gran potencia
mundial será grande, por lo menos en algunos lugares. No obstante,
hay que oponerse a ello con firmeza.
Castro no es un asesino de masas como lo fueron Stalin, Hitler, Pol
Pot y Mao Tse.tung, pero es un dictador criminal. No hay que olvidar
las historias sobre las condiciones horribles y grotescas en que
mantiene encarcelados a los prisioneros políticos. Las injusticias
de anteriores regímenes cubanos no deben servir para excusar a este
hombre malvado que ha condenado a una nación orgullosa y vibrante a
la penuria y la prostitución militar internacional en África.
En declaraciones que hizo después de su operación, Castro aseguró a
sus compatriotas que estaba garantizada la defensa de la isla ante
un ataque norteamericano. Todo indica que hasta sus últimos días
Castro seguirá amando la revolución más que a Cuba. Es por eso que
ha destruido tanto a su país y la razón por la que no debe
derramarse una sola lágrima por él.