En defensa del neoliberalismo
 

Blair y Chávez se equivocan

 

Aníbal Romero
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No es grato colocar en un mismo plano a dos figuras de tan distinta 
valía como Tony Blair Hugo Chávez. Me temo, no obstante, que ambos se 
equivocan al afirmar que las causas del terrorismo islámico son la 
pobreza y las injusticias del mundo. No es cierto que el terrorismo 
islámico se deba a la pobreza, ni a la guerra de Irak, a la existencia 
del Estado de Israel. Estos factores están presentes en la compleja 
ecuación del conflicto, pero no son esenciales a la misma. Lo clave es 
la crisis de la civilización islámica, acosada por la dinámica 
indetenible de la globalización, con graves dificultades para adaptarse 
a los cambios de nuestros tiempos. Esta crisis ha generado corrientes 
extremistas a las que no les inquietan el hambre en África, la 
marginalidad en Egipto, las epidemias en Indonesia o los niños de la 
calle en Caracas. Son corrientes fanatizadas que no buscan enmendar 
injusticia alguna, sino golpear al Occidente capitalista, liberal y 
democrático a como dé lugar, y si ello les fuese factible destruirlo 
por completo.

Su visión de las cosas es delirante, pero real.

Sun Tzu nos recomienda:
Conoce al enemigo y conócete ti mismo, y podrás triunfar en mil 
batallas”. Son pocos los que dan un vistazo a los sitios de Internet de 
los fundamentalistas islámicos, leen sus textos o siguen los 
pronunciamientos de sus voceros, que siempre exponen lo mismo. El 
problema es que nosotros en Occidente rehusamos creerles, pues vivimos 
en una civilización adormecida que defiende principios irrenunciables 
como la tolerancia religiosa y el respeto a la diversidad. El mensaje 
de los extremistas islámicos es inequívoco, pero aunque se cansan de 
repetirlo los líderes occidentales prefieren mirar a otro lado, y nadie
les sacará de su complacencia hasta que los hechos — seguramente cada 
vez más horribles— les obliguen a ello.

El mensaje tiene dos partes:
primero, la guerra que el radicalismo islámico lleva a cabo es una 
guerra religiosa. Esto choca con los esquemas mentales del Occidente 
capitalista, liberal y democrático, donde las guerras de religión se 
consideran fenómenos superados de un pasado sombrío. Sin embargo, eso 
es lo que está en juego.
Los fundamentalistas consideran infieles a los que no piensan como 
ellos, y su verdadero propósito es someter y eliminar a los que no se 
conviertan a su fe.

En segundo lugar los extremistas islámicos distinguen entre fines 
estratégicos y acciones tácticas, y en ello sí actúan racionalmente. Su 
estrategia persigue dividir a Occidente, liquidar a Israel, derribar 
los regímenes moderados del mundo árabe, apoderarse del petróleo y 
establecer un nuevo Califato, capaz de enfrentarse en una guerra 
decisiva a Estados Unidos, el “gran Satán” de su febril imaginación. 
Sus tácticas se basan en las debilidades psicológicas del enemigo, es 
decir, las nuestras.

Los fundamentalistas islámicos nos conocen, y por eso apuntan hacia los 
corazones y las mentes de los electorados occidentales, cómodos, 
pacifistas, apaciguadores, incapaces de entender a un enemigo 
fanatizado que no pide ni da cuartel, y que quiere hacer lo que dice 
que quiere hacer, es decir, destruirnos.

Su verdadero blanco no son las tropas norteamericanas en Irak, a las 
que nunca podrán derrotar, sino los blandos corazones de los 
periodistas de The New York Times, la BBC y CNN, entre otros, todos los 
cuales, a raíz de los recientes atentados en Londres, discutían sobre 
el tema como si los terroristas fuesen personas con las que es posible 
negociar, a las que podríamos sentar en una mesa para analizar demandas 
sobriamente formuladas y debatibles. Estos ingenuos y despistados 
hacedores de opinión jamás entenderán al enemigo porque en el fondo no 
quieren entenderlo.

Pero los ataques continuarán y serán cada vez más sangrientos, hasta 
que la visión apocalíptica del uso de armas de destrucción masiva 
contra Occidente (¿una bomba nuclear “sucia” en Nueva York, por 
ejemplo?), suscite de parte de los hasta entonces acomodaticios y 
timoratos electorados occidentales la demanda de una respuesta 
devastadora, ciega, y masiva. Para evitar esto, la civilización 
islámica requiere urgentemente reflexionar sobre sí misma, hallar el 
coraje para cambiar y enfrentar las corrientes radicales en su seno, y 
doblegarlas antes de que sea tarde. Occidente es espiritualmente 
gelatinoso, propenso a culpabilizarse, y está asfixiado por el culto a 
las presuntas víctimas de su éxito, pero no es totalmente estúpido y 
reaccionará con ferocidad tarde o temprano.
El Islam tiene que impedirlo, venciendo a sus fanáticos.

 
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