En defensa del neoliberalismo
 

Si Irak cae
 

 
 
  Quizás Estados Unidos cometió un error al intervenir en Irak, pero irse de allí sería un desastre
JOSEF JOFFE
 

A diferencia de la oscura comparación que hiciera el presidente Bush entre Irak y el sangriento período posterior a la guerra de Vietnam, existe otra versión reconfortante de la analogía con Vietnam que gana adeptos entre los que formulan políticas y los expertos, y que en términos generales se expresa así:

Después que el último helicóptero despegó de la embajada norteamericana en Saigón hace 32 años, las horribles consecuencias estratégicas que se predijeron nunca se hicieron realidad.  Las “fichas de dominó” no cayeron, los rusos y chinos no dominaron la región y los Estados Unidos siguieron siendo el número 1 en el Sudeste Asiático y el mundo.

Pero una estampida de Irak no desembocaría de chiripa en un período posterior semejante, por la sencilla razón de que Irak en nada se parece a Vietnam.

A diferencia de Irak, Vietnam era un territorio periférico de la Guerra Fría. No estaban en juego recursos estratégicos como el petróleo ni tampoco existían bases extranjeras (si bien es cierto que Moscú consiguió acceso a Da Nang y a la bahía de Cam Ranh durante algún tiempo). En la jerarquía global del poder, Vietnam era un peón y no un pilar, y las líneas de las batallas decisivas de entonces se trazaban en Europa y no en el Sudeste Asiático.

El Oriente Medio, por el contrario, siempre ha sido el “camino de elefantes de la historia”, como lo calificara Moshe Dayan, el legendario ministro de Defensa israelí. Legiones de conquistadores marcharon por todo el Levante, y a partir de Alejandro de Macedonia llegaron hasta la India. Otros visitantes prominentes fueron Julio César, Napoleón y la Wehrmacht alemana.

Y esto no es sólo historia antigua.  Hoy, el Gran Oriente Medio es un caldero que incluso las brujas de Macbeth temerían tocar.  Las peores patologías políticas y religiosas del mundo se combinan con el petróleo y el gas, el terrorismo y las ambiciones nucleares.

Digámoslo brevemente: a diferencia del Vietnam de ayer, el Gran Oriente Medio (Turquía incluida) es el territorio estratégico fundamental en el siglo XXI, como Europa lo fue en el XX. Es aquí donde se unen tres continentes: Europa, Asia y África.  Por tal motivo es imperioso dedicar un momento a pensar qué ocurriría una vez que el último Blackhawk despegara del aeropuerto internacional de Bagdad.
Propongo una lista breve.  Irán se convierte en el número 1 por haber cumplido su programa de armas nucleares sin que lo hayan disuadido ni obstaculizado.  Los aliados sunitas de Estados Unidos -Arabia Saudita, Jordania, los ricos países petroleros del Golfo-, acobardados, son atraídos a la órbita jomeinista.

Cabría preguntar: en lugar de hacerlo, ¿por qué no unirse en una alianza poderosa contra Teherán?  Reflexionemos. Los actores locales nunca han logrado establecer un balance de poder regional; siempre ha sido gente de afuera -primero Gran Bretaña y después los Estados Unidos- los que castigaron a los malhechores y bloquearon a los intrusos antioccidentales como la Alemania nazi y la Rusia soviética.

Una vez que Estados Unidos se haya marchado de Irak, las fuerzas de la jihad, envalentonadas, se movilizan hacia Afganistán y lo convierten de nuevo en un bastión de la Internacional del Terror. Siria reclama el Líbano, al que siempre ha considerado una parte de la Gran Siria. Hezbolá y Hamas, fundadas y equipadas por Teherán, reinician su guerra contra Israel. Rusia, expulsada del Oriente Medio en los años setenta por la hábil política de Kissinger, reconstruye sus alianzas antioccidentales. En Irak, la guerra se intensifica, genera mayores torrentes de refugiados y provoca una intervención extranjera o la partición de su territorio.

