| En defensa del neoliberalismo |
Su primer paso en política exterior fue una gira corta y exitosa por Europa Occidental. Empleó el viaje para desmarcarse claramente de las tendencias inquietantes en otros países latinoamericanos y convencer a los dirigentes políticos y empresariales de que México no es un país hundido irremediablemente en las protestas, la corrupción y la violencia. El estereotipo no es muy exacto. En realidad, 12 años seguidos de estabilidad macroeconómica, elecciones democráticas, respeto por los derechos humanos y una política exterior más abierta han transformado el país, a sus habitantes y su visión del mundo. La clase media se ha expandido, las instituciones funcionan (aunque sea de un modo imperfecto), la prensa es libre, y en ocasiones escandalosamente libre, y hoy son más que nunca los mexicanos que admiten que su bienestar está muy ligado a los Estados Unidos. Entonces, ¿por qué, pese a la buena acogida que en términos generales ha tenido Calderón, el punto de vista prevaleciente sobre México –si dejamos a un lado los detalles—sigue siendo pesimista? Muchas son las explicaciones, pero una de ellas predomina sobre las demás: el mediocre crecimiento de la economía durante los últimos 12 años. El promedio de crecimiento económico mientras Vicente Fox gobernó el país apenas llegó al 2.5%; durante el gobierno de Ernesto Zedillo promedió poco más de un 3%. Esto equivale a menos de la mitad del promedio de la región durante los últimos tres años. Está muy por debajo del desempeño de México durante el período 1940-1980 y resulta insuficiente para enfrentar la pobreza, el desempleo, la violencia y la emigración. Es inevitable entonces preguntar por qué el crecimiento ha sido tan exiguo y qué se puede hacer por elevarlo. Después de años de debate comienza a formarse un consenso que incluye a The Economist y al derrotado candidato a la presidencia Manuel López Obrador, al Banco Mundial y al Banco Central, a la izquierda y a la derecha. La tesis es sencilla. Bajo el gobierno de Carlos Salinas, México abrió su economía; bajo el de Zedillo, adoptó la democracia representativa. Y durante el de Fox, el reinado de 70 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI) llegó a su fin. Pero el viejo sistema corporativo que se creó en la pasada década de los treinta sobrevivió intacto a todos estos cambios. El control monopolista de casi todo campo de la vida mexicana no ha perdido vigencia, y es posible que hoy sea más fuerte que nunca. Aquí es donde radica el reto que enfrentan Calderón y México. Inmensos monopolios tanto públicos como privados dominan el país. PEMEX y CFE poseen derechos exclusivos sobre el petróleo y la energía eléctrica; Telmex prácticamente posee lo mismo en el campo de los teléfonos celulares y fijos, Cemex en el cemento, Televisa y TV Azteca en la televisión, Bimbo en la industria del pan y Maseca en la producción de tortillas. Dos bancos, Citigroup/Banamex y BBVA/Bancomer, controlan casi el 80% del total de los depósitos; Wal-Mart se convirtió ya en el mayor empleador de México y está desplazando con rapidez a los comerciantes minoristas tradicionales; el Instituto Mexicano del Seguro Social provee casi la mitad de todos los servicios médicos. Pero esto no es todo. Los sindicatos del país --gracias a las cuotas no supervisadas, obligatorias y acordadas entre empresas y sindicatos, así como a los acuerdos entre el gobierno y la empresa privada desde finales de la pasada década de los cuarenta—disfrutan del monopolio absoluto de la contratación, el despido y la discusión de los convenios colectivos de trabajo, y ejercen una influencia enorme sobre la empresa del petróleo, la electricidad, los servicios médicos y, lo que es más importante, la educación. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, que cuenta con 1.2 millones de afiliados, es el más grande de Amé rica Latina y el más poderoso de México; sólo rinde cuentas a su incuestionable dirección. Un último elemento, aunque no por ello menos importante, es que los tres principales partidos políticos de México controlan la participación electoral. No se permiten los candidatos independientes o los que los votantes añaden en sus boletas. Sólo pueden crear un partido nuevo aquéllos dispuestos a participar en la prácticas turbias y corruptas de los partidos existentes y a convertirse en cómplices de éstos. La tarea que hay que asumir es de por sí evidente: introducir con audacia la competencia en todas partes, abrir y democratizar los sindicatos, regular fuertemente y disolver con independencia y coraje las emblemáticas Standard Oil y ATT de la nación. ¿Será capaz de hacerlo Calderón? Hasta ahora ha dicho lo que tenía que decir, aunque en la práctica no se ha comprometido. Su primera decisión es inminente: autorizar una tercera emisora nacional de televisión no limitada al cable, que es por lo que la división NBC de General Electric está luchando. No sería más que un paso, pero un paso crucial siguiendo un camino por el que México nunca ha transitado. Jorge Castañeda, que fuera Ministro de Relaciones Exteriores de México del 2000 al 2003, es profesor de la Universidad de New York.
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