| En defensa del neoliberalismo |
1.-
¿Cuál es su opinión acerca del estado de la democracia en América
Latina? Si entendemos como democracia la presencia de un sistema abierto y competitivo de gobierno según reglas aceptados por todos, podemos aseverar que las democracias en América Latina aunque todavía existen y tienen distintos niveles de desarrollo, confrontan en general un profundo proceso de debilitamiento institucional, una lamentable carencia de liderazgo democrático (pues en su mayoría y debido a su propia carga histórica populista y la fragilidad institucional de sus países, no fueron capaces de tomar las decisiones e implementar las políticas reformistas requeridas para relanzar a las economías de la región sobre una base de equidad social) y, por supuesto, unas poblaciones crecientemente desencantadas y mayoritariamente empobrecidas que aunque siguen creyendo y apoyando a la democracia como valor, están insatisfechas con el funcionamiento de sus gobiernos democráticos y simplemente ya no creen en la capacidad de éstos de ayudarlos a superar su situación muchas veces desesperada de pobreza. De hecho, según una encuesta reciente de Latinobarómetro, alrededor del 46% de los latinoamericanos estarían dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios si se les diera la oportunidad de escoger entre gobiernos fuertes que ofrecen resultados y mejoran su situación económica y gobiernos democráticos incapaces de hacerlo. Porcentaje que no debe en absoluto sorprender en una región en la cual la desigualdad social es la mayor del mundo (225 millones de personas están por debajo de la línea de la pobreza y un 43,5% de los latinoamericanos no alcanza el ingreso necesario para satisfacer sus necesidades básicas), y se ha mantenido bastante elevada aun en países como Chile, que han tenido un progreso social considerable, bajo gobiernos democráticos. Por tal razón y a pesar de los enormes esfuerzos desplegados por la ciudadanía latinoamericana en su lucha por la democracia, el tan ansiado "dividendo democrático" no parece haberse materializado. No es pues de extrañar que hayan emergido diversas formas de populismo y en especial versiones radicales de este viejo flagelo de la política latinoamericana y líderes providenciales con agendas engañosamente “refundacionistas” o “salvacionistas”, que amenazan desde adentro y transregionalmente a democracias esencialmente formales, pero con desempeños democráticos históricamente deficitarios si no deplorables. 2.- Frente a la ofensiva conjunto de movimientos populistas, autoritarios ¿qué puede hacer el movimiento democrático? Esta ofensiva está sin duda tomando fuerza en la medida que el movimiento democrático regional se ha venido poniendo a la defensiva ante el avance creciente de esos desafíos cada vez mas radicales e “intra-sistema” que representan estos nuevos o reeditados populismos latinoamericanos. Es obvio que mientras las instituciones, la política y los políticos que gobiernan en las frágiles democracias de la región no empiecen a darle contenido a sus formalistas democracias, a rendir cuentas a sus electorados, a comportarse de manera socialmente responsable frente a esos electorados crecientemente desilusionados y en general frente a sus desencantadas poblaciones, así como a diseñar e instrumentar políticas que efectiva y eficazmente contribuyan a erradicar la pobreza, a reducir la enorme desigualdad social en la región, y a generar ciudadanía, mientras fortalecen con sus ejecutorias las instituciones requeridas para el cabal funcionamiento y el control de la calidad de los gobiernos democráticos, América Latina seguirá deslizándose por el peligroso sendero de la búsqueda de soluciones rápidas o “mágicas” extra-sistema o de reforma radical o presuntamente profundizadora o refundacionista de la democracia. “Soluciones” cuyo saldo final es la involución democrática y la instalación de regimenes populista radicales que destruyen desde adentro los fundamentos valorativos e institucionales de la democracia e instalan por tiempo indefinido formas autoritarias o totalitarias de control hegemónico del Estado y de la sociedad. 3.