Ahora veamos lo que ocurre más allá de la región. Los europeos serán los primeros en revisar sus nociones románticas de multipolaridad o de gobierno mundial mediante comité. Unos Estados Unidos desmoralizados son peores que unos Estados Unidos soberbios y arrogantes  ¿Aceptaría realizar funciones de control la Rusia de Vladimir Putin? Esta potencia despiadadamente revisionista no desea responsabilidades, sino vengarse de la humillación sufrida con posterioridad a Gorbachov.

¿Qué decir de China, con sus riquezas fabulosas? El Reino del Centro continúa contando felizmente sus superávits de divisas mientras maquilla sus acciones con vistas a los Juegos Olímpicos del 2008, pero medita su próxima jugada por si Estados Unidos abandona lo mucho que hay en juego en Irak El mensaje desde Pekín podría ser: “Salgan de ahí, Estados Unidos, el Pacífico Occidental, como ustedes lo llaman, es nuestro lago.”

¿Y Europa? Es rica y está muy poblada y bien organizada. Pero los 27 Estados miembros de la Unión Europea no son jugadores estratégicos.No pueden pacificar el Oriente Medio, ni detener la fabricación de la bomba iraní, ni impedir que Putin emplee los oleoductos como instrumentos de “persuasión”. Cuando los europeos decidieron participar en una guerra, como la de los Balcanes durante los años noventa, dejaron que la Fuerza Aérea norteamericana fuera la primera en entrar en combate.

Pasemos al aspecto positivo. Estados Unidos puede haber gastado tontamente montones de fichas, pero sigue siendo el jugador más rico en la mesa de juego.  Durante los años de Bush, es posible que Estados Unidos despilfarrara toneladas de capital político, pero el resto del mundo nada está haciendo para compensar lo que falta por hacer. 

Tampoco Estados Unidos se convirtió en una “nación prescindible”. Es ésta la verdad más notable de estos tiempos difíciles. Sus enemigos, desde al Qaida hasta Irán, y sus rivales, desde Rusia hasta China, pueden crear problemas y desafiar, pero son incapaces de construir y guiar.

Por mucho que sea el daño a la reputación de Washington, nada que tenga gran importancia se puede conseguir sin Estados Unidos, y mucho menos contra ellos.  ¿Pueden Moscú y Pekín llevar la paz a Palestina? ¿O enmendar un sistema financiero global azotado por la crisis de los préstamos de alto riesgo?  ¿Dónde están los bancos centrales de Rusia y China?

La presidencia de Bush pronto abandonará la escena política, pero Estados Unidos permanecerá en ella. Esta verdad comienza a ser asumida por los principales contendientes demócratas.  Hillary Clinton, por ejemplo, dice que dejará “fuerzas residuales” para combatir el terrorismo. Según Barack Obama, nos mantendremos en Irak con una fuerza que aún no ha sido definida. Incluso el más izquierdista de todos ellos, John Edwards, mantendría tropas para evitar el genocidio en Irak o para impedir que la violencia se difunda por el vecindario. Esto no es de extrañar, toda vez que es posible que alguno de ellos tenga que encargarse de manejar la difícil situación que se creará si Estados Unidos se marcha de Irak.

Estos realistas tienen razón. Una retirada en nada beneficiaría los intereses norteamericanos pasado mañana. Amigos y enemigos preguntarán: si esta superpotencia no se preocupa por el escenario fundamental y más peligroso del mundo, ¿de qué se preocupará entonces?

Los aliados de Estados Unidos buscarán seguridad en cualquier otro lugar. Y los demás dirán: si la policía no permanece en el más problemático de los vecindarios, ¿por qué no romper unas cuantas ventanas o, sencillamente, por qué no tomarlo? Estados Unidos, en tanto que “Gulliver desatado”, pudo haber tropezado durante su momento “unipolar”. Pero en tanto que gigante con pies de barro, lo haría peor: y peor lo haría también el resto del mundo.

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Josef Joffe es editor de la revista semanal alemana Die Zeit, y el próximo otoño impartirá clases de política exterior en la Universidad de Stanford.

Traducción: Félix de la Uz