Vilma Petrásh**
Si algo ha llamado la atención de un importante número de intelectuales
y académicos del mundo de tendencia liberal, ha sido la emergencia de
regímenes sociopolíticos híbridos en los que se combinan de manera
variada rasgos formalistas de las democracias con rasgos autoritarios o
"iliberales" que atentan contra el pluralismo, la alternancia en el
poder, la separación de poderes, la independencia del poder judicial y
el respeto a las minorías. Se trata grosso modo de regímenes que o bien
se inclinan ideológicamente hacia la derecha (caso en su momento de
Fujimori en el Perú) o bien propugnan formas "neosocialistas" que
pretenden combatir los "efectos perversos" del capitalismo, pero
cohabitando pragmáticamente con este (caso del régimen chavista en
Venezuela).
Entre los últimos "modelos" híbridos pero que peligrosamente se van
inclinando a formas autoritarias duras o cuasi-totalitarias está sin
duda el régimen chavista. El mismo ha sido caracterizado por ejemplo por
Marina Ottaway, investigadora de planta asociada y Co-Directora del del
Proyecto sobre la Democracia del Carnegie Endowment for International
Peace, como un régimen semiautoritario "en decadencia" en la medida que
desde su instauración se han venido acentuando progresivamente los
rasgos autoritarios duros frente a los rasgos formalmente democráticos
del mismo.
Grosso modo, el régimen que se ha venido instalando en Venezuela desde
1998, aunque con la persistente resistencia de los factores democráticos
del país, es un híbrido político propio de la realidad geopolítica de la
postguerrra fría, pero que rompe con el argumento del "fin de la
historia" en tanto puede ser calificado como un régimen semiautoritario
por diseño y no por defecto, según la denominación y tipología
desarrollada por Ottaway (2003), y en consecuencia como un retroceso en
términos de su previo status democrático-representativo.
Los regímenes semiautoritarios como el que ha venido instaurando en
Venezuela en los últimos seis años se caracterizan por ser regímenes
deliberadamente ambiguos, que como tales combinan la aceptación retórica
--con fines netamente pragmáticos nacionales pero sobre todo
internacionales-- de la "democracia liberal", la existencia de algunas
instituciones democráticas formales y el respeto por una esfera limitada
de libertades civiles y políticas, con rasgos esencialmente
antiliberales e incluso francamente autoritarios. Es por ello que
también se les ha denominado "democracias iliberales" (Fareed Zakaria,
1997). Son pues regímenes que deliberadamente mantienen una apariencia
democrática, pero evitando los riesgos políticos que implica una
competencia política libre y transparente.
Sus rasgos mas esenciales son: (1) límites a la transferencia del poder
esencial del Estado, el cual se va haciendo cada vez más opaco y
desintitucionalizado o basado en relaciones entre los individuos que
están en la cúspide del poder; (2) Institucionalización débil que se
expresa en una manipulación deliberada de las instituciones y en apoyo y
aceptación del régimen por segmentos de la ciudadanía manipulados en sus
necesidades, carencias, resentimientos y miedos; (3) desconexión entre
las reformas políticas y económicas, pues ambas son fachadas (i.e.
democráticas y de economía de mercado) mediante las cuales el régimen
controla y manipula para asegurar su permanencia en el poder; y (4)
límites en el funcionamiento de las organizaciones de la sociedad civil
que pudieran manifestarse en la práctica en la existencia de un
pluralismo organizacional pero en el gradual cercenamiento de las
posibilidades de pluralismo político.