- A su juicio ¿existe alguna relación entre la democracia y el aumento de la pobreza? Creo que más bien la relación es entre baja calidad de las democracias y aumento de la pobreza. Y ello ocurre precisamente cuando los gobiernos no cumplen sus funciones ni asumen sus responsabilidad de satisfacer las necesidades básicas de desarrollo humano de sus sociedades, y de combatir la pobreza, no solo definida en términos económicos sino como “pobreza de ciudadanía”. Es pues obvio que esos sectores desafectos y socialmente marginados de la sociedad, al no tener gobiernos socialmente sensibles y responsables, instituciones para canalizar sus demandas, ni los micro-fundamentos formativos y organizacionales para hacer sentir democráticamente su voz, se van o marginado del juego de la política democrática, o se van desbordando hasta convertirse en caldo de cultivo natural para las propuestas redencionistas o refundacionistas de líderes o caudillos providenciales. 4.- ¿Hay alguna relación causal entre lo que han dado en llamar “neoliberalismo salvaje” y el aumento de la pobreza? La verdad es que más que una relación entre neoliberalismo salvaje y aumento de la pobreza, lo que ha habido en América Latina, salvo contadas excepciones, es un fracaso institucional y de liderazgo o lo que es lo mismo, lo que hemos sufrido en la región es un penoso triple déficit –institucional, de liderazgo y social—que nos impidió acometer las reformas de primera, segunda y tercera generación requeridas para instaurar un modelo de economía de mercado funcional y éticamente sostenible en América Latina. Recordemos que en nuestra región lo que ha prevalecido es una nociva cultura de izquierda a nivel de las élites políticas y económicas que de hecho les impidió tanto asumir las reformas requeridas desde mediados de los ochenta del siglo XX, como proceder a instrumentar con un liderazgo firme y a la vez socialmente sensible, las reformas estructurales que urgentemente reclamaban las sociedades latinoamericanas para salir de su estancamiento económico, superar los graves problemas económicos derivados del elevado nivel de endeudamiento público acumulado y la repentina interrupción en los flujos de entrada de capital extranjero, y para modernizarse y enfrentar los retos de una economía globalizada. Era también necesario que ese liderazgo actuase democráticamente pero también con sentido histórico para construir los consensos sociales y prever las redes y programas de asistencia para los sectores sociales más vulnerables, los cuales eran condiciones sine que non para que las reformas tuviesen éxito y se sostuvieran en el tiempo. No obstante, una incorregible propensión populista y el temor a asumir ese desafío histórico de cambio estructural, fueron los factores que a mi modo de ver impidieron a esas élites, hoy desacreditadas, hacer los ajustes necesarios para modernizar al Estado, la economía y la sociedad en sus países, dentro de un marco de equidad social. Al final, los grupos más vulnerables de la sociedad fueron los más afectados, la pobreza se profundizó y en general los distintos sectores políticamente activos de la sociedad perdieron tanto la fe como la paciencia frente a sus muy mediocres gobiernos. En otras palabras, la prosperidad que se nos prometió no llegó, por lo que la región (con la excepción evidente de Chile, en cierta medida de México y de algunas economías centroamericanas) ha permanecido estancada, y en algunos casos ha retrocedido (Argentina, Bolivia y Ecuador son casos paradigmáticos). Soy pues de quienes piensan que, a diferencia de los esquemas populistas y estatistas, que contaron con largas décadas para arruinar las economías latinoamericanas, las políticas liberales no fueron instrumentadas con la suficiente amplitud y profundidad ni tuvieron tiempo suficiente para mostrar sus beneficios. Se intentaron las reformas si; pero éstas fueron incompletas o no fueron mucho más allá del recetario del FMI, lo cual, como ya se sugirió, dejó varios problemas intactos y añadió otros. 5.