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Jaime Daremblum
Recientemente, el presidente de Venezuela Hugo Chávez terminó en
Teherán su gira por tres de sus países modelos: la Rusia de Vladimir
Putin, la Bielorrusia de Alexander Lukashenko y el Irán de Mahmoud
Ahmadinejad.
Chávez utilizó su gira para expresar su conocido rencor antiamericano.
También invitó a las compańías petroleras de Rusia e Irán para que se
hicieran cargo de los negocios de las corporaciones americanas en
Venezuela, que rehúsan aceptar el 60% que exige su gobierno. Además,
hizo un negocio con Ahmadinejad para que Irán compre gasolina
venezolana.
Mas importante, sin embargo, es que Chávez utilizó su viaje para
comprar armas modernas. En Moscú propuso la compra de nueve modernos
submarinos lanzamisiles. Esa compra se suma a $4,000 millones en
previas adquisiciones, incluyendo cazas rusos de combate, helicópteros
y decenas de miles de rifles de asalto.
En Minsk, las compras incluyeron sistema de misiles antiaéreos
mientras que en Teherán Chávez intentó hacer avanzar una empresa
conjunta para fabricar armas en Venezuela. Con estas adquisiciones, el
enorme arsenal de Venezuela, que sobrepasa con mucho las necesidades
de la defensa nacional o la protección de fronteras, aumentará todavía
más.
Naturalmente, muchos en la región ven el armamentismo de Chávez como
un factor desestabilizador. Sin embargo, no se ha reconocido lo
suficiente que este problema se incremente geométricamente con los
esfuerzos de Chávez para abrir América Latina a la peligrosa
influencia de Irán y sus grupos de fundamentalistas islámicos.
Caracas, junto con Damasco y Beirut, albergan abiertamente a
organizaciones terroristas del Medio Oriente. Con la aprobación
expresa de Chávez, el grupo radical libanés de Hezbolá y el palestino
de Hamas han abierto oficinas en Caracas, planteando legítimos temores
de que algunas de las armas compradas por Venezuela vayan a terminar
en las manos de grupos radicales en América Latina.
Desde hace ańos, los miembros de Hezbolá y Hamas, entre otros, han
usado el área fronteriza entre Argentina, Brasil y Paraguay para
recaudar fondos y hacer tareas de reclutamiento. En realidad, los
partidarios de los grupos radicales islámicos de esta región, desde la
Isla Margarita en Venezuela y otras naciones de la Cuenca del Caribe
han canalizado cientos de millones de dólares a sus organizaciones
matrices en el Medio Oriente y, por consiguiente, extendiendo la
estructura de apoyo del terrorismo internacional a la región. El
recientemente fallido intento de hacer un ataque contra el Aeropuerto
John F. Kennedy en Nueva York, por ejemplo, fue organizado en Trinidad
y Tobago. No es de sorprender que muchos diplomáticos y observadores
extranjeros hayan bautizado a la capital venezolana como "Caracastán."
Es natural que los ayatolas de Irán estén jubilosos de haber
encontrado en Chávez un aliado para sus objetivos mesiánicos y anti-occidentales.
En la actualidad, Caracas cuenta con una robusta embajada iraní y hay
viajes diarios y directos a Teherán y Damasco.
En realidad, el hombre fuerte venezolano y Ahmadinejad parecen almas
gemelas. Ambos están obsesionados con la idea de impedir una invasión
militar americana de sus respectivos países. Esta fijación permea su
retórica, sus acciones y su visión del mundo. Ominosamente, en 1992 y
1994, Hezbolá dirigió operaciones terroristas desde la embajada de
Irán en Buenos Aires. Bombas en la embajada de Israel y el Centro
Comunitario Judío dejaron cientos de víctimas. Debido a esto, la
INTERPOL ordenó la captura del ex presidente de Irán, Alí Rafsanjani,
y otros altos funcionarios del régimen islámico. La violenta dimensión
de la llamada diplomacia iraní es una consecuencia directa de la
doctrina Komeini de exportar la revolución islámica.
La expansión de la presencia de Irán en América Latina y el Caribe
significa una ruptura con su aislamiento diplomático provocado por sus
actividades terroristas en el exterior, su búsqueda de armas nucleares
y las manifestaciones anti-semitas de Ahmadinejad, que llega a negar
la existencia histórica del Holocausto. Con la ayuda de Chávez, que
comprende como su relación con Irán complica la estabilidad del
hemisferio, Irán piensa encontrar más aliados en América Latina y el
Caribe.
Desde septiembre del 2006, a invitación de Chávez, Ahmadinejad ya ha
hecho dos visitas al continente, con una tercera anunciada en las
próximas semanas. Hace unos meses, el ministro de relaciones
exteriores de Irán visitó Caracas, Managua y La Habana. Y como
resultado de la conferencia latinoamericana de febrero celebrada en
Teherán, el gobierno de Irán piensa abrir una nueva embajada en
Managua pero también reabrir misiones diplomáticas en Chile, Colombia,
Ecuador y Uruguay, así como oficinas en Bolivia. Obviamente,
permitirle a Chávez y Ahmadinejad llenar América Latina de potenciales
nidos de terroristas es inaceptable para los que ahora viven en
democracias liberales.
Aunque el sistema interamericano tiene mecanismos para combatir el
terrorismo, todo tiene que empezar creando una conciencia pública en
cuanto a lo peligroso del camino por el que Chávez quiere arrastrar a
América Latina.
Chávez promueve un régimen absolutista enmascarado como democracia.
Este modelo ya se ha extendido a Bolivia y amenaza con avanzar a
Ecuador y Nicaragua. Si estas actividades no son contrarrestadas sería
una gran victoria para el autoritarismo, los ayatolas y los
terroristas pero un terrible revés para América Latina.
Jaime Daremblum es director del Centro para Estudios
Latinoamericanos del Instituto Hudson.
Tomado del New York Sun
Traducido por AR |