Segun Ottaway, pueden identificarse tres tipos de regímenes
semiautoritarios: (1) en equilibrio, (2) en cambio dinámico y (3) en
decadencia. El venezolano corresponde al último y más peligroso de los
tipos mencionados, pues en el mismo se evidencia un notable y provocado
deterioro de las fachadas democráticas y el consecuente fortalecimiento
de los rasgos flagrantemente autoritarios del gobierno. Es precisamente
esto lo que pareciera estar ocurriendo en Venezuela, ya de manera mucho
mas abierta y acelerada tras el fraude "cualitativo, continuado,
selectivo y masivo" puesto en marcha por el régimen chavista durante
meses y con la ayuda de "misiones' dispendiosas pero socialmente
efectivas o más bien efectistas, en aras de "ganar" el referéndum
revocatorio presidencial del 15 de agosto de 2004 y lograr el ansiado
"exterminio político y físico" de la oposición (Chávez dixit, 12 de
enero de 2004).. A partir de esta fatídica fecha, una más en la lucha de
la disidencia democrática venezolana por evitar la instalación de un
régimen de propensión neototalitaria en Venezuela, los jerarcas y
subalternos de este régimen de líder único parecieran decididos en sus
distintas y controladas vertientes institucionales --haciendo uso de una
sorprendente variedad de mecanismos legales y paralegales y ejerciendo
represión militar y paramilitar-- a arremeter sin recato alguno contra
los espacios de participación y resistencia política y cívica, y en
general contra los derechos humanos de la ciudadanía opositora. Es decir
que con la arremetida violenta del régimen contra el derecho a la
democracia de los venezolanos, se estaría instalando ya de manera franca
en Venezuela y en pleno siglo XXI un régimen populista radical de
izquierda, abiertamente autoritario-militarista y antioccidental, o lo
que es lo mismo un régimen neototalitario.
Ciertamente, esta creciente inclinación del proceso político venezolano
a formas cada vez más abiertas de autoritarismo, preservando fachadas
democráticas con fines legitimadores sobre todo a nivel internacional,
pareciera tener que ver esencialmente con el proyecto declaradamente
"neosocialista" o de "revolución pacifica, democrática y armada" por
diseño, con sólida asesoría castrista, que está llevando a cabo desde su
acceso al poder ese personaje mesiánico-pragmático, de personalidad
definida como narcicista-histriónica y de propensiones sociopáticas que
es Hugo Chávez. De hecho, el neosocialismo del régimen chavista,
revelado al mundo desde principios de este año por el propio Chávez como
Jefe omnímodo y principal portador y exportador del "proceso
revolucionario bolivariano", ha demostrado ser parte de un plan
preconcebido desde hace unas dos décadas por círculos de la izquierda
radical dentro y fuera de Venezuela, pero ahora centrado en la
exuberante personalidad autoritaria, mesiánica y narcisista-histriónica
del propio Chávez. Dicho plan, aparentemente orquestado en conjunción
con factores de la izquierda radical esencialmente del continente según
un plan diseñado con amplio apoyo de Fidel Castro y de factores del
radicalizado movimiento antiglobalización, ha sido concebido como un
proyecto revolucionario "bolivariano" --y por tanto francamente "anti-imperialista"
en tanto se contrapone al "panamericanismo" propugnado desde el siglo
XIX por EE.UU. para las Américas--, que habría de llegar al poder por
vías democráticas, primero en Venezuela para luego, haciendo uso de la
potencia petrolera de ese país, ser exportado regional y aun
globalmente. Aparentemente, el fin último de este ambicioso proyecto
regional-global sería el de coadyuvar, mediante un instigado proceso de
"rebelión antiimperialista", a destruir la hegemonía norteamericana
(occidental, blanca y liberal) y los fundamentos capitalistas de la
economía mundial, acudiendo para ello a ofensivas mediáticas y acciones
propagandísticas y/o encubiertas a escala mundial que aprovechen el
sentimiento anti-hegemonía norteamericana que hoy predomina incluso
dentro de los EE.UU., así como a "guerras asimétricas" o de "cuarta
generación" que hagan uso o se vinculen a tal fin con movimientos de
base y/o con formas de desestabilización y subversión interna y
transnacional. Todo ello en aras de instaurar un mundo
civilizacionalmente "multipolar" o mas bien "apolar" (Norberto Ceresole
dixit) caracterizado por la quiebra del poderío civilizacional de
Occidente en el mundo y por la presencia predominante de regímenes de
izquierda y/o etno-culturalmente integristas y/o antioccidentales.