- ¿Es posible afianzar el proceso democrático mediante sistemas electorales transparentes? No lo creo, pues si bien las elecciones libres y transparentes son requisito mínimo junto con la libertad de expresión para que un país se considere “democrático”, un gobierno puede controlar el sistema electoral e ir progresivamente amordazando la libertad de expresión, pero manteniendo ciertos “espacios institucionales” como fachadas que aminoren o neutralicen la critica internacional (cosa no muy difícil de hacer en una pragmática comunidad internacional) y seguir siendo considerado democrático. En todo caso, por la reciente y amarga experiencia venezolana ya sabemos que un gobierno puede ser democráticamente electo y generar situaciones de fatiga electoral mediante la constante celebración de elecciones, mientras deviene con su desempeño y con su atropello y control gradual pero cada vez más férreo de las instituciones en una dictadura o en un gobierno de muy baja si no inexistente calidad democrática. 6.- Dentro del marco del pensamiento democrático ¿cómo caracteriza usted el proceso político venezolano de los últimos seis años? Como lo he señalado en artículos y conferencias recientes, el régimen que se ha venido instalando en Venezuela desde 1998, aunque con la persistente resistencia de los amenazados factores democráticos del país, es un híbrido político propio de la realidad geopolítica de la postguerrra fría, pero que rompe con el argumento del "fin de la historia" en tanto puede ser calificado como un régimen semiautoritario por diseño y no por defecto, según la denominación y tipología desarrollada por Ottaway (2003), y en consecuencia como un retroceso en términos de su previo status democrático-representativo. Grosso modo, los regímenes semiautoritarios como el instaurado en Venezuela en los últimos seis años se caracterizan por ser regímenes deliberadamente ambiguos, que como tales combinan la aceptación retórica --con fines netamente pragmáticos nacionales pero sobre todo internacionales-- de la "democracia liberal", la existencia de algunas instituciones democráticas formales y el respeto por una esfera limitada de libertades civiles y políticas, con rasgos esencialmente antiliberales e incluso francamente autoritarios. Es por ello que también se les ha denominado “democracias iliberales” (Fareed Zakaria, 1997). Son pues regímenes que deliberadamente mantienen una apariencia democrática, pero evitando los riesgos políticos que implica una competencia política libre y transparente. Según Ottaway, pueden identificarse tres tipos de regímenes semiautoritarios: (1) en equilibrio, (2) en cambio dinámico y (3) en decadencia. El venezolano corresponde al último y más peligroso de los tipos mencionados, pues en el mismo se evidencia un notable y provocado deterioro de las fachadas democráticas y el consecuente fortalecimiento de los rasgos flagrantemente autoritarios del gobierno. Es precisamente esto lo que pareciera estar ocurriendo en Venezuela, ya de manera mucho más abierta y acelerada tras el fraude cualitativo, continuado, selectivo y masivo puesto en marcha por el régimen chavista durante meses y con la ayuda de “misiones’ dispendiosas pero socialmente efectivas o más bien efectistas, en aras de “ganar” el referéndum revocatorio presidencial del 15 de agosto de 2004. 7.- ¿Es posible la existencia de democracia en regímenes de partido único? No, no lo es, al menos para la democracia representativa pues ésta supone la existencia de pluralismo político, de alternabilidad en el poder y de instituciones electorales transparentes en tanto no puede haber democracia sin un cuadro básico de representantes políticos. Hace tiempo que desapareció la posibilidad de volver a una democracia directa, sin intermediarios o representantes entre la sociedad y el gobierno, sin partidos políticos y sin parlamentos legislativo, y los que hoy la propugnan son gobernantes que han desmantelado o están desmantelando con fines autocráticos las instituciones y/o los frenos y contrapesos de la democracia. Cabe recordar que durante el siglo XIX no sólo se consolidó la idea básica de la soberanía popular sino que paulatinamente se fue ensanchando también el concepto de ciudadanía hasta abarcar - ya bien entrado el siglo XX - a todas las personas con derechos plenos --civiles, políticos y sociales-- que conviven en una nación. Pero también nacieron en el siglo XIX los partidos políticos, es decir, la forma más acabada que ha conocido la humanidad para conducir los múltiples intereses, aspiraciones y expectativas de la sociedad hacia el gobierno, y también para hacer coincidir las distintas formas de representación democrática con las de participación ciudadana. Cosa que claramente se recoge en un documento del siglo XXI como la CDI cuando menciona como elemento esencial de la democracia “el régimen plural de partidos y organizaciones políticas” (artículo 3) y dice taxativamente en su artículo 5 que “el fortalecimiento de los partidos y de otras organizaciones políticas es prioritario para la democracia”. Así pues, a menos que estemos hablando de regímenes semiautoritarios, o de “democracias iliberales”, no es posible la existencia de la democracia en regímenes de partido único. 