| En defensa del neoliberalismo |
PETE DU PONT “El libre comercio es el modo más importante de promover el crecimiento”, dijo Milton Friedman en una entrevista realizada pocas semanas antes de morir. Pero la mayoría demócrata en el Congreso no entiende esto. Una semana después de las elecciones, una de las primeras acciones del Congreso fue rechazar por votación el nuevo acuerdo comercial con Vietnam. Noventa y cuatro demócratas votaron contra ese acuerdo, y noventa lo hicieron a favor. Y esto ocurrió antes de que unos 16 de los nuevos demócratas electos a la Cámara que se oponen al libre comercio juraran sus cargos. Como dijera Charlie Rangel, presidente del Comité encargado de supervisar las decisiones y la legislación relacionadas con las finanzas: “Nos tiene que irritar mucho y vamos a tratar de proteger la industria americana”. Cinco nuevos senadores demócratas comparten puntos de vista similares sobre el libre comercio. Sherrod Brown, senador electo por Ohio, escribió un libro titulado “Los mitos del libre comercio” en el que argumenta que los acuerdos comerciales sólo deben permitirse si las naciones que los firman promulgan leyes “que garantizan la observancia de los estándares ecológicos y laborales”. John Edwards es un fanático del proteccionismo; John Kerry declaró en el 2004 que a menos que los tratados incluyan los estándares, los vetaría de ser presidente. Los republicanos no siempre actúan mejor: hace unos cuantos años, la mitad de los senadores republicanos votaron a favor de una enmienda (que no se aprobó) que prohibía al gobierno federal otorgar contratos a las compañías que trasladaban sus actividades al extranjero. Y el presidente Bush, en su primer período presidencial, impuso aranceles de aduana al acero importado, lo que salvó los empleos de 5,000 obreros norteamericanos del acero, al tiempo que su decisión provocó una elevación los precios de este metal, con la consiguiente pérdida de 23,000 puestos de trabajo en las empresas consumidoras de acero.
Afortunadamente, el presidente Bush se ha centrado más en los problemas del comercio. El Tratado de Libre Comercio con Centroamérica, que permite establecer relaciones comerciales más libres con República Dominicana y cinco naciones centroamericanas, se aprobó en el 2005. Además, se implementaron otros doce acuerdos bilaterales o regionales de libre comercio con naciones extranjeras. Otros once se están negociando, dos de los cuales, junto con el otorgamiento de un estatus comercial normal, esperan por la aprobación del Congreso.
Estos acuerdos comerciales amplían las oportunidades mercantiles norteamericanas y multiplican los empleos que las acompañan. Como señalara un reciente editorial del Wall Street Journal, Perú cuenta ya con un acceso amplio libre de aranceles a los mercados norteamericanos, por lo que, gracias a ese convenio, “el 80% de los productos textiles e industriales de Estados Unidos, así como más de las dos terceras partes de las exportaciones agrícolas norteamericanas entrarán inmediatamente en Perú libre de aranceles”. Se trata de un buen acuerdo que beneficia a ambos países y a sus pueblos. Los mercados, qué duda cabe, funcionan. Un análisis reciente de Global Insights concluye que la expansión de las ventas de Wal-Mar durante 1985-2004 dio como resultado una disminución del 9.1% en el precio de los alimentos en el país, del 4.2% en el precio de otros bienes y mercancías, y del 3.1% en los precios globales al consumidor, lo que se tradujo en un ahorro promedio de $2,329 anuales para una familia trabajadora. Esto estuvo acompañado por un incremento neto de 210,000 puestos de trabajo en Wal-Mart sólo en el 2004. Los acuerdos comerciales brindan nuevas oportunidades a los mercados. El Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, que en 1993 el presidente Clinton firmó convirtiéndolo en ley, expandió en un 172% el comercio entre Estados Unidos, Canadá y México. Las exportaciones de EE.UU. a México crecieron en un 189%, y a Canadá en un 111%. Las exportaciones agrícolas de EE.UU. a Canadá se duplicaron, pasando de $5,300 millones a $10,600. Con México el crecimiento fue mayor: de $3,600 millones a $9,400 millones. Como resultado de este acuerdo, conocido como NAFTA por sus siglas en inglés, se crearon más de un millón de empleos en los Estados Unidos. En términos generales, según la Oficina de los Representantes Comerciales de EE.UU, el 10.4% del Producto Interno Bruto de los EE.UU en el 2005 es resultado de las exportaciones estadounidenses de bienes y servicios. El Peterson Institute afirma que la globalización hace crecer la economía de los EE.UU en un billón de dólares anuales, lo que equivale a unos $10,000 por familia. No es menos cierto que el comercio, a la vez que aumenta los puestos de trabajo en algunas áreas los reduce en otras, tanto en el plano internacional como en el país. Cuando los automóviles reemplazaron los carruajes, las computadoras sustituyeron las máquinas de escribir, y los E-ZPass el pago directo del peaje, se perdieron algunos empleos y se crearon otros. La nueva ronda de Doha de conversaciones en la Organización Mundial del Comercio se retrasó debido que Estados Unidos y Francia no aceptaron reducir los subsidios agrícolas. Quizás esto obedezca a consideraciones de negociación, pero ¿aceptarán los Estados Unidos reducir en algún momento los subsidios agrícolas en aras de un mayor acceso al comercio internacional? Seguramente no en un Congreso de Pelosi y Reid. Los granjeros norteamericanos recibieron $47,000 millones del gobierno de los Estados Unidos en el 2004, que constituyen aproximadamente el 18% de los ingresos de las granjas. Para el pueblo norteamericano sería un gran paso de avance el libre comercio y la reducción de los subsidios agrícolas.
Otra consigna común del lobby contra el libre comercio es la oposición al traslado de las operaciones de las compañías a otros países, lo que permite prestar servicios al pueblo norteamericano a precios más bajos que los locales. Por ejemplo, hace un par de años, los radiólogos indios analizaban los exámenes de rayos X de pacientes norteamericanos a un precio que equivalía a una cuarta parte de su costo en los Estados Unidos, y para ello utilizaban computadoras y programas norteamericanos. Los proteccionistas argumentarían que era necesario detener este tipo de cosas, pese a que el hecho de que los consumidores pagan menos es beneficioso. Además, está el traslado de operaciones en ambas direcciones: el traslado de operaciones de compañías extranjeras a los Estados Unidos ha creado más de 6.5 millones de empleos para los obreros norteamericanos. Las fábricas de automóviles de Honda en Ohio y BMW en Carolina del Sur son ejemplos de gran creación de puestos de trabajo. En pocas palabras, el comercio ayuda a la gente, mientras que el proteccionismo la perjudica. Las importaciones brindan a la gente la posibilidad de elegir entre un número mayor de bienes, generalmente a precios más bajos. El proteccionismo permite que las industrias locales –los productores de acero en el caso del proteccionismo de Bush—mantengan los precios más altos a costa de la mayor prosperidad económica y social. Milton Friedman tenía razón y los proteccionistas se equivocan. El libro comercio es imprescindible para el crecimiento y las oportunidades económicas. Pete du Pont, ex-gobernador de Delaware, es presidente del National Center for Policy Analysis de Dallas. Su columna aparece una vez al mes.
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