Para comprender el núcleo ideológico de este "socialismo del siglo XXI"
que propugnan Chávez y sus adeptos, se han hecho valiosos esfuerzos de
reflexión y análisis entre los cuales vale la pena destacar el artículo
"Revolución, nacional etnicismo, neofascismo? de Elizabeth Burgos
(Revista Encuentro, número 34/35 Otoño-Invierno 2004-2005 [Madrid]), el
cual constituye un esfuerzo serio por comprender el carácter original,
híbrido o "mestizo", pero de vocación innegablemente totalitaria del
chavismo. Grosso modo, Burgos hace una identificación analítica
novedosa de las influencias más resaltantes de esa colcha de retazos
que es el "socialismo bolivariano": la tradición
autocrática-militarista-populista venezolana, el neofascismo de Ceresole,
el castrismo, y finalmente el etno-nacionalismo extraído del discurso
postcolonialista-subalternista que es hoy la moda en los "colonialistas"
círculos académicos de izquierda norteamericano y que tiene importantes
figuras latinoamericanas devenidas en "intelectuales orgánicos" del "postcolonialismo"
como el peruano Aníbal Quijano, el venezolano Edgardo Lander y el
venezolano Fernando Coronil, profesor de la Universidad de Michigan,
todos los cuales se sustentan a su vez en obras respetables como el
libro "Orientalism" de Edward Said, intelectual de origen palestino,
catedrático de la Universidad de Columbia y quien falleciera en
septiembre del 2003.
Si bien el artículo de Burgos puede ser objeto de críticas por su
simultánea caracterización del caudillo Chávez y del chavismo como
"neofascista" y "socialista", cabe señalar en descargo de dicho análisis
que si bien el régimen chavista es híbrido o mestizo en su composición
ideológica, tampoco en la práctica pareciera haber diferencias demasiado
sustanciales entre el socialismo y el fascismo (y aquí me acojo a la
tesis de Frederick Hayek en "Camino a la servidumbre"), sobre todo en
sus efectos reales. Efectos que más allá de las expresiones históricas
concretas de ambos, conducen inexorablemente a la total liquidación de
la libertad y a la muerte del individualismo, al menosprecio total por
la vida y la felicidad del individuo, a la intolerancia y supresión
primero sutil y luego cada vez mas brutal de la disidencia.
Leí en alguna parte, mutatis mutandi, que la historia hubiese tratado de
manera muy distinta a Hitler si hubiese pretendido ser salvador de los
pobres y no un demencial "ethnic cleanser" y se hubiese declarado por
tanto socialista. Aunque lo recién expresado respecto a Hitler puede
lucir controversial, lo cierto es que siendo un Caudillo totalitario
hondamente mesiánico y sin tener en lo personal los fundamentos y
motivantes formativos socialistas en su pensamiento y acción, él no se
iba a declarar socialista (de hecho sabemos que percibió y se enfrentó a
los socialistas como competidores/enemigos que debían ser exterminados)
como si lo han hecho otros Caudillos totalitarios pragmáticos como
Castro y un mesiánico-pragmático como Chávez. No obstante, lo que Hitler
si hizo conscientemente fue tratar de construir (con el apoyo de las
élites y de los sectores mayoritarios pero de menor nivel educativo de
Alemania, amalgamados alrededor de un "programa negativo" de odio y
envidia a los judíos), un imperio milenarista de poder e impacto
mundiales sobre la base de un "nacional-socialismo" jerarquizado en
términos "raciales", aprovechando para tal fin el caldo de cultivo
dejado en Alemania por el pensamiento y la acción de los socialistas. En
consecuencia, la actuación de Hitler en el contexto particular de
Alemania produjo un resultado nuevo, un modelo autóctono, propio (como
en su momento lo hicieron Castro y ahora Chávez en sus contextos
particulares), de impacto y nefastas consecuencias mundiales, pero que
se encuentra o coincide con otros "modelos históricos" totalitarios en
sus férreas raíces despóticas. Así pues, como bien lo sugiere Burgos, el
híbrido Chávez es también un racista pero desde el punto de vista de los
"colonizados", de los "subalternos" mestizos o negros "pobres", no
occidentales que han sido explotados y excluidos por el dominio occi-centrista
blanco y capitalista. Es en fin un "neosocialista" (socialista,
nacionalista-etnicista, postcolonialista, anticapitalista,
antiglobalista), con ambiciones planetarias de redención de los
"oprimidos" y "excluidos", y propulsor "multipolar" del enfrentamiento
civilizacional (racial-cultural-social) con el "Occidente blanco,
anglosajón, capitalista, liberal y elitista" explotador.
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* Conferencia dictada en el Foro "Involución de la
Democracia" celebrado el 24 de agosto de 2005 bajo el patrocinio de la
Asociación Civil Amigos de Súmate y el Center for Hemispheric Policy de
la Universidad de Miami, celebrado el 24 de agosto de 2005.
** Profesora universitaria y analista internacional
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