8.- ¿Qué posibilidades de éxito tiene el “Socialismo del Siglo XXI”? Desafortunadamente, con su diplomacia petrolera, su generosa chequera -- que se ha quintuplicado desde su llegada al poder-- y su carismática influencia, Chávez ha conseguido implantar progresivamente en Venezuela en los últimos seis años y recientemente empezar a exportar regionalmente su modelo neosocialista el cual representa hoy por hoy un modelo con serias posibilidades de futuro. Son precisamente la autosuficiencia, la abundancia financiera y la capacidad de maniobra geopolítica en virtud de su condición de país productor y proveedor de petróleo, los dos factores cruciales que han permitido a la Venezuela neosocialista de Hugo Chávez comprar adhesiones, acallar o neutralizar críticas a su cuestionable desempeño, enervar coincidencias estratégicas en términos de valores e intereses como las que de hecho existen por ejemplo entre EE.UU., México y Chile, y actuar con fines declaradamente “rebeldes” o revisionistas vis-à-vis la agrietada estructura de poder del orden mundial contemporáneo. Las posibilidades de éxito de ese modelo son por supuesto magras si se le evalúa en términos de su capacidad de generar desarrollo humano, crecimiento económico con equidad social y de fortalecer la institucionalidad democrática de las sociedades latinoamericanas, pero no si se le evalúa en términos de su capacidad de reinstalar en la región un modelo de regresión autoritaria de naturaleza anticapitalista y antiimperialista, y de rasgos populistas, militaristas y estatistas 9.- En su opinión ¿hay injerencia política, económica y militar de los regímenes de Fidel Castro y Hugo Chávez en los asuntos internos de otros países, con el objetivo de crear condiciones de inestabilidad? Si, pareciera haber injerencia de ambos regímenes en los tres niveles mencionados, pues aunque ambos constantemente utilizan el trillado argumento de la soberanía para enfrentarse a, o neutralizar las acciones y reacciones de EE.UU. y de sus aliados, la controversial alianza radical Castro-Chávez ha empezado de manera abierta a acentuar su intervencionismo, cooperación e influencia directa e indirecta en los procesos políticos de las región. De modo que no sólo es el gobierno de Washington el que presume o dice tener pruebas de la presencia de Chávez en la progresiva desestabilización de la región andina y centroamericana, sino que los gobiernos de la región, aunque pocas veces de manera pública, han sospechado y denunciado a lo largo del último quinquenio las acciones del gobierno venezolano orientadas a convertirlo en el vicario y heredero del caudillismo totalitario castrista y de su vieja y hoy realizable aspiración de exportar regionalmente un modelo político estatista y no democrático. Para dolor de cabeza de un gobierno de EE.UU. que subestimó el “efecto Chávez” en la región, Chávez ha logrado convertirse en un fenómeno telúrico latinoamericano que une a una izquierda nueva o renovada que pretende avanzar hacia una integración antiimperialista, enarbolando la figura de Bolívar y el indigenismo. No es pues un accidente que muchas cuasi-moribundas organizaciones de izquierda y de extrema izquierda hayan resurgido, hayan en consecuencia sustituido a Lenin por Bolívar y se estén declarando “bolivarianas”. Es claro que el radicalismo anti-imperialista de Chávez genera entusiasmo desde la Patagonia hasta México, y aún en los EE.UU., y que el mismo cuenta entre sus aliados a organizaciones como las FARC, el ELN, así como el FMLN y los sandinistas. Chávez ha conseguido con esa combinación de proyecto de integración política y dispendiosa e incontrolada chequera, aunar voluntades de gobernantes y amigos y de otros que podrían no serlo tanto, mientras cultiva o siembra dudas a escala hemisférica sobre su disposición a cultivar vínculos entre factores críticos para seguridad regional como el petróleo, el narcotráfico y la subversión. |