Por Jorge A. Sanguinetty
Los visionarios siempre son pocos. Los primeros de los que tengo conocimiento que pensaron en el futuro de Cuba después del castrismo fueron Huber Matos y Felipe Pazos. Tengo entendido que el Comandante Matos, al concluir sus 20 años de presidio político le pidió al doctor Pazos que le preparara un documento con sus ideas sobre cómo reconstruir la economía cubana una vez que el país pudiera recuperar sus libertades civiles. Eso sucedió en los alrededores de 1980. Años después, con la caída del muro de Berlín, las expectativas de cambio se manifestaron en muchas iniciativas, entre las que se encuentra la fundación en Washington de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana, ASCE por sus siglas en inglés. En sus diecisiete años de trabajo, esta organización ha servido de foro y publicado literalmente cientos de trabajos sobre el futuro de Cuba.
Sin embargo, es difícil visualizar la reconstrucción económica, política e institucional del país cuando los cubanos gocen de las libertades necesarias para hacerlo. La economía es demasiado abstracta y los elementos que la componen, desde sus bases hasta sus estructuras más complejas, no capturan la atención o la imaginación de los ciudadanos como otros proyectos. Lo mismo se puede decir de los otros componentes constitutivos de una nación organizada, como son su sistema legal, su aparato político o sus órganos de gobierno aunque todos estos últimos llaman más la atención del ciudadano medio que las cuestiones económicas.
Es por todo esto que el proyecto del arquitecto Nicolás Quintana y de sus colaboradores de la Universidad Internacional de la Florida tiene particular importancia encima del mérito propio de los visionarios. En una sola oración, el proyecto consiste en definir las estrategias que deben seguirse para poder rescatar y proteger la herencia arquitectónica, histórica y cultural de la ciudad de La Habana de los avatares de una reconstrucción miope y descuidada. La primera contribución de este proyecto extraordinario es ayudar a los cubanos y a otros observadores externos a valorar el tesoro urbano que representa La Habana en la actualidad, a pesar de lo que ha sufrido en deterioro físico por la negligencia y, acaso también, por el designio deliberado de los bárbaros que la gobiernan. La Habana ya es reconocida internacionalmente como un conjunto de joyas arquitectónicas que se fueron armando en el marco de un plano urbano admirable y único.
Por medio de la arquitectura, Quintana nos ha hecho posible tocar el futuro de una manera que ninguna otra de las proyecciones económicas e institucionales disponibles nos permite hacerlo. Aunque la intención central del proyecto es proteger la herencia cultural e histórica de la ciudad, el esfuerzo aun antes de que pueda considerarse
completo (nunca semejante obra será completa) ya está rindiendo productos dignos de ser tenidos en cuenta. Uno de ellos es el de ayudar a los cubanos a visualizar un futuro que en apariencia les ha sido negado por el régimen actual. Ese proceso ha comenzado por medio de la colaboración a distancia de algunos profesionales residentes en Cuba que han podido contribuir discretamente al proyecto de diversas maneras, a pesar de las dificultades del aislamiento y la falta de comunicaciones adecuadas.
Algunos cubanos en el exilio no tienen una plena conciencia de la desesperanza con que viven sus compatriotas en la isla, con un futuro que parece pertenecer eternamente a sus carceleros como, alguien me escribió hace poco desde allá, si el futuro no fuera posible o no existiera. El proyecto de Quintana rompe la oscuridad con una luz definitiva y nos permite hacerlo tangible, real por medio de la arquitectura. Sin embargo, el proyecto es mucho más que eso y ya eso es mucho. El proyecto recalca con el quieto dramatismo de la arquitectura y el diseño urbano el valor inmensurable del tesoro que hemos perdido temporalmente y de lo mucho que hay que hacer para preservarlo una vez que llegue el momento crucial de su rescate. Efectivamente, La Habana se cae en pedazos lentamente, como un glaciar que llega a su destino. Cuando este proceso pueda detenerse hay que adoptar medidas para que el ímpetu de los beneficios inmediatos de la libertad y la necesidad de aliviar cuanto an tes las penurias económicas acumuladas por tantos años, no acaben por destruir los tesoros que quedan de la ciudad.
Aunque es un proyecto dedicado a La Habana, sirve para la valorización y la preparación del rescate de las demás ciudades cubanas que están sufriendo el mismo proceso de deterioro. En cualquier nación, las ciudades representan el esqueleto, la estructura íntima que sostiene su cultura y su civilización, la expresión más tangible de su historia. Lo que vemos en La Habana, aún a través de sus ruinas, son quinientos años de nuestra existencia no sólo como habaneros sino como cubanos. La Habana es de todos los cubanos como son todas nuestras ciudades aunque no vivamos en ellas. Su desaparición sería una tragedia impensable, como si alguien viniera y nos anunciara que no sólo hemos dejado de existir sino que además no existimos nunca. Es por eso que el proyecto de Quintana es importante, porque no sólo nos enfrenta al futuro y al pasado a la vez, si no que es otra oportunidad de saber de qué material están hechos los herederos de nuestra historia y de nuestros próceres. </ P>
Miami, 29 de marzo de 2007.